Punto Final, Nº789 – Desde el 6 hasta el 26 de septiembre de 2013.
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Leighton, Frei y el golpe de Estado

 


Bernardo Leighton Guzmán, uno de los principales dirigentes históricos de la Falange Nacional y la DC, supo temprano el martes 11 de septiembre de 1973 que había comenzado el golpe. Estaba en su casa de calle Martín de Zamora y parecía ser uno de los pocos dirigentes políticos de la DC que no sabía el secreto. Ese día sería derrocado Salvador Allende y todo el poder militar y policial buscaría un resultado inmediato sin detenerse ante el derramamiento de sangre.
Eduardo Frei Montalva, que había sido presidente de la República entre 1964 y 1970 y era entonces presidente del Senado, lo sabía desde el día anterior. Por seguridad no estaba en su casa. Tenía una buena red de informantes. Dos ex ministros de Defensa, Juan de Dios Carmona y Sergio Ossa, dos generales poderosos, Oscar Bonilla y Sergio Arellano y hasta un abogado hijo de Arellano, que estaría en el Ministerio de Defensa para redactar bandos y declaraciones, eran algunos de los que estaban al corriente. Desde su refugio, Frei seguía los acontecimientos. Esperaba que el golpe militar triunfara, que los militares aplastaran a los izquierdistas y que Allende fuera derribado. Después se vería. Los militares tendrían que llamar a elecciones y en ellas la DC mostraría su fuerza, y con el apoyo de la derecha, elegiría al presidente de la República que podría ser -por qué no- el propio Frei.
Leighton estaba conmocionado. Era necesario defender la democracia y la Constitución como lo hacía Allende. Su decisión fue rápida. “Tengo que ir a acompañar a Salvador a La Moneda. Tenemos que dar un testimonio”, le dijo a unos pocos amigos que habían llegado hasta su casa. Intentó salir pero fue contenido. Aumentaban los disparos y se anunciaban ataques aéreos, lo más probable es que no se pudiera llegar al centro de la ciudad. En las casas vecinas aparecían banderas de triunfo. Bernardo Leighton tuvo que resignarse, pero comenzó a preparar el texto que sería conocido en definitiva como la Declaración de los 13. Un grupo pequeño que salvó el honor y la memoria de un sector de la DC que no apoyaba el golpe y creyó hasta el último en una salida posible.

RECHAZO DE LOS 13
La imagen es sugerente. Leighton indignado tratando de ir a La Moneda para acompañar a Allende, cuya trayectoria democrática conocía desde hacía más de cuarenta años. Frei tranquilo, ya que todo estaba consumado, a la espera de un espacio político que debería abrirse dentro de poco. El “comunismo” había sido derrotado y eso lo tranquilizaba.
El 13 se septiembre se dio a conocer la declaración firmada por Bernardo Leighton y los otros parlamentarios y dirigentes. Se habían sumado tres o cuatro a los trece iniciales. La declaración comenzaba condenando el golpe. Su texto es recordado hasta hoy: “Condenamos categóricamente el derrocamiento del presidente constitucional de Chile, señor Salvador Allende, de cuyo gobierno por decisión de la voluntad popular y de nuestro partido fuimos invariables opositores. Nos inclinamos respetuosos ante el sacrificio que hizo de su vida en defensa de la autoridad constitucional”. Y también: “Los hechos que hoy lamentamos señalan que sólo en libertad, sustentada por la mayoría del pueblo y no por minorías excluyentes, se puede aspirar a la transformación humanista y democrática de Chile que constituye nuestra meta y fortalece nuestra voluntad”.
En cambio, la directiva de la DC apoyó el golpe militar. Lo hizo de manera oblicua, teniendo cuidado de no mencionar la ruptura constitucional, la muerte del presidente de la República ni a las víctimas y prisioneros. La mayoría de la Junta Nacional no respaldó explícitamente a la directiva DC. Sólo tuvo las firmas del presidente del partido, Patricio Aylwin, y de los parlamentarios Osvaldo Olguín y Eduardo Cerda.
La declaración del partido empezaba estableciendo responsabilidades, diciendo que lo ocurrido “era consecuencia del desastre económico, el caos institucional, la violencia armada y la crisis moral” a la que Salvador Allende había conducido a Chile. Respaldaba la acción de las fuerzas armadas y Carabineros que -declaraban los dirigentes- “según los antecedentes no buscaban el poder”, agregando que “las tradiciones institucionales y la historia de Chile inspiran la confianza de que tan pronto sean cumplidas las tareas que ellas han asumido para evitar los graves peligros de destrucción y totalitarismo que amenazaban a la nación chilena, devolverán el poder al pueblo soberano”. La debilidad del texto produjo indignación en los sectores minoritarios. Bernardo Leighton protestó por teléfono ante Aylwin.
La declaración de la DC era coherente con el acuerdo de la Cámara de Diputados del 23 de agosto de 1973, impulsado mayoritariamente por diputados DC y sólo dos de la derecha, que acusó al gobierno y específicamente al presidente de la República de atropellar la Constitución y las leyes. Salvador Allende respondió denunciando la inconstitucionalidad del acuerdo de la Cámara y advirtiendo: “La oposición que dirige la Cámara de Diputados asume la responsabilidad histórica de incitar a la destrucción de las instituciones democráticas y respalda de hecho a quienes conscientemente vienen buscando la guerra civil”.

LA DC COLABORA CON LA DICTADURA
El golpe militar y la instalación de la dictadura quebró la democracia y significó una catástrofe para la Izquierda y las fuerzas democráticas que, al principio, apoyaron la caída del gobierno popular. Durante los primeros dos años la Democracia Cristiana colaboró con militantes en calidad de técnicos y políticos con experiencia. Destacados personeros DC viajaron al extranjero a difundir la versión golpista de lo sucedido, poniendo énfasis en el antimarxismo y en que, supuestamente, la intervención militar había salvado a Chile de una dictadura comunista. La misma versión que entregaría Frei en su carta a Mariano Rumor y en declaraciones a medios de comunicación internacionales, al igual que Patricio Aylwin y otros dirigentes de la DC. Fue la versión abrumadoramente dominante.
Sin embargo, la minoría, esa que había dado testimonio a través de la Declaración de los 13, no dejó de protestar ante la dirección del PDC. Participó en labores de solidaridad y ayuda en contacto con la Iglesia y otros organismos humanitarios, haciendo llegar a contactos en el extranjero su versión de lo ocurrido y su voluntad de luchar contra la dictadura y por la recuperación de la democracia. Bernardo Leighton, Renán Fuentalba y otros, siguieron actuando casi en la clandestinidad. En 1974, fue detenido el ex diputado Claudio Huepe, y Bernardo Leighton debió salir del país. Se estableció en Italia donde denunció los abusos de la dictadura y tomó contactos con exiliados chilenos en otros países. Renán Fuentealba fue expulsado del país en octubre de ese año.

ATENTADO A LEIGHTON
En septiembre de 1975, Leighton y su esposa fueron atacados a tiros en una calle de Roma por un terrorista italiano vinculado a la Dina. Antes, entre 1974 y mediados de 1975 hubo un intercambio de cartas entre Eduardo Frei Montalva y Bernardo Leighton, que confrontaron sus posiciones e hicieron balances discrepantes de la actuación de la DC antes e inmediatamente después del golpe, y un examen crudo de sus respectivas conductas. En un momento de su intercambio epistolar con Frei, Bernardo Leighton aventura una explicación. Le dice a su amigo de toda la vida: “Nunca me he contado entre quienes explican tu actitud cerrada frente a la UP y tu aceptación del golpe militar por tu presunta ambición de volver a ocupar la presidencia de la República. Me he dado y he dado otra explicación. Equivocada tal vez, pero no mezquina (…) La razón de tu posición la he derivado de un verdadero peso de conciencia por el triunfo de la UP, que vi caer sobre tu espíritu, abrumándolo en los días posteriores a la elección de Salvador Allende. Aquello te produjo, a mi parecer, una especie de trauma psíquico que te nubló poderosamente la mirada sobre el proceso de la Unidad Popular, la confabulación de la extrema derecha y el golpe militar” (carta de Leighton a Frei, Roma, 26 de junio de 1975).
Fue una consideración interesante. Posiblemente incompleta, pero que merece ser vista en su contexto histórico. El triunfo de Allende en 1970 fue una derrota para el sector de derecha de la Democracia Cristiana y para la “revolución en libertad” que debería haberse realizado a partir de 1964, cuando Frei ganó ampliamente a Salvador Allende. Una elección en que hubo fuerte intervención de Estados Unidos en el montaje y despliegue de una “campaña del terror” anticomunista que caló hondo en el electorado y hubo un apoyo de millones de dólares al PDC, para detener a la Izquierda. Es posible que Frei se haya sentido fracasado. Es sabido que le molestaba el mote de “Kerensky chileno”, que sirvió de título a un folleto denigratorio para él y su gobierno, escrito por un integrista católico brasileño. Adicionalmente, y desde los comienzos de su gobierno en 1964, ante las protestas y denuncias de Allende, Frei había cortado relaciones con el líder popular al que motejaba de “frívolo”.

LOS REPROCHES A FREI
Este punto lleva a Leighton a buscar más allá. Escribe: “Con todo, estimo conveniente analizar el origen de nuestras diferencias que nos han colocado, todavía hoy, en posiciones tan distantes. Creo que el origen estaba en que para ti el golpe resultaba inevitable, al paso de que para mí siempre fue evitable y nos obligaba a hacer lo inhumano por evitarlo. Tú partías, a mi juicio, de un concepto de fatalismo histórico, opuesto a nuestra doctrina que siempre supone libertad en los hombres y en los pueblos, y a nuestra política, desde los tiempos de la Falange, contraria a los extremismos de derecha y de izquierda (…)” (id.).
“Yo partía de la premisa contraria, y pienso, a mi vez, haber actuado con consecuencia. Al final, los hechos nos dieron a los dos parcialmente la razón: a mí porque al final no vino el golpe de extrema izquierda, pero no fue evitable el de extrema derecha. A ti, porque vino el golpe, pero no como tú lo imaginabas, ni con los horrores que iba a desencadenar” (id.).
Leighton desmenuza los planteamientos de Frei. Si sus argumentos eran convincentes en el momento en que fueron escritos, hoy son irrebatibles y hacen que su crítica a la conducta de Frei en ese tiempo sea demoledora.
En otra parte, Leighton recuerda a Frei cómo eludió hacer un último esfuerzo para intentar evitar el golpe de Estado. Dice: “Cuando te pedí fueras a hablar con Allende, unos diez días antes del golpe, yo conocía las condiciones que habías puesto en mayo, para celebrar una entrevista con él. No es el momento para discutir si fueron o no las más adecuadas. Sólo que en septiembre las circunstancias se habían tornado bien diferentes y Allende y tú por las funciones que desempeñaban y el ambiente público que influenciaban eran las únicas dos personas en el país capaces de hacer con éxito el supremo esfuerzo por evitar lo peor”.

VOLTERETA DC
La DC controlada por la mayoría dirigida por Frei y Aylwin, siguió apoyando a la Junta Militar a pesar de las actuaciones de ésta. Impertérrita la dirección DC no condenó las masacres, las torturas, el servilismo de los tribunales, la Caravana de la Muerte, los fusilamientos, la prisión de miles de personas y el comienzo de un exilio trágico, el asesinato del general Carlos Prats y hasta el atentado en Roma contra Bernardo Leighton y su esposa, Anita Fresno, que los dejó gravemente heridos y dañados de por vida. La DC siguió colaborando a pesar de todo con la dictadura y defendiendo el golpe. No solo fue la carta de Frei a Mariano Rumor y las declaraciones de Aylwin a la prensa internacional. Frei reincidió con el prólogo a un libro de Genaro Arriagada publicado un año después del golpe. Solamente en los años 1975-76 inició un viraje que se tradujo en franca oposición a la dictadura. El giro de Frei fue seguido a regañadientes por Aylwin. En poco tiempo, el ex presidente se convirtió en líder de la oposición a la dictadura, como se demostró en su discurso llamando a votar en contra de la Constitución de 1980. Esa conducta lo condenó a muerte, que le llegó dos años más tarde, cuando estaba hospitalizado en la Clínica Santa María, por las manos de los mismos que había saludado como salvadores de Chile.

Roberto Ortiz

(Publicado en “Punto Final”, edición Nº 789, 6 de septiembre, 2013)

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