Punto Final, Nº792 – Desde el 25 de octubre hasta el 7 de noviembre de 2013.
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Anómicos, despistados y solemnes

 

A veces de manera imperceptible, pero siempre a paso firme, el sistema continúa tratando de acomodarse a los trastabillones que los estudiantes le generaron hace no mucho.
Tanto los restos flotantes de la Concertación, como los sobrevivientes de la guerra civil de la derecha, han desplegado ingentes esfuerzos para salir lo mejor parados posible en esta pasada.
La Concertación, devenida en Nueva Mayoría por el favor inestimable que le ha hecho el Partido Comunista, administra de la mejor manera el capital emocional de su candidata celestial. Y apuesta a que la tasa a la que sostenidamente baja, luego de sus rutilantes cifras, le permita pasar a la comodidad cínica de la segunda vuelta.
Lo demás, es silencio o algo parecido.
Que si el PC se va a integrar o no al gabinete; si se impulsará el cambio de la Constitución por algún mecanismo; si educación, salud y pensiones realmente volverán a ser un derecho de toda persona, son harinas de un costal que poco importa. Desde el sillón de O’Higgins, todo adquiere una perspectiva distinta y la impunidad, el verdadero óxido que lo corroe todo, hará el resto.
En el caso del desbarajuste de la ultraderecha, no hay nada nuevo. Brutales, soberbios y malditos, los poderosos nunca se han soportado mucho entre ellos. Pero en breve entienden que los unen cuestiones superiores y dejan las broncas reservadas para tiempos menos complejos.
La ultraderecha chilena, quizás la más peligrosa de América Latina, y sus socios en la administración del sistemita, saben que necesitan destrabar la presión acumulada. Y saben, como buenos comerciantes acostumbrados a los vaivenes del mercado, que deben arriesgar algo, incluso perder un poco, con tal de salvar los grandes números.
Y trabarán batallas transitorias, se denostarán con profusión de descalificaciones, pero una vez que se ha disipado el humo y recogido los cadáveres, volverán a ser los mismos bueyes sin cuernos de siempre.
Y mientras, sucede la realidad. En algunos rincones, estrafalarios, nostálgicos y suicidas, los restos deflagrados de lo que con buena voluntad puede llamarse la Izquierda hacen intentos denodados por liquidar lo que los estudiantes lograron levantar en duras batallas. Y lo peor, en tonos absurdamente solemnes.
El calendario electoral hizo salivar a movimientos, partidos, grupos y colectivos, los que impulsaron iniciativas, comandos y candidaturas con la fe de los que creen, a la siga de los esquivos votos supuestamente vinculados a esas expresiones de descontento generalizado.
Curioso efecto el de las elecciones. Instaladas en la memoria más anidada del chileno, da la impresión que nacemos con algún defecto congénito que nos hace tener por las urnas y las cámaras secretas el vértigo propio de los suicidas irrefrenables. Así, llegado el llamado ciudadano, camaradas, compañeros, hermanos, correligionarios, incontinentes, hacen lo imposible por abrirse un espacio propio, convencidos que ahora sí y que su propuesta es imbatible y que el resto está históricamente despistado. En ese éxtasis, quienes en teoría deberían tener una visión común, se tratan de la manera reservada a los enemigos más enconados. En el colmo del paroxismo, llegan a pensar que su rol en las elecciones es ganarlas.
Como se ha visto, en la constelación de astros que intentan algo más que el ridículo en la papeleta de noviembre, hay algunos que coinciden en cuestiones de cierta relevancia. Sin embargo, apenas se miran.
Narcisismos desaforados, egolatrías sobredimensionadas y una tontera expandida a niveles risibles, no permiten a estos soberbios poner el foco en aquello que debería hacerlos entender para qué, en las actuales condiciones, deben servir las elecciones. En especial ésta, que es la primera que se hace después del año en que el sistema vivió en peligro. Y que la estulticia del puño en alto, la filosofía paralizante y una extendida anomia, no les permite captar siquiera en parte su intensidad e importancia.
Buenas personas proponen mecanismos transversales, simpáticos, inofensivos, al alcance de cualquiera, para hacer saber la exigencia de una nueva Constitución, de la que todos hablan. La pregunta es por qué no es posible, con la misma soltura, ponerse de acuerdo en algo que sea más relevante que un par de letras en unos cuantos votos.
Se extraña la presencia de los estudiantes en estas elecciones, los únicos que han sido capaces de levantar un discurso que en su diversidad no se ha perdido en cuestiones que tienen que ver con la sicología de los infalibles, preclaros y gurús. Nadie podría imaginar que los estudiantes de Chile piensan todos del mismo modo. Pero nos damos cuenta que, enfrentados a la evidencia de que quieren lo mismo, no se pierden y actúan de consuno. ¿Será porque ninguno de sus dirigentes dura más de un año en su puesto?

Ricardo Candia Cares

 

(Publicado en “Punto Final”, edición Nº 792, 25 de octubre, 2013)

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