Punto Final, Nº792 – Desde el 25 de octubre hasta el 7 de noviembre de 2013.
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Patricia busca a su hermano

 

Miguel Woodward era un sacerdote que atendía a los pobladores del Cerro Placeres, en Valparaíso. Había renunciado a su futuro en Inglaterra para venir a consagrarse al bien de los pobres en Chile. Lo tuve de alumno en el seminario de Santiago.
Convivía en el Cerro Placeres con una comunidad de pobladores. Era su capellán y compañero. Estaba en esa época encargado de la JAP (Junta de Abastecimientos y Precios), lo que le permitía ayudar a muchos. Pero eso le ocasionó la enemistad de algunos comerciantes.
Una patrulla de la Armada lo detuvo en su domicilio y lo llevó a la Universidad Federico Santa María. Ahí esa noche lo torturaron en la helada piscina. No obteniendo las respuestas buscadas, lo llevaron al centro de investigación policial de la Armada, donde lo torturaron de veras. Su físico no resistió, quedó moribundo. Lo llevaron entonces a la Esmeralda donde había una clínica improvisada, pero no pudieron reanimarlo. Certificada su muerte, lo llevaron a la morgue del Hospital Gustavo Frike (de Viña del Mar) donde quedó junto a otros muchos cadáveres. Ahí desapareció su rastro.
Lo cierto es que no quisieron entregar su cadáver a unos amigos y parece que lo sepultaron en un lugar desconocido del cementerio de Playa Ancha. O tal vez en la fosa común de ese cementerio.
La Iglesia de Valparaíso no pidió sus restos. Tal vez porque Woodward no entendiéndose con su obispo, había resuelto dejar el ministerio sacerdotal.
Se han podido desentrañar estos sucesos gracias a un largo juicio entablado por la familia. Sabemos la verdad del martirio; pero quedó en secreto la ubicación del cuerpo de Miguel.
Frente a esta verdad se alza una gran mentira: la sentencia final del juez naval. En resumidas cuentas afirma que la patrulla naval encontró el cuerpo de Miguel en la calle, muerto en alguna riña, y lo entregó en la morgue. Quedaron sancionados tres oficiales menores por una irregularidad legal. Ni una palabra sobre el martirio ni sobre las torturas.
Es una sentencia representativa de una justicia prevaricadora entregada a la obediencia de los tribunales navales. Después de 40 años, estamos aún bajo la égida de una justicia falsa, de una institución naval encubridora y mentirosa, de un mecanismo montado para ocultar la verdad y obstaculizar la justicia.
40 años después hacemos un llamado para que todo el que tenga una partícula de la verdad sobre Miguel Woodward, oculta por intereses bastardos, manifieste esta verdad. En concreto, todo el que sepa algo más sobre la ubicación de los restos de Miguel, que lo haga conocer. Su hermana Patricia lleva 20 años viajando desde Europa para promover la verdad. Una verdad que limpie su imagen frente a las calumnias levantadas contra él, que aclare el destino de sus restos y que le haga plena justicia.

P. José Aldunate, S.J.

 

(Publicado en “Punto Final”, edición Nº 792, 25 de octubre, 2013)

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