Punto Final, Nº792 – Desde el 25 de octubre hasta el 7 de noviembre de 2013.
Documento sin título
Buscar
Ultimo Editorial

Homenaje

Carta al director
Ediciones Anteriores.
En Quioscos
Archivo Histórico
Publicidad del Estado

El fallo de la Fiscalia

Regalo

Torturador del sacerdote Miguel Woodward:

“Era como ver a Jesucristo

 

 

MIGUEL Woodward: abrazó la causa del pueblo.

 

“¿Cuántas puntas tiene una cruz?”, preguntaba a gritos el oficial de Marina que interrogaba… Cuatro, respondía con dificultad el sacerdote prisionero que era torturado… “Entonces, cuatro culatazos”, ordenaba el oficial… Luego mandaba que el cura, indefenso en el suelo, fuera golpeado. Los vejámenes y maltrato continuaron por horas mientras la vida de Miguel Woodward se extinguía. Un balazo en el pecho pretendió ser la justificación para que las autoridades navales declararan más tarde que el sacerdote había sido encontrado muerto en la vía pública.
Los restos de Miguel Woodward no fueron entregados a sus familiares. Mientras, el proceso para determinar responsabilidades penales en el crimen, se ha desarrollado lentamente en medio de irregularidades, inconsistencias jurídicas y con un evidente intento de impunidad.
Miguel Woodward Iriberry nació en Valparaíso, en enero de 1932, de madre chilena y padre inglés. Sus estudios secundarios los realizó en Inglaterra, en un internado dirigido por monjes benedictinos. A los 18 años se graduó de ingeniero civil. Una vez titulado regresó a Chile e ingresó al seminario. El obispo Raúl Silva Henríquez lo ordenó sacerdote diocesano en la Catedral de Valparaíso, en 1961. Ese año, su familia decidió viajar a Inglaterra pero Miguel quiso permanecer en Valparaíso. Su primer destino parroquial fue Peñablanca, donde trabajó con jóvenes en las poblaciones.
Como muchos curas de esa época, imbuido en los aires transformadores del Concilio Vaticano II, quiso ser sacerdote obrero y trabajó como tornero en el astillero Las Habas, de Valparaíso. También fue profesor del Centro de Estudios y Capacitación Laboral (Cescla). En su trabajo como obrero se ganó la confianza de sus compañeros, quienes lo eligieron secretario del sindicato. En 1969, en el Cerro Los Placeres, donde construyó una modesta vivienda, encabezó una comunidad religiosa. Formó parte del movimiento Cristianos por el Socialismo, hizo suyos los postulados del gobierno del presidente Salvador Allende y se desarrolló como dirigente vecinal. Su labor fue rechazada por la autoridad eclesiástica de Valparaíso, y el obispo Emilio Tagle Covarrubias lo suspendió de sus funciones sacerdotales alegando su militancia política. No obstante, Miguel siguió adelante con sus actividades sociales.
Patricia Woorward desde que supo de la detención y muerte de su hermano ha viajado numerosas veces a Chile desde su residencia en España, y ha participado en múltiples diligencias judiciales para obtener justicia y demandar la entrega de los restos del sacerdote.

“ERA COMO JESUCRISTO”
¿Qué antecedentes tiene sobre la detención de Miguel Woodward?
“Mi hermano fue detenido por miembros de la Inteligencia Naval, aproximadamente el 16 de septiembre de 1973, en su casa… Fue conducido a la Universidad Santa María, ocupada por la Armada para mantener a los detenidos. Allí durante doce horas fue golpeado y sumergido en agua de la piscina. Según testigos, estaba en el suelo tiritando de frío mientras un teniente ebrio, lo interrogaba”.
Según el testimonio del infante de Marina José Manuel García Reyes, fue llamado por el teniente Montenegro al costado sur de la piscina. “Allí se encontraba un hombre arrodillado con el rostro y brazos curvados hacia el suelo. Recibí la orden de interrogarle. Lo obligué a mirarme a los ojos y me impresionó mucho porque era como ver a Jesucristo, y no he podido sacar nunca más ese episodio de mi mente… El teniente Montenegro se encontraba muy molesto y portaba un arma de fuego que ponía en la frente del sacerdote y ante sus gritos de ‘¡Pégale!...’ yo tuve que actuar”.
¿Qué ocurrió en las horas siguientes?
“Al día siguiente -dice Patricia- a Miguel lo conducen a la Academia de Guerra Naval donde repitieron los tormentos. En mal estado físico, es llevado al molo donde estaba atracado el buque-escuela Esmeralda… Lo suben en camilla a la enfermería, pero no estaba el médico. Según la bitácora de la Esmeralda, después de una hora, ya fallecido, Woodward es llevado al Hospital Naval. El enfermero que recibió el cuerpo constató un orificio de bala en el pecho. A ese funcionario le ordenan enviar el cadáver a la morgue del Hospital Gustavo Fricke, en Viña del Mar. Allí, junto a varios cadáveres, dejaron el cuerpo de Miguel y desde ese momento se desconoce su paradero. Un médico de la Armada, Carlos Costa Canessa, certificó la defunción el 22 de septiembre por paro cardio-respiratorio y afirmó, dolosamente, que el cuerpo había sido encontrado en la vía pública”.

MUERTE EN LA “ESMERALDA”
“La Dama Blanca llevará la mácula de la sangre de Miguel Woodward en sus travesías por el mundo mientras la Armada no reconozca su crimen”, sentenció años después el sacerdote jesuita José Aldunate para referirse al paso del cura obrero y de otros presos políticos por el buque-escuela. Sobre estos hechos, Patricia Woodward explica que desde la Academia de Guerra Naval su hermano fue llevado a la Esmeralda. “Sus condiciones físicas eran deplorables, su gravedad era tan evidente que el segundo comandante del buque, Eduardo Barison, se negó a recibirlo; sin embargo, esta orden fue anulada por el capitán de la Esmeralda, Jorge Sabugo (fallecido)”. Barison -como consta en el proceso- declaró que “le dijeron que (Miguel) estaba en calidad de detenido y que presumía que su estado era producto de malos tratos físicos… se encontraba agónico, con hematomas en su rostro e inconsciente. Los enfermeros lo asistieron, trataron de reanimarlo, pero falleció en el mismo recinto”. Sobre el particular, Patricia subraya que Barison ante la magistrada afirmó categóricamente: “Tengo la seguridad de que falleció en el interior del buque”.
De acuerdo con lo expresado por la hermana del sacerdote, luego que Barison llamara a Guillermo Aldoney, jefe del Estado Mayor de la Primera Zona Naval, para informarle de la muerte de Miguel Woodward y señalarle que “se le habría pasado la mano a un interrogador”, se decidió el traslado del cuerpo al Hospital Naval, en donde se inició, por instrucciones de Aldoney, el encubrimiento del homicidio.
¿Por qué hubo tanto ensañamiento con su hermano?
“Creo que lo tenían ubicado desde hace tiempo. Tenían una carpeta con sus antecedentes. Habían puesto allí calumnias, tergiversaron muchos hechos y siendo una persona con liderazgo -aunque era muy sencillo-, tenía muchos contactos conseguidos a través de su labor pastoral al lado de las personas desprotegidas. Mi hermano se entregó a los pobres, era un obstinado por la justicia social. Nadie pensaba que mi hermano podía ser detenido ni menos asesinado por su trabajo como pastor y sacerdote”.
¿Qué ha ocurrido con el proceso judicial?
“El proceso comenzó en 2002 con una querella de la familia ante los tribunales. La acción judicial se dirigió en contra de Pinochet, catorce oficiales navales, un médico, un clérigo y un alto funcionario judicial por los cargos de genocidio por motivos religiosos, terrorismo de Estado, homicidio calificado, secuestro, torturas, tratos crueles y degradantes, inhumación y exhumación ilegal y otros delitos conexos. La querella fue investigada por tres ministros sucesivamente. La primera jueza instructora del sumario fue Gabriela Corti, quien a los dos años cerró la causa aplicando la prescripción, aunque según convenios ratificados por el Estado chileno en materia de derechos humanos, las causas por delitos de lesa humanidad no prescriben, razón por la que se acusó a esa jueza de prevaricación. Posteriormente, en 2011 fue designada la ministra Eliana Quezada para hacerse cargo del proceso; hasta antes de ser nombrada presidenta de la Corte de Apelaciones de Valparaíso inculpó a 29 personas, en su mayoría marinos en retiro, y a cuatro ex almirantes. Después fue nombrado Julio Miranda como juez instructor y el proceso comenzó a distorsionarse”.
¿Qué ocurrió con los restos del sacerdote Woodward?
“La jueza Eliana Quezada hizo tres intentos de exhumación del cuerpo, en base al testimonio de dos personas involucradas en su sepultura. Pero esto no dio resultados. A fines de los 80, según un funcionario del Cementerio de Playa Ancha, cuando estaba concluyendo la dictadura militar, hubo una curiosa limpieza donde creemos que Miguel estaba sepultado. Probablemente sus restos fueron quemados o tirados al mar. Ahora, junto a mi esposo, Frederick Bennett, entregamos al gobierno un documento en el que se relatan las anomalías en la causa y el encubrimiento llevado a cabo por la Armada”.

CONDENAS ¿O PREMIOS?
¿Qué opinión le merecen las condenas aplicadas en el caso?
“Las condenas impuestas el pasado 8 de mayo a los torturadores y personas que tuvieron que ver con este asesinato, fueron muy bajas, irrisorias. La familia no está de acuerdo. De diez procesados hubo sólo dos suboficiales de la Armada sancionados. Ellos estaban bajo las órdenes de tenientes, capitanes y almirantes.
En la resolución los suboficiales de Marina José Manuel García Reyes y Héctor Palominos López fueron condenados a tres años y un día por los delitos de torturas y secuestro con grave daño, por lo que quedaron libres de inmediato (pena remitida). Carlos Miño, Marcos Silva, Guillermo Inostroza, Luis Pinda y Bertalino Castillo: absueltos. Manuel Leiva: absuelto (por demencia). Nelson López y Jorge Leiva Cordero: absueltos por fallecimiento”.
Para la familia del sacerdote Woodward quedó comprobada judicialmente la culpa de altos mandos de la Armada cuando ocurrieron los hechos. Esta afirmación fue ratificada por el ex auditor general de la Armada al declarar que recibió órdenes de los comandantes en jefe, almirantes Miguel Vergara y Rodolfo Codina, para obstruir la justicia. Sin embargo, esta confesión no se tradujo en sanciones de los tribunales.
¿Por qué cree que después de once años sólo hubo dos condenas a marinos de bajo rango y no se tocó a los oficiales?
“Valparaíso, al parecer, es un feudo de la Armada. Numerosas personas viven a costillas de las actividades que tiene esa institución. Hay miedo a hablar y decir la verdad. La Armada como institución se niega a hacerse responsable de los crímenes y torturas que se cometieron en sus propios recintos durante la dictadura”.

ALMIRANTES EN LAS SOMBRAS
¿Qué opina de aquellas personas que han pedido perdón por las violaciones de los derechos humanos durante la dictadura?
“La declaración que hizo la Asociación de Magistrados y sus disculpas por las ‘acciones y omisiones impropias del Poder Judicial’, dio la vuelta al mundo. Estábamos en España cuando supimos. Pero pienso que son sólo buenas intenciones. No sabemos cómo esto se puede traducir en justicia”.
¿Qué falta para que se haga justicia en éste y otros casos de violaciones a derechos fundamentales?
“Faltan cambios urgentes y profundos en el sistema judicial en materia de derechos humanos. Se podría aumentar el número de ministros en visita que investigan los casos. Pero, además, hay una serie de prácticas francamente ilegales en el sistema. Por ejemplo, los jueces no suelen interrogar a los testigos. Dejan esa tarea a sus actuarios que no son muy competentes. Pero es necesario llegar a la verdad para determinar la responsabilidad de los altos mandos de la Armada que dieron las órdenes. Ellos siguen en completa impunidad”.
Una rápida mirada a lo ocurrido con algunos oficiales de la Armada involucrados en el caso de Miguel Woodward, indica que el ex responsable de la Universidad Federico Santa María, capitán Sergio Valverde, fue inculpado durante el sumario pero luego fue sobreseído. El jefe del Estado Mayor de la Zona Naval, capitán de navío Guillermo Aldoney, ascendió a almirante y posteriormente fue nombrado presidente del directorio de una empresa de aceros, privatizada por la dictadura militar. En tanto, el médico del crucero Latorre que en algún momento examinó a Miguel, fue ascendido a almirante y dirigió los servicios de salud de la Armada. Por su parte, el capitán Eduardo Barison, segundo comandante de la Esmeralda, no fue imputado. Otros inculpados, entre ellos varios oficiales en retiro, viven tranquilos y con buenas jubilaciones.

OSVALDO ZAMORANO SILVA

 

Sacerdote obrero

El sacerdote Mariano Puga, ex detenido en Villa Grimaldi, recordando a Miguel Woodward relata: “Nos tocó estar en el Seminario Pontificio de Santiago… Después, mientras estudiaba en París, me encontré con él. Llegó un día a la Ciudad Universitaria y me dice: “Oye Mariano, ¿qué has pensado de los sacerdotes obreros?”. Le contesté que yo pensaba llegar a Chile, hablar con el cardenal Raúl Silva y pedir permiso para incorporarme al equipo de sacerdotes obreros que estaban trabajando en Chuquicamata; éramos siete. Entonces Miguel de nuevo me preguntó: “¿Y tú crees que yo podría ser sacerdote obrero?”. Le dije ¡pero ojalá que lo seas! Cuando llegué a Chile a fines del 70, pregunté por Miguel y me contaron que andaba de obrero en el astillero Las Habas. Lo fui a ver, pregunté y ahí apareció él con un overol, casco y jeans. Woodward pensaba que si era cura-obrero tenía que ser obrero”.

(Publicado en “Punto Final”, edición Nº 792, 25 de octubre, 2013)

revistapuntofinal@movistar.cl
www.puntofinal.cl
www.pf-memoriahistorica.org
¡¡Suscríbase a PF!!

Punto Final
Translation

Google Translate

En esta edición

Chile bosteza y una minoría “corta el queque”

Llegó la hora de abrir la puerta clausurada

¿De dónde sale la plata de las candidaturas?

América Latina en época de cambios

“Era como ver a Jesucristo

En edición impresa

Asamblea Constituyente para la nueva Constitución

La cueca larga de Margot Loyola

Patricia busca a su hermano

El bloqueo a Cuba y la providencia

¿Fiesta de la democracia o noche de brujas?

Anómicos, despistados y solemnes

Visita