Punto Final, Nº795 – Desde el 6 hasta el 19 de diciembre de 2013.
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Verónica Denegri, madre de Rodrigo Rojas

En busca de verdad y justicia

 

 

 

VERONICA Denegri

 


Uno de los casos más reveladores de la brutalidad de la dictadura fue el ataque incendiario contra Rodrigo Rojas Denegri y Carmen Gloria Quintana, en julio de 1986. Siete años después, la Corte Suprema condenó al capitán Pedro Fernández Dittus, quien comandaba la patrulla militar que quemó a los dos jóvenes, a la irrisoria pena de 600 días por su responsabilidad en la muerte del joven fotógrafo y de las graves heridas de Carmen Gloria Quintana. El militar alegó “sicopatía orgánica”.
No sólo las cuatro décadas que han transcurrido desde el golpe han traído el recuerdo de estos luctuosos hechos. En julio pasado, la madre de Rodrigo Rojas, Verónica Denegri, junto a la Agrupación de Familiares de Ejecutados Políticos, presentó una querella por homicidio y asociación ilícita contra todos los responsables de su muerte. Es, en los hechos, la reapertura del juicio. A lo anterior, se añadió la exposición “El exilio sin retorno”, que durante octubre y noviembre pasado, trajo de regreso las fotografías de Rodrigo Rojas a los museos de la Memoria y Arte Contemporáneo, en Santiago. La editorial LOM publicará un libro con esas imágenes. Es la mirada de un joven de 19 años que había regresaba del exilio con su cámara, a testimoniar la lucha de un pueblo contra la dictadura.
Verónica Denegri estuvo de paso en Chile. Vive en Washington, ciudad a la que llegó en 1977, cuando fue expulsada por la dictadura, tras ser detenida y torturada en Tres Alamos.

UN JOVEN CON SU CAMARA
Rodrigo Rojas Denegri regresó a Chile en 1986. Era un viaje largamente anhelado. Junto a su madre y su hermano menor, Pablo, vivía en la capital de EE.UU.; donde el brazo armado de la dictadura había asesinado a Orlando Letelier en 1976.
Verónica Denegri recuerda que la familia Letelier contrató a Rodrigo para llevar al tribunal los documentos del proceso por el asesinato del ex canciller. “Llevaba el maletín con las fotocopias en la mañana. Quién se iba a preocupar que un ‘cabrito chico’transportaba esos documentos. Isabel (Morel, viuda de Letelier) me contaba que Rodrigo leía todos los papeles del juicio”, acota.
Pero Rodrigo tenía una pasión mayor. Su cercanía con la imagen comenzó unos años antes de la mano de Marcelo Montecino, fotógrafo chileno, exiliado en Washington, que había registrado el proceso de la Unidad Popular y los primeros años de la dictadura. La cámara sería la herramienta del adolescente para captar lo que ocurría. El cuarto oscuro, su lugar alquímico. Tal como se ve en la exposición “El exilio sin retorno”, sus primeras fotografías retratan la calle, los trabajadores negros, su escuela, las protestas contra la intervención yanqui en Centroamérica, las reaganomics y el apartheid en Sudáfrica.
Con dos cámaras y abundante película, Rodrigo Rojas abordó el avión a Lima. Enamorado de Latinoamérica “...su sueño era visitar Machu Picchu, por la poesía de Neruda”, cuenta su madre. Sin embargo, la cercanía con su tierra de origen lo atrapó y le hizo cambiar de planes. En Lima abordó un bus que lo llevó a Arica y luego a Santiago.
Fue Percy Lam, recientemente fallecido miembro de la Agrupación de Fotógrafos Independientes (AFI) quien tomó una imagen del joven, apenas llegado, en una manifestación en una calle de Santiago. El documental “La ciudad de los fotógrafos”, de Sebastián Moreno, reproduce el momento. Por el bolso, por la ropa, pensó que se trataba de un “sapo”. Días después, Rodrigo Rojas se unió a la AFI, mediante un contacto que Montecino estableció con los hermanos Hoppe. A todos les llamó la atención la osadía del joven que hablaba como gringo. “Hay una foto de Rodrigo que es muy especial. Es de un grupo de carabineros jóvenes en el Metro. Alvaro Hoppe me contó que Rodrigo se acercó a los policías, y les preguntó si les podía tomar una foto, cuestión que estaba prohibida en esa época. Los pacospensaron era un turista y se lo permitieron”, dice su madre.
El funeral del estudiante Ronald Wood, el 20 de mayo de 1986, en Santiago, sería un descarnado encuentro con la violencia perpetrada por el régimen. La fotografía es en colores, inusual para la época. Los fotógrafos de la AFI revelaban sus imágenes en blanco y negro en laboratorios caseros. El proceso en color sólo era posible en las casas comerciales, donde se corría el riesgo de ser detectado por los servicios de seguridad. La fotografía del masivo sepelio, con una muchacha apoyada en el ataúd recubierto de flores es, hasta hoy, para Verónica Denegri, el encuadre donde su hijo anticipó su propio funeral. Los crímenes de Wood y Rojas Denegri poseen varias coincidencias. Ambos tenían 19 años, sobrevivieron algunos días y sus funerales tuvieron un carácter multitudinario. Igualmente, sus sepelios fueron reprimidos por la policía.

PREGUNTAS ABIERTAS
La reapertura del juicio busca, en palabras de Verónica Denegri, encontrar a todos los responsables del crimen. La patrulla militar constaba de 27 efectivos, entre ellos, tres civiles. “Era gente que no pertenecía a la CNI. Una policía secreta paralela. Esa información llegó a la Vicaría de la Solidaridad”, señala. “Fernández Dittus recibió órdenes de quemar a los cabros. Quiero saber quién dio la orden. O qué hacían esos civiles. Creo que tienen que haber tenido una función específica. Para protegerlos culparon a Fernández Dittus. Eso no quiere decir que él no tuvo responsabilidad”.
Verónica Denegri indica que su esperanza es que alguien de aquella patrulla se atreva a testificar. Los conscriptos se negaron a hablar. “Sé que algunos soldados intentaron hablar pero no los dejaron”, dice. Idéntica situación acaeció con pobladores de Los Nogales que presenciaron los hechos. “En el juicio hubo algunos testimonios de muchachos detenidos esa noche. Señalan que Fernández Dittus habló por walkie talkie con un superior para saber qué hacer con los cabros. Pero la policía, semanas después, arrestó a los que testificaron y los responsabilizó de robos... Los hicieron aparecer como personas no confiables. Algunos salieron al exilio, aterrorizados”.
El caso posee ribetes singulares. Se habla de un tiroteo en la noche previa al ataque incendiario. Soldados balearon el departamento de Temístocles Gajardo, un marino agente de la CNI. Fue una especie de mensaje mafioso de Pinochet al almirante Merino, con quien habría tenido conflictos. A propósito de esto, Verónica Denegri indica: “La patrulla de Fernández Dittus habría participado en el atentado al agente de la CNI. El me fue a ver en EE.UU., en los años 90. (Gajardo se exilió en EE.UU. a fines de los 80. N. de PF). Le pedí a Juan Méndez de América’s Watch que me acompañara pero no pudo. Terminé conversando sola con ese tipo. No pude grabar y lamentablemente entregué lo que anoté al abogado Roberto Garretón. El me dijo que ese tipo estaba loco y que inventaba cuestiones para ver qué provecho podía sacar. Me dijo: ‘Olvídate’. En todo caso, le dejé el material porque me parecía que el tipo no estaba contando cuentos. No supe más hasta que volví a verlo en Youtube, hace unos cuatro años. Esto me parece muy interesante porque habían diferencias en las FF.AA., aunque Pinochet decía que eran un sólo bloque. Había odio entre ellos”.
Otro objetivo de Verónica Denegri es deslindar la responsabilidad por la denegación de atención médica a su hijo Rodrigo en clínicas privadas de Santiago, como Santa María y Alemana. Los directores señalaron que no era posible atenderlo por peligro de infección para el resto de los pacientes. “Los médicos Villegas y Fierro también trataron de internarlo en el Hospital del Trabajador, pero le fue impedido el acceso”, señala Verónica Denegri.
Son muchas las interrogantes que Verónica quiere resolver. La cámara fotográfica de Rodrigo Rojas desapareció. Los rollos fotográficos que mandó a su madre a EE.UU. jamás llegaron a destino.
Su anhelo de justicia, se emparenta con los de otros familiares de jóvenes caídos en los años 80. “A mí me indigna cuando la gente se pregunta ‘por qué a mí’... La gente debiera decir por qué a todos”, dice Verónica Denegri.
En su disco “Leña Gruesa”, de 1993, el dúo Quelentaro cantó en homenaje al joven fotógrafo: Soy el tizón humano que no se quema / Yo soy Rodrigo Rojas, carne y madera/ vuelto incendio en la lucha / Vuelvo a la vida / y alumbrar de esperanza la noche ciega

Felipe Montalva
En Valparaíso

 

(Publicado en “Punto Final”, edición Nº 795, 6 de diciembre, 2013)

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