Punto Final, Nº795 – Desde el 6 hasta el 19 de diciembre de 2013.
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La interpelación del silencio

 

¿Se puede escuchar el silencio? Lo pregunto porque oírlo es muy fácil. Suena simplemente como la ausencia de ruido. Pero escucharlo es mucho más difícil, porque presupone interpretar un contexto. El silencio de los “cómplices pasivos” no tiene nada que ver con el silencio heroico del que resistió la tortura. Pero ambos silencios se oyen exactamente igual en nuestros oídos. Por eso no todos captan su diferencia.
El enorme silencio del 52% que se abstuvo en las últimas elecciones se ha oído de forma estruendosa. Demógrafos, encuestólogos, sociólogos, economistas y publicistas han salido en tropel a medirlo. Han sacado sus instrumentos, sus sonómetros y dosímetros, para catalogarlo, descomponerlo y analizarlo en sus laboratorios. Y ahora nos entregan datos, cifras y curvas de nivel. Han logrado oír el silencio de una forma más perfecta y precisa que nunca. Pero no han escuchado nada en él.
Wilhelm Dilthey, un filósofo de los de “antes”, distinguía entre “explicar” un fenómeno y “comprenderlo”. Explicar es explicitar, hacer inteligible un mensaje, un fonema, un dato, un argumento. Nuestros expertos en ruido nos están ilustrando en estos días acerca de la edad, los gustos, el género, los intereses, la procedencia geográfica y las preferencias políticas de los abstencionistas. Nos explican todo lo que quisiéramos saber sobre ellos. Pero no nos ayudan en absoluto a comprenderlos. Porque para comprender hay que conocer su interioridad y captar su sentido. Y en cuanto tratamos de atrapar con números ese silencio, se nos escapa. Siempre se nos escapa. Es un silencio inaprehensible para quien no ve en él más que a un objeto. Pero el silencio se puede abrir a nuestra comprensión si descubrimos que no es una “cosa”, un dato, o una cifra, y nos abrimos a un diálogo con el sujeto “que está en silencio”.
Nadie puede sustituir la palabra del que no habla. Nadie puede representarla. Nadie puede tomar su voz, y usurpar su ausencia o su presencia. Gayatri Spivak, una gran feminista de la India, se preguntó en un famoso ensayo, ¿pueden hablar los subalternos?. Se refería a los sin voz, a las mujeres de las castas más bajas, a los campesinos, los indígenas, a los negros, los chicanos que hablan spanglish. En Chile son los “despalabrados”, los que hablan en jerga, como nuestros “flaites”, “emos”, “frikis” o “reggaetoneros”, a los que oímos, pero no escuchamos, porque simple y llanamente no les entendemos. ¿Podemos hablar por ellos, o en su nombre? ¿Alguien se ha dignado en preguntarles porqué votan o no votan?
El subalterno no puede hablar porque no tiene un lugar desde el cual enunciar su discurso. Y si tiene un lugar donde pararse, quiere decir que no es un subalterno. Para El Mercurio son los delincuentes. Para el Estado son los “beneficiarios de subsidios, bonos o pensiones básicas solidarias”. Para la política, con buena suerte son votos, y con mala suerte son las amenazas a la gobernabilidad. Para la universidad son estadísticas o “trabajo de campo”. Para la televisión, es el rating de los matinales y los programas de farándula. Para las empresas no son más que recursos humanos, consumidores o instrumentos que hablan. Los “nadies” de Eduardo Galeano.
Pero estoy seguro que en el silencio de los subalternos hay un texto. No me pregunten cuál, porque no lo conozco. Pero intuyo que se trata de una interpelación. Interpelar es llamar enfrentando. Es pedir cuentas por algún incumplimiento. Es enfrentarse a quien ha eludido una responsabilidad o un deber contraído. Es recriminar por un acto de justicia que no se ha cumplido. No voy a ir más lejos. Creo que no me corresponde dar más cuerpo al mensaje. De lo que no se puede hablar, mejor es ir callando.

Alvaro Ramis

 

(Publicado en “Punto Final”, edición Nº 795, 6 de diciembre, 2013)

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