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Una elección desabrida

 

La próxima elección presidencial se vislumbra como una de las más desabridas de la historia contemporánea. Nadie pone en duda que Michelle Bachelet ganará. Pero tampoco el escaso interés que la elección despierta en amplios sectores. Se teme una abstención superior al 52% de la primera vuelta. Desde luego la abstención no puede ser una política permanente para rechazar la institucionalidad heredada de la dictadura. En algún momento, se levantará una alternativa político-social para desafiar -también en el terreno electoral- a los dos bloques políticos defensores del capitalismo neoliberal.
La mayor parte de la abstención no se motiva en un rechazo consciente y organizado del sistema. Lo inquietante es que la mayoría abstencionista es una víctima más de la erosión de conciencias producida por el modelo neoliberal. El “analfabetismo funcional” de casi la mitad de la población, además, ha sumido en la confusión a un amplio sector estupidizado por el consumismo. La mercantilización de las relaciones sociales se ha apoderado también de la política y lo que ayer era resultado del trabajo de abnegados militantes, hoy es producto de técnicas de marketing.
Esta realidad de una democracia sin participación ciudadana se refleja en una campaña electoral en que el pueblo es el gran ausente. No hay debate político de importancia ni actos que reúnan más de unos centenares de personas. La campaña se libra sobre todo mediante una costosa publicidad financiada por los grandes consorcios que controlan la economía del país. La “clase política” no puede quejarse de este deterioro de normas elementales en una democracia. Sus manejos turbios, la explotación del sistema binominal y la devoción con que ha servido los intereses del gran empresariado, aumentando la desigualdad y exclusión social, tienen en estado lamentable los pilares sociales y culturales de la democracia.
Por otra parte, han resultado inútiles los esfuerzos de la derecha para reavivar la confrontación política mediante una pintoresca imitación de las antiguas “campañas del terror”. En esas maniobras -como era de esperarse- ha jugado rol importante el diario El Mercurio. En forma artificial intentó levantar una campaña anticomunista a la vieja usanza, presionando al gran empresariado para redireccionar su apoyo financiero hacia Evelyn Matthei.
Paradojalmente, aunque la elección de la candidata de la Nueva Mayoría parece asegurada, en sus propias filas hay preocupación. Esos temores son razonables. Desde luego, no hay visos de que la abstención vaya a bajar del 50%. Bachelet obtuvo 3.073.570 votos (46,69%) en la primera vuelta, y Matthei 1.647.490 votos, o sea el 25,02%. La diferencia es muy grande, pero la derecha registra una votación histórica que promedia el 40% y su candidata debería aumentar su votación el 15 de diciembre.
La tendencia electoral de Bachelet es hacia el estancamiento. En las primarias del 30 de junio alcanzó 53,06%, y en las elecciones de 2006 aventajó a Piñera con 53,5%. A su vez la Nueva Mayoría, que en realidad cuenta con los mismos factores políticos que afrontaron la segunda vuelta en 2000, 2006 y 2009, o sea la Concertación más el Partido Comunista, se inclina a la baja. El 2009 obtuvo 3.367.790 votos con Eduardo Frei Ruiz-Tagle (48,39%) y hace un año, en las elecciones municipales, bajó al 43,04%.
El programa con que la Nueva Mayoría intenta atraer al electorado no es tampoco novedoso. En términos parecidos ya fue suscrito por la Concertación y el Partido Comunista el 21 de diciembre de 2009. En representación del comando presidencial de Eduardo Frei-Ruiz Tagle, Carolina Tohá firmó “doce compromisos por la democratización y el avance social de Chile” con el comando de Jorge Arrate, apoyado por el PC, que había alcanzado 6,21% en primera vuelta. Entre otros compromisos se consultaba una nueva Constitución Política -que hacía ver, igual que ahora, las dificultades para convocar una Asamblea Constituyente y esbozaba la variante de la reforma parlamentaria-; el fortalecimiento de Codelco y el estudio de una reforma al royalty de la minería; educación pública de calidad garantizada para todos; mejoramiento de la salud pública, contratar mil médicos especialistas y crear 50 centros de excelencia clínica de nivel mundial; ampliación de los derechos de los trabajadores; recuperación del carácter nacional del agua; democratización de los medios de comunicación; más equidad y menos discriminación; mayor respeto de los derechos humanos; mayor respeto a las mujeres; un país regionalmente integrado en América Latina, y mayor protección frente a los abusos financieros.
Aunque hay un notable parecido entre los doce compromisos y el programa de la Nueva Mayoría, Frei no es lo mismo que Bachelet. Con las mismas fuerzas partidarias que votarán por Bachelet, Frei sólo llegó al 48,39%. Fue derrotado por Piñera -que tampoco es lo mismo que Matthei- que consiguió 51,61%. Si el universo electoral se mantiene en alrededor de 7 millones de votos, tiene lógica la preocupación que refleja el comando de Bachelet sobre un resultado estrecho.
La indiferencia parece seguirá siendo la primera mayoría. No es posible esperar un cambio hasta tanto la participación política -entendida como el derecho a construir el futuro entre todos- no se convierta en pasión de multitudes. Eso sólo puede alcanzarse cuando el pueblo se movilice detrás de una utopía que encarne los sueños de todos. Así ocurrió en Chile en los años 70 y así sucede en países hermanos que, con Asamblea Constituyente y nueva Constitución, se reencontraron con su identidad histórica y hoy protagonizan sus luchas sociales y políticas.

PF

Los que siempre ganan

“No compartir con los pobres los propios bienes es robarles y quitarles la vida.
No son nuestros los bienes que tenemos, sino suyos”.
Papa Francisco, en su exhortación apostólica “La alegría del Evangelio”.
(Ver págs. 8 y 9 de esta edición).


Al gran empresariado las palabras del Papa deben haberles sonado a proclama anarquista. En Chile, el dirigente Hermann von Mühlenbrock Soto, presidente de la Sociedad de Fomento Fabril, rechazó esa cruda condena al capitalismo. Para el gran empresariado nacional y transnacional la exhortación apostólica es una incitación subversiva a los trabajadores a reclamar sus derechos. El presidente de la Sofofa sostuvo que la mejor prueba del error del Papa es la “exitosa” economía chilena de los últimos 30 años. Von Mühlenbrock alude a un periodo que abarca los años finales de la dictadura, los cuatro gobiernos de la Concertación y el actual de la derecha.
Desde su mezquino punto de vista, es razonable lo que afirma el presidente de la Sofofa. Es cierto: nunca jamás el capital nacional y extranjero había ganado tanto como ocurrió con las políticas neoliberales de esos gobiernos. Sin excepción, proporcionaron a los grandes capitalistas condiciones para maximizar sus ganancias a niveles sin parangón en el mundo. Todos los abusos que el capitalismo neoliberal comete con los trabajadores y con los recursos de un país -mencionados por el Papa-, se han registrado en Chile, hasta el día de hoy. Esto sucede en un país de dudosa mayoría católica, como lo advirtió en su tiempo el padre Alberto Hurtado S.J., hoy en el santoral de la Iglesia.
Lo anterior explica porqué, aparte de la breve y elusiva declaración del presidente de la Sofofa, las duras palabras del Papa no han merecido la difusión que los medios dispensan cuando los anatemas vaticanos condenan el aborto o el matrimonio homosexual. El sepulcral silencio empresarial, político y mediático ante la crítica anticapitalista del Papa, explica también otros fenómenos. Por ejemplo, porqué el gran empresariado apuesta sin temor a la candidatura de la Nueva Mayoría y ha volcado hacia ella el grueso de sus aportes financieros. La candidata que aparece favorita para ganar en segunda vuelta, levanta un programa de reformas que se ciñe a las expectativas del gran empresariado. Los dueños del capital -que en realidad gobiernan este país- comparten la creencia que el modelo instaurado en Chile mediante la fuerza, necesita reformas que le permitan seguir reproduciéndose. En cambio, la propuesta ortodoxa de la candidata de la derecha no solo es una receta añeja, sino también contraproducente para los intereses estratégicos del capitalismo nacional y transnacional.
La Concertación, además, tiene una probada conducta pro-capitalista confirmada por sus veinte años en La Moneda. El gobierno de Bachelet (2006-2009), fue de vacas gordas para el gran empresariado. En ese periodo, las ganancias del capital -aunque afectadas por la crisis mundial que hizo caer las ganancias globales- superaron los 233 billones de pesos. En los dos primeros años del gobierno de Piñera, esas ganancias han seguido aumentando pero el sistema se ha puesto en peligro.
El siguiente cuadro es un análisis efectuado por economistas amigos de PF a quienes agradecemos su ayuda. Comparando las cifras, tanto a valores corrientes como a valores de 2013, queda en claro que si hay un sector que se ha visto especialmente favorecido por las políticas de la Concertación y de la Alianza por Chile, es la poderosa minoría del gran empresariado nacional y extranjero, actual propietaria del país.

PF

(Editorial “Punto Final”, edición Nº 795, 6 de diciembre, 2013)

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