Punto Final, Nº796 – Desde el 20 de diciembre de 2013 al 9 de enero de 2014.
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Alfonso Baeza, el cura de los trabajadores

 


Miles de personas que acompañaron el funeral del sacerdote Alfonso Baeza Donoso se sentían cumpliendo un deber al rendir homenaje a un hombre que dio testimonio de más de cincuenta años junto a los pobres, compartiendo con ellos vida e inquietudes. Sentían también un deber hacia un hombre que enseñó la importancia de la organización de los trabajadores, el significado de la justicia y la necesidad de unirse y entenderse más allá de las diferencias.
El arzobispo de Santiago, Ricardo Ezatti, seis obispos y muchos sacerdotes llegaron hasta la Catedral de Santiago y participaron en un oficio rodeado de pompa litúrgica. El padre Baeza sin duda se hubiera sentido mucho mejor entre sus vecinos de la población José María Caro y entre los fieles de su parroquia, a metros de la Estación Central.
Alfonzo Baeza no nació en un medio popular. Era parte de una familia acomodada y su padre, Arturo Baeza Goñi, era un conocido médico pediatra. El y su esposa, Sara Donoso, asumían la doctrina social de la Iglesia y la preocupación por los desposeídos. La influencia de los padres se transmitió a los hijos. Alfonso estudió ingeniería, pero tenía otro objetivo: el sacerdocio. Ingresó al Seminario y cuatro años más tarde fue ordenado cura.
Quería también capacitarse en ciencias sociales. Con ese propósito viajó a Roma para estudiar en la Universidad Gregoriana. Eran los años del Concilio Vaticano II y del Papa Juan XXIII, que sería sucedido por Paulo VI, de su misma orientación.
A su regreso a Chile trabajó junto al arzobispo de Santiago, Raúl Silva Henríquez, que lo destinó a tareas que le parecieron burocráticas. Reclamó y lo destinaron a asesorar al Movimiento Obrero Católico y a la Asociación de Empleadas de Casa Particular. Entretanto, la Iglesia chilena estaba en crisis. Eduardo Frei Montalva era el nuevo presidente de la Republica, luego de una campaña electoral en que la ayuda norteamericana había sido fundamental. La DC aspiraba -como también la Iglesia- a que Chile se convirtiera en un modelo alternativo a la Revolución Cubana. La “revolución” se veía cercana, a punto de estallar. Los seminaristas abandonaban sus estudios, muchos sacerdotes colgaban las sotanas. Se cerraban colegios católicos en el barrio alto de Santiago y se abrían en las poblaciones. La Iglesia iniciaba la reforma agraria en fundos de su propiedad.
En Chile -y en el continente- fue construyéndose el movimiento Cristianos por el Socialismo, formado por sacerdotes y religiosas. Se les vio en la toma de la Universidad Católica y también en la ocupación de la Catedral. Alfonso Baeza fue uno de los primeros en incorporarse a ese movimiento, convencido de la superioridad ética del socialismo, sistema que no aspiraba a la acumulación de ganancias sino pretendía llegar a la eliminación de la explotación del trabajador. Confiaba en el entendimiento entre creyentes y no creyentes y en la potencialidad de la democracia al servicio del pueblo. Por todo eso, fue también partidario de la candidatura de Salvador Allende a la Presidencia en 1970, y lo apoyó en su gobierno.
La Iglesia no cerró el camino a los Cristianos por el Socialismo. Pero con el golpe militar hubo un cambio drástico. Explicable porque el cardenal Silva Henríquez tuvo vacilaciones. Y también porque en los primeros tiempos se privilegió la ayuda a los perseguidos políticos. Pero hubo un documento que criticó duramente a los Cristianos por el Socialismo. “Fue como si nos pegaran en el suelo”, comentaba mucho después Alfonso Baeza.
En 1977, la Iglesia, y el cardenal Silva por supuesto, creó la Vicaría de la Pastoral Obrera. El shock económico neoliberal hacía estragos entre los trabajadores. Alfonso Baeza fue nombrado vicario y ejerció ese cargo hasta el 2000. La acción de la Pastoral Obrera fue notable. El padre Baeza hablaba poco de eso: de la reconstitución del movimiento sindical en una faena larga y peligrosa, con la formación de nuevos dirigentes, con la construcción de confianzas y sentimientos unitarios que culminarían en la Central Unitaria de Trabajadores (CUT). Muchas veces la Vicaría fue vigilada por la CNI, hubo no pocos dirigentes sindicales presos y relegados, se allanaba locales, hubo torturas y también asesinatos. Una historia que debería escribirse.
Su despedida como vicario no significó que Alfonso Baeza estuviera dispuesto a jubilarse. Decía que pensaba “morir con las botas puestas”, y multiplicó su trabajo. Se convirtió en párroco de la iglesia del Sagrado Corazón, fue presidente de la Fundación de Ayuda de las Iglesias Cristianas (FASIC) y también vicepresidente de Caritas. Se preocupó de ayudar a los inmigrantes y atender a presos políticos. Creó una casa de acogida para mujeres encarceladas con salida temporal sin residencia en Santiago, y una fundación para administrarla. Organizó a trabajadoras sexuales en la protección de sus derechos y en temas de reorientación.
Le faltaba tiempo para participar en tantas actividades cuando murió plácidamente en el sueño. Tenía 82 años. Una vida larga y apasionada, tal vez con más derrotas (en relación con sus esperanzas) que victorias. Pero siempre en la lucha.

PF

Palabras para recordar

“Al final, nadie cree nada. Vivimos en medio de una política de anuncios que no se materializan. Se juega, además, con las palabras. Hace dos o tres años se hablaba de ‘salario ético familiar’, pensado como un instrumento de redistribución de la riqueza. Ahora se habla de bonos, que antes existieron y ahora se entregan en ciertas y determinadas condiciones.
Ya no se trata de un salario y no afecta en nada la distorsión que existe entre pobres y ricos.
Esto me recuerda que hace un tiempo se decía -y yo también lo hacía- que en cada empresa debía establecerse un salario máximo a pagar en ella, como una forma de redistribución y de cerrar el paso a los sueldos excesivos.
La doctrina social de la Iglesia, desde los tiempos de León XIII, postula un ‘salario justo’ de acuerdo a las condiciones de la empresa y a la situación global de la sociedad. La idea es que el salario debe calcularse en función de las personas y no del crecimiento económico. Debe preguntarse, ¿éste es el salario que necesita recibir el trabajador para vivir con dignidad? y no, ¿éste es el salario que debemos pagar para que la empresa crezca y aumente sus utilidades? Recordemos que en la doctrina social, la empresa se entiende como un ámbito de acción conjunta entre capital y trabajo, de patrón y asalariado, entendiendo que el trabajo es prioritario por su importancia. Sin trabajo no hay nada”

(Alfonso Baeza PF N° 758, 2012)

 

(Publicado en “Punto Final”, edición Nº 796, 20 de diciembre, 2013)

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