Punto Final, Nº797 – Desde el 10 al 23 de enero de 2014.
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Algunas palabras van tomando sentido con el tiempo, o quizá es el tiempo mediatizado por las experiencias el que hace que el sentido vaya apareciendo entre el humo de un café. Muchas veces vi aquellas imágenes, en blanco y negro, en donde se mostraba a Fidel Castro visitando Chile durante la Unidad Popular; Castro hablando en el Estadio Nacional y sellando aquellas palabras que reverberarían por muchos años en mi mente: “Con la verdad, con la verdad, con la verdad; con la razón, con la razón, con la razón; con la moral, con la moral, con la moral”. En este último año he vuelto a mirar ese video en Youtube un par de veces para determinar el contexto en el que Fidel había dicho esas palabras y, si bien entiendo que era un llamado a proteger las riquezas naturales de los países latinoamericanos, me siguió llamando la atención la apelación que hacía a la verdad, a la razón y a la moral, como si estos conceptos pudieran avalar, por sí solos, una revolución.
Sabemos que la razón es parte del emblema de nuestro escudo nacional, que completo señala: “Por la razón o la fuerza”. Pero Fidel, pese a pronunciar las palabras vestido de militar, no nombró la palabra fuerza. Le seguí dando vueltas al asunto; en un punto creí haber dado con la explicación: verdad, razón y moral formaban parte de una perfecta ecuación entre lo que se podrían llamar condiciones objetivas y condiciones subjetivas para hacer la revolución: verdad y razón serían parte de las primeras y moral, de la segunda. Como bien se pregunta Roberto Jacoby en El asalto al cielo, ¿en qué consiste una estrategia revolucionaria “en el sentido leninista”? Y sin perder tiempo, responde: “Se trata de establecer una serie de medios, objetivos y metas que permitan otorgar al proceso un carácter ascendente, pero sin vulnerar los grados de unidad de clase hasta el punto en que puedan resultar contradictorios con ese objetivo”.
Sin embargo, la respuesta de Jacoby no me satisfizo completamente, era muy intelectual y presuponía un manejo del leninismo, y Fidel Castro le había hablado a una masa, con instrucción política pero tal vez no con ese conocimiento político. Abandoné el lado objetivo y me centré en la moral. Porque había descubierto que eso era lo que me inquietaba de las palabras de Fidel: ¿qué hacía la moral ahí? Obviamente que apelaba a una moral revolucionaria, aunque tal vez no habría que reducir nada al yugo del adjetivo, esto es, ni al sentido leninista ni a la moral revolucionaria, sino más bien indagar en el sentido y la moral en su más amplio significante/significado.
Habitualmente, cuando se habla de moral es para referirse a una moral conservadora, católica, antiaborto, antimatrimonio igualitario, en suma una moral que no avanza, que mantiene el statu quo. Pero si nos alejamos de esta moral individual, que refleja en muchos casos una educación conservadora o católica, y nos acercamos a una moral en donde el otro es el objeto, podríamos tener otro significante/significado del término. Moral, según la Real Academia Española, es la “ciencia que trata del bien en general, y de las acciones humanas en general en orden a su bondad o malicia”. Uno podría deducir que estas acciones en orden a su bondad o malicia están relacionadas con el otro, precisamente por el carácter humano de ellas. Entonces podríamos concluir que la moral sería el otro y propiciar, desde este lugar, una ley de aborto, un matrimonio igualitario. Y aquí cabe mi concepción de la política: uno no adhiere a una idea política porque se sienta identificado, sino porque hay una moral centrada en el otro que permite que esos otros puedan tener un mejoramiento en sus niveles de vida materiales y espirituales. Si uno fuera un moralista en serio, debería adherir a las opciones políticas que dieran satisfacciones a los sectores populares, porque en Latinoamérica esos sectores son mayoría, y supuestamente se gobierna para la mayoría. Finalmente de eso se trató el discurso de Fidel Castro.
Esta visión de la política no impide que existan otras visiones, centradas en morales individuales. La moral católica es una de ellas, la moral neoliberal es otra. Tanto en Argentina como en Chile hay sectores que han gobernado para las minorías. Aunque en los últimos años es mucho más patente la diferencia entre ambas naciones; mientras en Argentina se impone una moral centrada en el otro con subsidios a la luz, al gas, al transporte público, y un sistema de salud que, con todos los problemas de los sistemas de salud del mundo, intenta brindar cobertura a la mayor cantidad de gente posible a un precio accesible, en Chile continuamos con la moral del “sálvate como puedas”, heredada de la dictadura.
El choque entre “nuestra” moral y “esta” moral puede ser muy desagradable. La otra vez tuve una discusión con un amigo chileno, con quien nos conocemos hace treinta años, que estuvo de paso por Buenos Aires. Hasta hace poco yo todavía hacía la equivalencia Concertación o Nueva Mayoría=kirchnerismo; pero me di cuenta de que eso no era posible o válido, porque la Concertación, o como se llame ahora, ha gobernado para los ricos. Eso no es solamente otro proyecto político, tampoco es otra verdad ni son otras razones, sino que además es otra moral. Otro modo de mirar la política, y ante eso cualquier discusión resulta estéril. Mi amigo intentó convencerme del desastre que era Argentina, y yo pensé que si por desastre se entiende que hasta yo tenga salud, bienvenido sea el desastre. Quise seguir, pero cuando las discusiones son choque de dos morales, aparte de ser estériles, es mejor abandonarlas lo antes posible.

Gonzalo León

(Publicado en “Punto Final”, edición Nº 797, 10 de enero, 2014)


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