Punto Final, Nº798 – Desde el 24 de enero al 6 de marzo de 2014.
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La Haya y la política exterior: ¿un “asunto de Estado”?

“Siempre hemos entendido que la política exterior es una política de Estado”. Con estas palabras el senador DC Ignacio Walker secundaba las declaraciones de José Antonio Gómez, quien en su calidad de vocero ocasional declaraba la decisión de “ponernos todos los partidos detrás del presidente de la República entendiendo que esta es una tarea de Estado”.
Así, todos los partidos con representación parlamentaria cerraban filas tras la Presidencia y la Cancillería en el diferendo marítimo con Perú, amparados bajo aquella vieja estratagema de concebir a la política exterior como ámbito de acción exclusivo del presidente y su Cancillería y en base a intereses patrios supuestamente superiores a los intereses de clase, diferencias políticas y posturas ideológicas particulares.
Esta forma de concebir la política exterior ha sido parte integral de la estrategia de inserción internacional de Chile durante el último cuarto de siglo. Por ello, no nos sorprende ver cómo el duopolio político actúa en sintonía y bajo la comparsa de aquel viejo dogma. Sin embargo, ver hoy también arrimado a dicho árbol al Partido Comunista nos obliga, como Izquierda chilena, a reflexionar un poco más en los significados y alcances de dicha práctica política.
Ser parte hoy de los “alineados”, implica renunciar abiertamente a la crítica profunda y activa del accionar del gobierno en el plano de las relaciones internacionales, y de paso tener un silencio cómplice ante la cada vez más mermada soberanía y el cada vez más agudizado aislamiento de Chile en relación a América Latina.
Ver al Partido Comunista respaldando tan nefasta concepción de la política exterior, inevitablemente nos hace rememorar -por sus contrastes, claro está- los años gloriosos de Lenin y los bolcheviques en los tiempos de la “Gran Guerra”. Cuando en 1914 todos los representantes de los intereses más reaccionarios y aristocráticos hacían por toda Rusia desesperados llamados a la unidad nacional, y cuando no pocos sectores de “izquierda” pecaron e hicieron eco del llamado, Lenin y los bolcheviques levantaron su voz, denunciaron abierta y valientemente los intereses de clase imperantes en toda relación internacional, logrando que el pueblo identificara a sus verdaderos enemigos dentro de su territorio.
En el actual escenario, como hace cien años, alinearse es perder independencia y renunciar a develar los verdaderos conflictos y enemigos dentro de nuestro país. Ante esto, los perseverantes hemos de poner los énfasis donde corresponde.
Sea cual sea el dictamen de La Haya, este proceso, junto con el impulsado por Bolivia en la misma instancia, refleja la completa incapacidad de Chile de generar alianzas y proyectos de integración de largo aliento. Y como agravante para nuestro país, que está de espaldas a Latinoamérica, nos topamos con la innegable constatación que lo más comprometido tras un fallo negativo no será una soberanía residida en el pueblo chileno, sino que concesiones económicas a empresas pesqueras. Esto deja al desnudo que nuestra soberanía no está siendo arrebatada por países limítrofes, sino por nuestros propios gobernantes.
Es así que no podemos comulgar hoy con aquellos que han sido los responsables que Chile esté aislado a nivel regional, ni menos con esos mismos que hace solo un año y medio promulgaban una vergonzosa ley de pesca con la cual entregaban a siete familias el usufructo de ese mismo mar por el que hoy rasgan vestiduras.
Ante esto, nuestra responsabilidad es velar que tras el fallo de La Haya no se alimente el sentimiento antiperuano, sino que se contribuya a pasar de un chovinismo patriota que a los pueblos nada le ha entregado, hacia el entendido que es una política internacional en base al latinoamericanismo, la solidaridad y reciprocidad mutua la que nos permitirá avanzar. Y que los únicos reales “vendepatria”, que no dudan ni dudarán en arrebatarnos la soberanía una y mil veces, han sido y son nuestros propios gobernantes, que han dejado la puerta abierta de nuestro país a los interés más mezquinos a nivel mundial.
Tenemos mucho de donde aprender. Las relaciones establecidas por el Alba y Petrocaribe, o los intercambios entre países en base a las posibilidades y potencialidades de cada uno -servicios por energía, por ejemplo-, son un modo de llevar las relaciones internacionales totalmente distinto a las impulsadas desde Chile.
Debemos alejarnos de la idea de la política exterior como “política de Estado”, asumiendo que nuestra tarea consiste en construir y consolidar un proyecto genuinamente de Izquierda y latinoamericano, que sea capaz de impulsar dicha política exterior, basada en el pleno ejercicio efectivo de la soberanía, en el marco de la hermandad, la cooperación y la integración entre los pueblo.

Carla Amtmann Fecci

(Publicado en “Punto Final”, edición Nº 798, 24 de enero, 2014)


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