Punto Final, Nº799 – Desde el 7 al 20 de marzo de 2014.
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¿Hacia dónde se inclinará Bachelet?


Las elecciones en Venezuela y Chile, en diciembre de 2013, proporcionaron un nuevo impulso a los gobiernos de Izquierda en América Latina y al avance de las políticas posneoliberales. En los últimos quince años el ascenso de la Izquierda ha estado inextricablemente ligado a procesos electorales. En Venezuela, Bolivia y Ecuador, con los gobiernos de Hugo Chávez, Evo Morales y Rafael Correa, el electorado ha ido a las urnas en promedio una vez al año, votando en referéndums, asambleas constituyentes y elecciones generales.
En noviembre de 2013 la derecha apareció tomando la iniciativa en Honduras, gracias a la oligarquía y a los partidos conservadores respaldados por Estados Unidos que usaron represión y manipulación de la segunda vuelta para mantener el control de la Presidencia. En Venezuela se temía que la derecha pudiera ganar en las elecciones municipales del 8 de diciembre del pasado año. Después de la estrecha victoria de Nicolás Maduro por apenas 1,5% en las elecciones presidenciales de abril, la oposición se lanzó a la ofensiva, denunciando fraudes y desatando una guerra económica. Si la coalición de oposición hubiera ganado las elecciones municipales, o incluso si hubiera estado más cerca en la votación popular, se cernía la amenaza de demostraciones militantes para desestabilizar y derrocar al gobierno de Maduro. Esa ofensiva finalmente se desató el pasado 12 de febrero con extrema violencia. Ha causado numerosas víctimas y cuantiosas pérdidas materiales, pese a que el PSUV y los partidos aliados ganaron el 72% de las municipalidades y derrotaron a la oposición con el voto popular: 54% contra 44%.
Sin embargo, hay en Venezuela una guerra de clases focalizada en la economía, especialmente en aquellos que quieren controlar la renta que proporcionan los inmensos recursos petroleros que significan más del 95% de las exportaciones del país.

EL CASO DE CHILE
En el otro extremo del continente, una semana más tarde Michelle Bachelet obtuvo una resonante victoria en la carrera presidencial chilena, con 62% de la votación. Ella ha planteado un ambicioso programa de propuestas que subiría los impuestos a las empresas del 20 al 25%; que amplía fuertemente el acceso a la educación superior, mejora la salud pública y reforma la Constitución de 1980, impuesta por la dictadura de Pinochet.
Chile tiene la mayor desigualdad de ingresos dentro de la Organización para la Cooperación Económica y el Desarrollo (OCDE) entre 34 países. Bachelet ha prometido que dentro de los primeros cien días redactará la legislación que aumentará los impuestos en alrededor de un 3% del Producto Interno Bruto. En la noche de la elección Bachelet proclamó: “Chile se ha mirado a sí mismo, ha mirado su camino, su historia reciente, sus heridas, sus hazañas, sus proyectos inconclusos y luego, Chile ha decidido que es el tiempo de iniciar transformaciones profundas… No debe discutirse lo siguiente: el lucro no puede ser el motor de la educación porque la educación no es una mercancía y porque los sueños no son bienes de consumo”.
Si esas políticas se ponen en práctica, sacudirán el paradigma neoliberal que hasta ahora ha sido seguido por todos los gobiernos desde la dictadura de Pinochet, incluyendo el gobierno de Bachelet durante su primer periodo (2006-2010). Tal como muchos otros candidatos que hacen numerosas promesas antes de ser presidentes, después la realidad de dichos cambios puede ser bastante más opaca que las promesas. Pero el creciente movimiento estudiantil y la reactivación de los movimientos sociales en los últimos cuatro años ha sacado al movimiento popular a las calles, algo sin precedentes desde los tiempos de Pinochet. Militantes de Izquierda ya han dejado en claro que desafiarán a Bachelet desde el primer día de su gestión.
Las elecciones en Venezuela y Chile también son parte del escenario para enfrentar a la última iniciativa comercial respaldada por EE.UU.: la Asociación Transpacífico (TPP en inglés) que incluye una docena de países ribereños. Desde que Chávez llegó a ser presidente, Venezuela ha encabezado la oposición a los esfuerzos de EE.UU. para dominar el intercambio comercial en el hemisferio, que partió con el Area de Libre Comercio de las Américas (Alca) que George W. Bush lanzó en abril de 2001. El Alca sufrió una suerte mortal en la IV Cumbre de las Américas, en Argentina en 2005, bajo el liderazgo de Hugo Chávez, Inacio Lula da Silva y Néstor Kirchner, que defendieron la integración latinoamericana sin EE.UU.

EL CAMINO BOLIVARIANO
Con la victoria en las elecciones municipales como respaldo, Nicolás Maduro quedó en condiciones de jugar un rol central diez días más tarde en la segunda cumbre del Alba, la Alianza Bolivariana para Nuestra América, y Petrocaribe, un bloque de 18 países que reciben petróleo a precios preferenciales. El Alba, fundada en 2004 por Venezuela y Cuba, se basa en el principio de “comercio justo, no comercio libre”. Ahora incluye a Bolivia, Ecuador, Nicaragua y otras cinco naciones caribeñas. Todos esos países se reunieron con las naciones de Petrocaribe en un acuerdo comercial basado en petróleo a precio preferencial para impulsar un programa para crear “una zona especial de complementación económica” entre los países miembros para erradicar la pobreza. Maduro proclamó que la zona económica “es un plan especial… para continuar avanzando hacia la seguridad alimentaria y la soberanía de nuestros pueblos y para compartir inversiones, experiencias y acciones que promuevan el desarrollo (de la agricultura)”. El plan de acción para implementar la propuesta incluye la cooperación con la Organización de Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO). Un comité ejecutivo para coordinar el plan regional funciona en Ecuador.
Maduro presentó el documento para la creación de una zona económica complementaria en la reunión del Mercosur en Caracas, “para avanzar en la gran zona Mercosur, Petrocaribe, Alba”. En todos esos proyectos económicos y comerciales, Venezuela juega un rol neoeconómico. Es el principal productor de petróleo y está ubicado en el costado sur de la cuenca petrolera caribeña y en el extremo norte del continente sudamericano. Venezuela ya es miembro del Mercosur con Brasil, Argentina, Uruguay y Paraguay, mientras Chile, Bolivia, Colombia, Guyana, Ecuador, Perú y Surinam son miembros asociados. El presidente de Bolivia, Evo Morales, dijo en la conclusión de la cumbre Alba-Petrocaribe: “Nunca deberemos dejar de fortalecer nuestra integración, la integración de los países antimperialistas”.

CHILE ES LA INCOGNITA
Un asunto clave es el rol que Chile, bajo el gobierno de Bachelet, jugará en el creciente movimiento por una integración latinoamericana. Durante el gobierno de su multimillonario antecesor, Sebastián Piñera, Chile aceptó incorporarse a la Asociación Transpacífico, encabezada por EE.UU., y es miembro fundador de la Alianza del Pacífico, grupo de comercio e inversiones que incluye a Colombia, Perú y México. Estados Unidos tiene ahí el estatus de observador.
Michelle Bachelet ha dado señales de que no sería del interés de Chile pertenecer exclusivamente a uno de los grupos de comercio y que intentará evitar que se profundice la brecha entre el área Pacífico y el acuerdo Atlántico-Caribeño. En su programa señala: “Chile ha perdido presencia en la región, las relaciones con sus vecinos son problemáticas, una visión comercial se ha impuesto sobre nuestros vínculos latinoamericanos”. Ella está particularmente interesada en estrechar relaciones con Brasil, país en que se identifica con Dilma Rousseff, que también forjó su identidad política como una joven activista clandestina que estuvo en la cárcel y fue torturada bajo una dictadura represiva. Es destacable que en el año 2000, durante su anterior gobierno, Bachelet consiguió que se realizara una sesión de emergencia de Unasur para apoyar a Evo Morales ante un intento de “golpe cívico” de derecha que tenía directo apoyo material de la embajada de EE.UU.
Es imposible, por supuesto, predecir hacia dónde se inclinará Bachelet. El compromiso con la Alianza del Pacífico y el TPP (Acuerdo Estratégico Trans-Pacífico de Asociación Económica) podría erosionar su apoyo interno y los desafíos internacionales al neoliberalismo. Será crucial la fuerza de las movilizaciones internas que la presionen y los desafíos internacionales al neoliberalismo.
En Venezuela, Maduro enfrenta angustiantes problemas económicos mientras trata de poner bajo control a la inflación y al mercado negro, combatiendo serios problemas de corrupción dentro y fuera del gobierno. A su vez, la oposición ha lanzado una embestida para derrocarlo. La maniobra cuenta con apoyo norteamericano.

Roger Burbach (*)

(*) Director del Centro de Estudios de las Américas, Berkeley, California.


Estados Unidos y la confrontación en Venezuela

Los medios periodísticos en Estados Unidos están propagando casi en forma unánime la falsedad de que el gobierno del presidente Nicolás Maduro está usando la violencia contra la oposición, que el gobierno norteamericano no está tratando de promover un golpe y que Maduro está destruyendo la economía, al continuar la transición al socialismo comenzada por Hugo Chávez. Nada puede estar más alejado de la verdad.
Con solo una mirada a los medios habría que concluir que hay que ser ciego para creer que Estados Unidos no está respaldando a fondo a la oposición en sus esfuerzos para derrocar a Maduro. Este es el gobierno que declara que puede usar drones para matar a cualquiera que juzgue que puede ser un terrorista, sin necesidad de un debido proceso. Y como lo revelaron los documentos de Edward Snowden, Estados Unidos cree que tiene derecho a espiar y a intervenir en los asuntos internos de cualquier país, incluyendo sus aliados.
La situación económica de Venezuela recuerda la del gobierno de Salvador Allende y la Unidad Popular, de la que fui testigo desde 1970 a 1973. Richard Nixon ordenó a la CIA que hiciera “chillar la economía”. La desestabilización económica fue un factor determinante para el golpe militar.
La oposición en Venezuela está decidida también a destruir la economía, usando el mercado capitalista para producir especulación, inflación, escasez de mercancías y productos básicos, y fuga de capitales.
Lo que está ocurriendo en Venezuela es una batalla crítica en la lucha por la soberanía nacional y el socialismo del siglo XXI. En la quinta reunión anual del Foro Social Mundial, el 30 de enero de 2005, Hugo Chávez declaraba: “Es necesario superar al capitalismo... a través del socialismo, del verdadero socialismo con equidad y justicia”. Yo era parte de la rugiente multitud de quince mil personas en el estadio Gigantinho de Porto Alegre, que escuchó decir a Chávez: “Nosotros tenemos que reinventar el socialismo. No tiene que ser la clase de socialismo que vimos en la Unión Soviética y emergerá de nuevos sistemas basados en la cooperación y no en la competencia”.
Fue un llamado histórico para enfrentar la globalización capitalista de dominación, las mastodónticas corporaciones transnacionales que promueven la hiperespeculación, la concentración de la riqueza, la lucha permanente por los mercados y la destrucción del medioambiente

Roger Burbach

(Publicado en “Punto Final”, edición Nº 799, 7 de marzo, 2014)

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