Punto Final, Nº801 – Desde el 4 al 17 de abril de 2014.
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Quintana y su retroexcavadora

 

JAIME Quintana, presidente del PPD.

 

El gran “pecado” de Jaime Quintana ha quedado por escrito: “Nosotros no vamos a pasar una aplanadora, vamos a poner aquí una retroexcavadora, porque hay que destruir los cimientos anquilosados del modelo neoliberal de la dictadura”(1). Escandaloso. Una falta mortal. ¿Desde cuándo el presidente de un partido en el gobierno se atreve a formular semejante declaración de intenciones? Habría que revisar las hemerotecas de las últimas décadas, pero seguramente no se va a encontrar nada semejante. Por supuesto, en la calle, la enorme mayoría se expresa de forma similar a como lo ha hecho el presidente del PPD. Ya nadie soporta otros cuatro años de cosmética política para embellecer el “anquilosado modelo neoliberal”. Pero la elite permanece firme en su universo paralelo.
 Es lógico que la derecha salga en tropel en contra de esta declaración. Es su trabajo. Su identidad radica en defender el neoliberalismo, a ultranza y sin matices. Pero esta frase ha servido para revelar las contradicciones en el seno de la Nueva Mayoría. En ese campo existen dos posiciones: los que critican a Quintana por la “forma” de decir las cosas. Y los que le critican por el “fondo” de sus palabras.
A los primeros no les gustó la metáfora. La “retroexcavadora” no les aparece una expresión elegante. Huele a tierra, a trabajadores sucios, con casco y overol, bajo un sol abrasador, moviendo rocas y escombros. De fondo se escucha un ruido ensordecedor. Es la piedra y el concreto que se rompen. Es el sonido de la ruptura, de los quiebres, de las hendiduras a tajo abierto. Este sector quiere trasformaciones, pero las prefiere “limpias”, sin sudor y sin conflicto. Se trata de buenos deseos. Toda reforma estructural, para que sea estable y duradera, demanda acuerdos políticos y sociales. Pero ello no excluye momentos de crispación, de sinceridad, de quiebres conceptuales que permitan nuevos pactos jurídicos. Además, no todo consenso es válido por sí mismo. El consenso a costa de terceros o el consenso por chantaje no son resultados éticamente deseables(2). La resolución de un dilema político debe involucrar los intereses de todos los posibles afectados, y no sólo de los privilegiados y de los ya incluidos. Por eso, en un verdadero proceso de cambios, siempre habrá estruendo y alboroto, por el polvo y la tierra que levanta la llegada de los que antes estaban excluidos.
El segundo grupo de críticos son los que no quieren transformaciones estructurales, de ningún tipo. Como Andrés Velasco, que salió a decir “Retro (en retroexcavadora) significa hacia atrás. ¿Hacia allá quiere ir el senador Quintana?”. Por supuesto la modernidad siempre es neoliberal. Por algo Pinochet bautizó su plan de privatización y desregulación como “las siete modernizaciones”. El diputado Jorge Tarud declaró que “el PPD no usa retroexcavadoras”. Eso esta más que claro. Pero Tarud tampoco propone otra herramienta: ¿aceptaría un taladro? ¿O aunque sea una palita de plástico, de las que se usan para jugar en la arena? Llegados a ese punto, el locuaz diputado no nos ofrece alternativas.

¿EXISTE EN CHILE UN MODELO NEOLIBERAL?
El único argumento de fondo en contra de la frase de Jaime Quintana lo dio Gutenberg Martínez. Su tesis se resume en que “es una gran equivocación asegurar que en Chile existe un modelo neoliberal”. Para fundamentar su tesis Martínez cita un excelente trabajo de Ricardo Ffrench-Davis, en el que se hace ver que “en los años 90, se impulsaron importantes reformas a las reformas emprendidas en las décadas previas, con el objetivo explícito de introducir más pragmatismo en ellas. En particular, se incorporó una gran preocupación por disminuir la vulnerabilidad de la economía nacional frente a un entorno globalizado y de creciente volatilidad, junto con avanzar en políticas que favorezcan una mayor equidad en la distribución del ingreso y las oportunidades”(3).
El profesor Ffrench-Davis distingue cuatro etapas en la consolidación del modelo neoliberal en Chile: un primer momento desde 1975 a 1980, con la liberalización abrupta del mercado financiero, acompañada de privatizaciones salvajes y corruptas, y la demolición de los entes reguladores. En ese periodo sólo se salvó Codelco y el Banco del Estado, por interés geoestratégico de los militares. En 1982 se inicia una segunda etapa en el contexto de la debacle producida por la crisis de la deuda externa, que obligó a la dictadura a introducir importantes regulaciones al sistema financiero y pagar el millonario rescate a la banca privada. Una tercera etapa comienza en 1985, cuando se aprecia una fuerte recuperación, producto de las correcciones “keynesianas” introducidas en el bienio anterior, la que es recibida con euforia por los empresarios. Pero este sector no percibe que el 8% promedio de crecimiento que se dio entre 1988 y 1998 sólo se explica por la hondura del pozo en que se había caído entre 1982 y 1985. No admiten el papel jugado por Codelco como empresa pública, que aporta un tercio del presupuesto del Estado. Y nunca miden los efectos sociales de la salida de la crisis y las pérdidas irreparables para el patrimonio nacional que acarrearon las privatizaciones y desregulaciones. De allí que en la cuarta etapa, diseñada y administrada por la Concertación, se hayan introducido las “reformas a las reformas”, que han tendido a paliar daños y a estabilizar la institucionalidad reguladora. El ejemplo más típico de esta etapa son los programas de transferencia de renta, los comúnmente llamados “bonos” que subsidian la demanda.
La periodización de Ffrench-Davis es incuestionable. Si se quiere desmontar el modelo es necesario conocerlo bien, saber como se ha edificado, cuales han sido los reacomodos, ampliaciones y demoliciones parciales que ha tenido el edificio. Pero todas estas matizaciones no logran ocultar que se trata de cuatro “variantes” o “momentos” de una misma estructura.
El “modelo chileno” no tiene similitud a nivel internacional. Si hubiera que hablar del neoliberalismo en su estado más puro, sólo Chile sirve como ejemplo. Nuestro país no se asemeja en nada al modelo europeo, en cualquiera de sus variantes, que todavía ofrece fuerte protección laboral y garantiza derechos sociales básicos “de la cuna a la tumba”. Pero tampoco se asemeja al modelo desarrollista asiático, de Corea del Sur o de Singapur, donde la capacidad del Estado es fortísima a la hora de regular el sector financiero, orientar las prioridades de inversión, e identificar metas nacionales que subordinan las decisiones económicas privadas. Y tampoco se parece al modelo de Estados Unidos, que por más que les pese a los neoliberales chilenos, no se ha atrevido a privatizar su sistema de pensiones y otorga a la inversión pública un rol insustituible, principalmente por la importancia del complejo militar industrial, totalmente dependiente del dinero del Estado. Pero también por los enormes subsidios a la agricultura y a los sectores económicos estratégicos. La industria petrolera norteamericana recibe 4.000 millones de dólares anuales en dinero público. El “rescate” de la industria automotriz de Detroit, en 2009, sumó 80.000 millones de dólares. Estados Unidos predica liberalismo al mundo, pero en su casa siempre ha aplicado el proteccionismo más duro.

¿ES VIABLE EL MODELO?
Nadie discute que en los últimos veinticuatro años la Concertación y la derecha han “modulado” las políticas económicas de la dictadura. Pero ninguna reforma ha tocado sus elementos sustantivos. Y el primero que lo reconoce es el profesor Ffrench Davis. Valdría la pena que Gutemberg Martínez pudiera ver la interesante entrevista titulada “40 años de neoliberalismo en Chile”(4), en la que el economista sostiene que es urgente que la ciudadanía “reciba una señal clara de cambio ante la riqueza que genera el modelo”.
Otra evidencia del agotamiento no proviene precisamente de la calle, sino de la entraña misma del establishment. La revista inglesa The Economist, nada sospechosa de heterodoxia económica, critica en su última edición a la presidenta Bachelet por su decisión de institucionalizar el “bono marzo”: “los políticos chilenos consideran marzo como un buen mes para repartir dinero a los pobres. Alegra a la gente cuando más lo necesita y gana votos”, pero “entregar dinero a la gente no va a resolver los complejos problemas de la pobreza y la desigualdad”(5). Parece increíble que se haya llegado a tal extremo. Hasta la revista de cabecera de los liberales (astutos y prudentes) se da cuenta que si no se actúa a fondo, a la raíz, el momento que se avecina será explosivo y peligroso: “Bachelet llegó al poder con la promesa de abordar el problema de la desigualdad y las expectativas entre sus seguidores son altas. El día después de que el proyecto (del bono) se convirtiera en ley, miles de manifestantes marcharon por Santiago para exponer sus quejas con el estado actual de la sociedad chilena. Activistas de derechos de los homosexuales se unieron a los ecologistas, comunistas, los mineros del cobre, estudiantes, ateos, los grupos de derechos indígenas y los fumadores de marihuana, en una reunión en gran medida pacífica y muy diversa”. De allí que el semanario concluya que “Las batallas más importantes vendrán una vez que el mes más cruel de Chile haya terminado”.

Alvaro Ramis

Notas
(1) El Mercurio, 25 de marzo de 2014.
(2) Apel, Karl-Otto (1991): Teoría de la verdad y ética del discurso. Paidós, ICE - UAB, Barcelona. p. 191.
(3) Ffrench-Davis, Ricardo (2003) Chile, entre el neoliberalismo y el crecimiento con equidad, Antártica, Santiago, 5ª Edición.
(4) http://www.elmostrador.tv/programas/somos-lo-que-conversamos/40-anos-de-neoliberalismo-con-ricardo-ffrench-davis/
(5) http://www.economist.com/blogs/americasview/2014/03/handout-chile.

 

(Publicado en “Punto Final”, edición Nº 801, 4 de abril, 2014)

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