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Valparaíso y el arpa de Nerón 

Valparaíso, la Joya del Pacífico creada por piratas y especuladores, hoy es como una bisutería siniestrada: sólo conserva el brillo de las llamas que la convirtieron en recuerdo.
Mi primer reportaje en la Escuela de Periodismo fue sobre la desaparición de 21 mil millones de pesos del municipio porteño, administrado por el democratacristiano Hernán Pinto Miranda. Se utilizaron múltiples mecanismos, el más grave, el desvío de fondos destinados al Programa de Generación de Empleos. Se hablaba de fiestas con menores de edad, sobornos, viajes, e incluso de operaciones estéticas y zapatos de cuero de cocodrilo. Sin embargo, el pueblo parecía haberlo perdonado. Lo pude comprobar con mi profesora, que luego de lanzarme un “qué eres copuchenta, Karen”, inscribió un 5,5 en el libro de clases. Años más tarde, supe de una pasantía por España que recibió del popular guatón Pinto.
 “Los pobres no eligen dónde vivir”, fue la respuesta a una de las más desatinadas y absurdas preguntas de los reporteros-buitres que fustigaban a un damnificado porteño por vivir fuera del plano regulador de Valparaíso. Pero, ¿por qué esos cientos de familias, que sumaron ocho mil damnificados por haberlo perdido todo en el voraz incendio, pagaban contribuciones al municipio? Bien simple: porque una de las fórmulas más exitosas para ganar votos en la era Pinto, fue la entrega de terrenos inaccesibles y sin servicios sanitarios -en quebradas y altos de los cerros- a los sin casa más desamparados. Al paso del tiempo y en forma negligente, se les dotó de luz y agua potable, y esto con el fin de “regularizar” en el papel las caóticas e informales poblaciones de los cerros.
En 2007 me presenté en sociedad con una columna en El Mostrador dedicada a la fundación de Valparaíso, que nunca antes fue fundado, al convertirse en Patrimonio de la Humanidad, generando una vergonzosa separación entre la ciudad para turistas -en los cerros Alegre y Concepción-, y el verdadero Valparaíso, el ente precario que se comía gran parte de la ciudad. Negocios inmobiliarios en el borde costero para recibir a los cruceros y todo tipo de comercios asociados, además de potenciar el show pirotécnico de la noche de Año Nuevo, fueron las cartas de la autoridad para hacer honor al nombramiento de la Unesco. Para los cerros: un par de tarros de pintura y algún contenedor de basura para que los miles de perros vagos no la desparramaran por las calles.
Es evidente: Valparaíso, como el resto de esta copia pirata del edén, no tiene planificación urbana ni de ningún tipo. Todo está en manos del capital, que ha generado una terrible desigualdad que en las catástrofes, sea incendio, tsunami o terremoto, tiene la misma cara, porque son los mismos en Alto Hospicio, Duao o Chaitén. Los pobres no tienen cómo elegir en un sistema que coloca el dinero como condición para hacerlo posible.
Todo parece calzar. El incendio de Valparaíso se desata justo al día siguiente del fin de la temporada de cruceros. El fuego despeja la altura de los cerros, donde por tanto tiempo las inmobiliarias acariciaron el plan B. De hecho, Joaquín Godoy lo presentó como su proyecto estrella cuando comenzaba su carrera parlamentaria.
El puerto herido, paradojalmente, acoge al Congreso Nacional y a sus lobbystas, que jamás han representado al niño pobre que enferma por el aire que se cuela entre las fonolas de lo que pretenciosamente llaman casa, o al abuelo inválido que hace décadas no baja a la civilización porque no tiene cómo hacerlo en ese laberinto de barro y desperdicios.
En Chile falta mucho pero hay que comenzar por algo, y ese algo no se compra en el Jumbo. Para disfrutar la satisfacción de la filantropía narcisista que Kant explicó bien y que ritualiza la catástrofe hay una falsa conciencia teletonera que está tan arraigada en Chile. No hay Estado, y eso no lo tienen que entender los “pobres”, sino la sociedad en su conjunto si queremos ser solidarios y construir una nación en justicia e igualdad. Porque el verdadero sentido de solidaridad no nace al calor de las catástrofes, sino de la toma de conciencia para vencer la alienación.
En tanto no creamos excluyente pensar y donar para parchar la ausencia de políticas públicas, Nerón tocará el arpa mientras el fuego “purifica” a Valparaíso de la miseria. El incendio se aviva gracias a los basurales clandestinos que creó el descaro capitalista.

Karen Hermosilla

(Publicado en “Punto Final”, edición Nº 802, 18 de abril, 2014)

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