Punto Final, Nº802 – Desde el 18 de abril al 1 de mayo de 2014.
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Las catástrofes que de vez en cuando azotan el territorio, tienen la desgracia de golpear siempre a los mismos perdedores, y el mérito de desnudar las peores miserias de los mismos poderosos.
“Cuando haya sangre en las calles, compra propiedades”. La frase que la leyenda le adjudica al barón de Rothschild, poderoso que en el siglo XIX financiaba matanzas, es aplicable con toda precisión a los miserables que hasta en las desgracias más tremendas, buscan en sus almas negras al emprendedor que traen dentro. Y no trepidan en aprovecharse del dolor de hombres, mujeres y niños con tal de hacerse de más y más dinero. Finalmente, el enfermizo interés de los poderosos es un objeto, que el día del cataclismo final, no les va a servir de nada.
Desde los canales de televisión, que son capaces de todo por un televidente más y explotan las más bajas especulaciones, hasta el empresario que sube los pasajes de avión y buses, llegando al almacenero con alma de emprendedor que sube el pan y el agua a niveles en que ameritaría fueran pasados por las armas por inmorales, para llegar al senador que posa con cara de ocasión entre los escombros.
Pero quizás sea la existencia de una casta de políticos la peor de las desgracias que pudo caer sobre esta larga y angosta faja de desigualdades.
Pocos terremotos, tsunamis o inundaciones han hecho tanto daño como el sistema de políticos que se hicieron del poder para instalar una cultura que, en costos, debe superar con creces lo que han significados las más grandes tragedias. No sólo han regalado las mayores riquezas naturales del zamarreado país a intereses extranjeros; han secado las tierras, contaminado las napas, canales, ríos y mares; han defraudado a legiones de deudores y sometido por deuda y marginación a millones de seres humanos. También se han enriquecido ellos mismos a costa de empobrecer a todo el resto.
Hoy, esa calaña muestra su descontento. Enfrentados a revisar las escandalosas dietas que les financian, en palabras de uno de esos sinvergüenzas, sus hijos, sus esposas y sus ex esposas, han montado en una cólera que por momentos les ha descuadernado sus trajes elegantes, por cierto, muy caros. Dos diputados advenedizos proponen rebajar las dietas parlamentarias a niveles algo menos ofensivos. Que ya no sea cuarenta veces superior al sueldo mínimo sino sólo sea veinte veces, ha generado una respuesta de tal envergadura que han quedado en evidencia como lo que son: sujetos que buscan en la función pública el medio más rápido, eficaz e impune de enriquecerse.
Nada los diferencia en empeño y propósitos de los especuladores negociantes que lucran con las víctimas del terremoto de Tarapacá, Arica y Antofagasta.
Es notable el parecido de la mala calidad de las casas derruidas en el norte, producto del movimiento sísmico, con la mala calidad de los políticos que quedan desnudos en sus fines y valores, no más se les mueve el piso de sus dietas fastuosas.
Los estudiantes impusieron en la bucólica agenda política, por la fuerza avasalladora de sus movilizaciones, temas que estaban vedados, que no correspondían en un país capaz de mostrar un sistema político que actúa desde hace tanto con plena concordancia, sin mayores traumas y en completa paz. El remezón fue de tal envergadura, que logró poner sobre la mesa temas que hace diez años eran una quimera propia de niños superestimulados por Internet. Sin embargo, ese primer impulso logró un desasosiego tal entre los poderosos, que hoy se arrinconan para intentar desenredar el entuerto.
La propuesta de Boric y Jackson tiene ese mérito. Seguramente va a ser rechazada -o eternamente tramitada- por tantos personeros con hijos, esposas, ex esposas y, vaya a saber uno, una que otra amante.
Pero va a poner de relieve una de las peores vergüenzas del sistema: el abuso de quienes se suponen pendientes del interés público, y que sin embargo son capaces de subirse en millones de pesos sus sueldos.
Vuelve a la palestra lo sabido. Que el lucro no sólo habita en las escuelas y universidades sino que se cultiva con esmero entre quienes hasta hace poco se juraban enemigos precisamente de este sistema corrupto. La danza de millones entre los políticos se ha naturalizado, al extremo de que sus cultores y beneficiados ya no le ven dolo, ni les da vergüenza: para ellos es un derecho, incluso, que está por debajo de lo que les corresponde.
Las catástrofes cíclicas que vivimos podrían tener efectos higiénicos y que alguna vez no sean los mismos de siempre los que pierdan, ni sean los mismos de siempre los eternos ganadores.
Un nuevo país deberá borrar del escenario a sujetos como los que han abusado tanto por tanto tiempo. Ningún nuevo ciclo será posible con estos sujetos, turbios ganadores, rábulas, gamberros y golfos que deberían estar purgando sus malabares en alguna cárcel pero que, de puro enfermo que está este país, salen en la TV, y mucha gente besa sus manos.

Ricardo Candia Cares

 

(Publicado en “Punto Final”, edición Nº 802, 18 de abril, 2014)

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