Punto Final, Nº802 – Desde el 18 de abril al 1 de mayo de 2014.
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A las 21 horas en punto del domingo 13 de abril, Chilevisión comenzaba su pomposo noticiario central con impactantes imágenes de un equipo de prensa arrancando de un violento brote de fuego, con Iván Núñez viviendo la tensa experiencia de captar in situ, por un par de minutos, el drama de los incendios en el entrañable y devastado Cerro Ramaditas de Valparaíso. Quince muertos, dos mil quinientas casas destruidas y ocho mil damnificados sufriendo en carne propia una de las peores catástrofes recordadas en los últimos años, lo importante para el canal era un “rostro” haciendo periodismo vivencial.
Ridículo, absurdo, innecesario. Como los escabrosos titulares disputando originalidad con frases desafortunadas como “Tsunami de fuego” o “Terremoto de fuego”, demostrando la más completa falta de conciencia social en que han caído los medios informativos, sumándose a una ola de sensacionalismo enfermo y peligroso donde el drama vende.
Semanas antes, en pleno terremoto del extremo norte, los canales de televisión sumaron a la lista de infortunios varias secuencias para subrayar. Periodistas arrancando en vivo con las réplicas del terremoto en Iquique y Arica, rostros de matinales retratando el drama sin encabezar ninguna campaña efectiva que fuera en ayuda de los que estaban viviéndolo en terreno o simplemente, con apariciones de comediantes haciendo detestables bromas con eventuales emergencias, justo en medio de una comunidad en vela, sitiada por el miedo, aletargada de tensión y desamparo.
No es bueno generalizar. En ambas emergencias nacionales hubo un par de esfuerzos rescatables. Sería injusto no sañalar el esfuerzo del departamento de noticias de Mega, que durante las dos noches en que se desataron las tragedias estuvieron, con precariedad de recursos, informando con un equipo en vivo -loable esfuerzo nocturno de Marcelo González en el Tierra de Campeones, de Iquique, o Catalina Edwards, en el plano cívico de Valparaíso-, entregando noticias, propiciando el encuentro de familiares extraviados, retratando desde el punto mismo de emergencia las carencias y necesidades de gente que pese al entrenamiento sostenido ante estos dramas, vio en ellos -y en el limitado pero serio despliegue de CNN Chile- a verdaderos aliados para ir generando soluciones inmediatas, efectivas y plausibles.
Hay un problema mayor. Uno definitivamente mayor. Porque es claro que las crisis son cíclicas y las tragedias suelen ser normales en nuestra sufrida extensión de territorio. Por ello, es necesario aprender. Tal como se le exige a las autoridades, los medios de comunicación -sobre todo audiovisuales- necesitan planes de emergencia para salir a la calle con un patrón claro de acción que atienda el componente que se ensalza como “la pata coja” de la mesa ante cada evento lamentable: el de la ayuda.
Como en tantas otras ocasiones, fueron las redes sociales, con una instantaneidad abismante, quienes dieron la nota alta, generando cadenas de ayuda, detectando necesidades y organizando lo que por penetración social estaba destinado per se a la tele. Ya no. Los informativos en terreno, con profesionales muchas veces más preocupados de protagonizar la noticia que de generarla, han caído en una dinámica errónea que deja como legado el no aprender de las catástrofes. Allí, entonces, se ahonda la falta de cultura-país para afrontar mejor sucesos que son tan tradicionales como nefastos en la vida nacional.
Porque en lo preciso, en el Norte Grande hay tanta cultura sísmica como desorganización e ignorancia desde el poder central para ir en ayuda efectiva e inmediata. Y en eso, los medios televisivos capitalinos aún no aprenden la lección. Peor aún, los constantes y ya tradicionales incendios en los alrededores de Valparaíso deberían tener, hace muchos años, un plan que permita prever y amortiguar el drama. Construcciones en sectores vulnerables, mala planificación urbana y absoluto descuido de las explanadas de los cerros deberían estar asumidas, cuestionadas y combatidas desde los escritorios de quienes, hasta hace un par de décadas, tenían la potestad de mejorar la realidad de la gente más pobre con contenidos directos, ilustrativos y con un amplio carácter social.
No basta con un experto transformado en celebridad de terremotos, instalado en el set cada vez que se manifiestan las capas tectónicas. No sirve anticipar la devastación si no se generan redes de colaboración que permitan al televidente asumir proactividad solidaria. Si quieren vender páginas rojas o amarillas, vuelvan al reality, al cahuín y la chimuchina.
La desgracia de nuestra gente no puede ser el costo que se pague para entender la crisis de la televisión chilena. Del ensayo permanente se desprende el error y se enmienda. Ya van muchas calamidades como para que los informativos entiendan de una vez por todas que, con o sin ellos viviendo las emergencias, el drama se desata igual. Es mejor aportar. Educar y crecer en comunión. Estamos en el momento justo para enmendar el camino…

RICARDO PINTO

(Publicado en “Punto Final”, edición Nº 802, 18 de abril, 2014)

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