Punto Final, Nº803 – Desde el 2 al 15 de mayo de 2014.
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Nuevamente los Fondos de Cultura del Consejo Nacional de la Cultura llaman a concurso para la adquisición de libros. Procedimiento que año a año se ha ido desvirtuando debido a las deficientes labores de selección de los textos. Lo acontecido el año 2013 sobrepasó la paciencia de muchas editoriales independientes -que son la mayoría-, y de un sinnúmero de escritores que presentaron ilusionados sus libros autoeditados con esfuerzo. Los resultados de dicho trabajo causaron estupor en los concursantes y el público en general, por la mediocridad de la labor selectiva, en donde se privilegiaron los libros de autoayuda, los textos gastronómicos y novelas del ámbito de los best sellers, como es el caso de Isabel Allende, que no requiere que el Estado invierta dineros en su obra, en circunstancia que la editorial transnacional que la patrocina vende millones de ejemplares a través del mundo. Pero lo que más causó desengaño y un resto de vergüenza ajena, consistió en la compra de las dos biografías de Felipe Camiroaga, con el fin de distribuirlas en las bibliotecas de todo el país. Esta falta de rigurosidad y carencia de sentido estético y cultural de las personas llamadas a realizar esta labor, es cada día más preocupante.
El mal funcionamiento de este departamento ministerial proviene de las personas asignadas para seleccionar a los jurados en estos concursos. Además del amiguismo (se repiten indefinidamente los mismos personajes), el muñequeo intelectual de determinadas universidades por ofrecer sus representantes, lo poco idóneos de muchos de ellos, que desconocen lo que se está publicando en el momento y la incapacidad para interpretar con propiedad los cientos de ejemplares de diferente índole que concursan cada año, produce esta pobreza artística en la selección de los libros.
Hace varios años me correspondió ser jurado para la adquisición de libros. La experiencia no fue de las mejores, por la simple circunstancia de que mis dos compañeros de trabajo no eran los más capacitados para este tipo de tarea. Lo constituían una señora bibliotecaria de una comuna de Santiago, y un catedrático de bastante edad de una importante universidad de provincia. El aporte de la bibliotecaria se reducía al conocimiento de la literatura infantil, puesto que ignoraba la creación del resto de los literatos en competencia. El profesor, experto en el siglo de oro español y la obra de Cervantes, con varios textos publicados sobre el tema, me confidenció que desconocía la literatura chilena de las últimas décadas, puesto que sus conocimientos alcanzaban hasta la generación del 50. Ante esta situación, me consagré a seleccionar a mi antojo la mayoría de las obras, brindándole especial preferencia a poetas y narradores jóvenes de provincia y a escritores de Santiago autoeditados o editados por editoriales independientes de poco presupuesto. En esa oportunidad insistí en eliminar los best sellers y libros de autoayuda, privilegiando la calidad por sobre la entretención.
Después de esa experiencia, no se me volvió a llamar como jurado para ese tipo de eventos. En los años posteriores pude comprobar cómo se volvía a cometer el mismo error al comprar libros de dudosa calidad. Esta práctica inaceptable fue denunciada por el poeta y columnista periodístico Leonardo Sanhueza en un diario capitalino hace unas cuantas semanas, produciendo un leve alboroto, silenciado por el resto de los medios. He podido comprobar, con sorpresa, que obras galardonadas con el Premio Municipal de Literatura -como sucedió en mi caso en 2010- fueran rechazadas para la adquisición de libros por razones desconocidas. Lo más probable es que ese libro no viniera bajo el alero de las grandes editoriales instaladas en el país, que parecieran ser las preferencias de los Fondos de Cultura y de la prensa.
Pero lo que resulta realmente contradictorio es que la mayoría de los libros de carácter literario -poesía, cuento, novela, ensayo- son editados por sellos independientes. Pequeñas empresas que sufren por la distribución, la nula exhibición de sus obras en librerías, la discriminación de ciertos críticos literarios que les dedican -muy de tarde en tarde- reseñas insubstanciales en alguna página oculta de un periódico o revista. Si pensamos en los ingentes aportes en dinero que el Consejo asigna al Fondo de la Lectura con tan magros resultados, es para mirar con escepticismo la real labor de difusión de dicho organismo. Es sabido que al periodismo actual no le interesa lo que se está escribiendo en el país. Es un arte de poca visibilidad. Más efectivo es destinar esos espacios para comentar las teleseries que copan los canales de televisión abierta, los absurdos reality shows, los programas humorísticos que compiten por quién es más coprolálico, o escuchar a los opinólogos descerebrados que invaden la pantalla.
En estos momentos de incertezas y cambios en el sistema cultural, esperamos que la nueva ministra de Cultura, Claudia Barattini, enmiende estas falencias endémicas de su cartera. Pero conociendo su formación teatral -como la mayoría de los personajes que han dirigido este Ministerio- suponemos que sus esfuerzos se centrarán en impulsar el teatro nacional, en desmedro del resto de las artes. Los aportes al teatro y al cine se han llevado año tras año gran parte del presupuesto disponible. Los escritores, como siempre, seguirán recibiendo las migajas que sobran en este eterno ruedo de chaqueteo, influencias y desvergüenza

Ramiro Rivas

 

(Publicado en “Punto Final”, edición Nº 803, 2 de mayo, 2014)

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