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Gabriel García Márquez, el periodista militante

 

 

EL Premio Nobel y el director de PF en La Habana (2003).


La imaginación más descomunal y exuberante de América Latina se apagó la tarde del 17 de abril en Ciudad de México. A los 87 años de una vida plena -como su literatura y periodismo-, Gabriel García Márquez cruzó el umbral de la eternidad. Punto Final quiere sumarse a los homenajes que a su memoria vienen realizándose en todo el mundo. No solo compartimos la admiración por su obra, que sin duda enriqueció el acervo cultural de la Humanidad. También fuimos camaradas de la fraternidad universal del periodismo militante.
García Márquez, como se sabe, consideraba al periodismo como “el mejor oficio del mundo” y opinaba que el periodismo escrito es “un género literario” más (1). El suyo no era un periodismo ramplón al servicio de los poderosos. En el plano político, aunque no militó en partidos, más de alguna vez confirmó que el mundo que quería era un mundo socialista y que tarde o temprano el mundo lo sería. Eso basta para sentirnos hermanos de García Márquez. Pero hay mucho más.
García Márquez no solo fue amigo de Fidel Castro y defensor leal de la Revolución Cubana. También se jugó por la solidaridad con los pueblos en lucha contra el imperio -como Vietnam- y con los que sufrían crueles tiranías -como Chile-. Así lo conocí en la reunión de la Comisión Internacional Investigadora de los Crímenes de la Junta Militar Chilena, celebrada en Ciudad de México en febrero de 1975. Con Julio Cortázar, Roberto Matta y otros intelectuales y artistas de todo el mundo, García Márquez participaba en esa Comisión. Algunos chilenos -que veníamos de los campos de prisioneros- fuimos escuchados en esa ocasión. Allí se inició una amistad que se confunde -como se verá- con la historia de Punto Final.
Sacando las cuentas fueron solo seis encuentros. La segunda vez fue en La Habana, en el departamento de Alamar donde vivíamos exiliados con mi familia. García Márquez fue a visitarnos con su hijo cineasta, Rodrigo. Tomamos once a la chilena y conversamos temas diversos. El había apoyado al gobierno de Salvador Allende aunque pensaba que la estrategia de la Unidad Popular conducía al abismo golpista. En una entrevista de 1971 hizo pública esa opinión. El año de nuestro encuentro en La Habana fue el de la publicación de su libro El otoño del patriarca. Luego vino su anuncio de que no volvería a publicar otra obra hasta que cayera Pinochet. A ese punto llegaba su solidaridad y afecto por el pueblo chileno. Afortunadamente, se dio cuenta que silenciar su talento sólo beneficiaba a la tiranía. Así, en 1981, apareció su Crónica de una muerte anunciada.
No volví a verlo hasta 1989, finalizada mi vida clandestina en Chile. Esta vez el encuentro -desde 1982 García Márquez ya era Premio Nobel de Literatura- fue en Caracas. El, como Fidel Castro y otras personalidades, estaba invitado a las ceremonias con que Carlos Andrés Pérez asumió por segunda vez la Presidencia de Venezuela el 2 de febrero de 1989. Nadie imaginaba que a fines del mismo mes, apagadas las luces de las fastuosas celebraciones, vendría el “caracazo”. Una erupción del volcán social que costó centenares -y quizás miles- de vidas de venezolanos pobres. El pueblo protestaba en las calles de Caracas y ciudades vecinas contra las medidas económicas adoptadas por el presidente socialdemócrata, pautado por el Fondo Monetario Internacional. La masacre cometida por el ejército por órdenes de Pérez, sin embargo, no tardó en confirmar la interpretación del realismo mágico, sin el cual no se entiende el devenir de América Latina. El repugnante “caracazo” provocó rechazo al interior del ejército y aceleró el movimiento bolivariano clandestino que encabezaba el teniente coronel Hugo Chávez, que insurgió tres años después.
En Caracas busqué a García Márquez en el hotel Tamanaco -donde alguna vez se hospedó Salvador Allende en los años 60-. En cuanto lo saludé fui directo al tema que me preocupaba. Le pedí que me ayudara a conseguir dinero para reiniciar la publicación de Punto Final. Mi amigo René Valenzuela Bejas, compañero del MIR, me había convencido que Punto Final debía reaparecer. No recuerdo detalles de la conversación con García Márquez. De su apoyo dependía reflotar esta revista después de una clausura de 17 años. Necesitábamos un capital inicial para que PF circulara por lo menos un año hasta abrirse paso en medio de la sumisa “cultura” neoliberal impuesta por la dictadura. García Márquez conocía bien los problemas del periodismo independiente. En 1960 publicó en Colombia la revista Acción Liberal que solo duró tres números. Entre 1974 y 1980 sostuvo la revista Alternativa, que también murió por falta de publicidad, castigo que la empresa privada y los gobiernos -como ocurre en Chile- aplican a los medios que osan levantar una línea antiimperialista. La revista de García Márquez daba tribuna a reportajes y editoriales en favor de Vietnam y Cuba, y apoyaba la independencia de Puerto Rico.
Como resultado de esa conversación en Caracas, García Márquez asumió el compromiso de reunir el dinero que se precisaba para resucitar Punto Final. Y cumplió su palabra. A mediados de 1989 me citó a su casa en Ciudad de México, Pedregal 144, en la Colonia San Angel. Hasta ahí me llevaron Hernán Uribe y su esposa, María Teresa Rambaldi, compañeros de Punto Final que vivían exiliados en México. Con la sola presencia de Mercedes, su mujer, García Márquez me entregó el dinero y prometió un segundo aporte que se hizo realidad unos meses después. En aquella oportunidad conocí el estudio en que trabajaba el Nobel de Literatura y la seriedad de su método. Por supuesto, la materia prima era su colosal imaginación y un profundo dominio del lenguaje. Pero la naturaleza y la cultura se apoyaban en documentación histórica, en hechos y datos comprobados, tal como enseña y manda el periodismo. Libros, mapas, memoriales, etc., le permitieron escribir El general en su laberinto que vio la luz ese año, una obra que explora los más recónditos pensamientos de Simón Bolívar, sin faltar una coma a la realidad.
En 1990, cuando García Márquez asistió en Chile a la toma de posesión del presidente Patricio Aylwin, lo visité en su hotel, en los faldeos del cerro San Cristóbal. Le llevé algunos números de Punto Final que gracias a su apoyo había reaparecido en agosto de 1989, con Pinochet todavía en La Moneda. Un tinterillo de nombre Ambrosio Rodríguez, a quien el dictador había ungido “Procurador General de la República” -cargo que ya no existe- intentó cerrarnos el paso. Acudió a los tribunales acusando a PF de extremista, izquierdista, partidaria de la lucha de clases, etc. En concreto, pedía que nos impidieran circular. Pero la maniobra no prosperó: ya la dictadura olía a cadáver insepulto.
El próximo -y último- encuentro con García Márquez fue en La Habana en enero de 2003. Esta vez en casa de su amigo, el empresario chileno Max Marambio, que organizó un almuerzo para festejar al escritor. Había invitados chilenos, cubanos y mexicanos. Hacía poco había aparecido el primer tomo de sus memorias, Vivir para contarlo. La oportunidad no era muy propicia para conversar. La fama no admite la intimidad. Le mostré ejemplares de Punto Final y le agradó ver que estábamos usando la cuatricromía -fotos en colores- que nos había aconsejado cuando estuvo en Chile. Le insinué una entrevista, pero hizo un pase torero porque, dijo, quería guardar municiones para sus memorias. Sin embargo, fue idea suya que Max Marambio y su hermano Marcel -con una cámara digital- tomaran las fotos que ilustran esta página.
Fue la última vez que lo vi.
En homenaje a su memoria -la de un periodista militante y excepcional literato- publicamos el discurso que pronunciara en la Academia de Letras de Suecia al recibir el Premio Nobel. Es un relato magistral de la historia de nuestro continente que sigue luchando por su libertad, su unidad y la justicia social.

MANUEL CABIESES DONOSO

(1) Discurso ante la 52ª. Asamblea de la Sociedad Interamericana de Prensa (SIP), Los Angeles, EE.UU., 7 de octubre de 1996.

(Editorial de “Punto Final”, edición Nº 803, 2 de mayo, 2014)

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