Punto Final, Nº803 – Desde el 2 al 15 de mayo de 2014.
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Todo lo demás fue silencio

 

Con la pasión del convencido irreductible, el intendente de La Araucanía, Francisco Huenchumilla, proclama urbi et orbe, que el Estado debe pedir perdón al pueblo mapuche. Sólo el silencio sobreviniente le ganó en elocuencia.
Y esas palabras de la autoridad, nacidas en el trémulo momento de alcanzar otra nominación en el statu quo que ya parece eterno, se quedaron como testigos de lo que es por demás sabido: los mapuches son visibles para las miras telescópicas de los francotiradores, los lentes prodigiosos de los drones y las leyes que buscan extinguirlos. Y, claro está, para los empecinados fiscales, policías y políticos cazamapuches que en sus delirios se sueñan entre las huestes de Cornelio Saavedra o de Gregorio Urrutia, en aquellos heroicos tiempos de la invasión sin ley y con fusiles de 1881.
Huenchumilla habrá recibido las reconvenciones de sus jefes en Santiago, la orden de reprimir sus ímpetus liberales y controlar los escozores de su estirpe champurria. Las razones de Estado y su fidelidad al programa, cuya letra sagrada es la única luz que ilumina, le habrán conminado a guardar militante silencio.
La respuesta a la imprecación subida por el chorro de la autoridad regional fue la suma de todos los silencios que ha habido desde que esas tierras castigadas por la invasión del Estado fueron testigo de la suerte de los derrotados, cuyos sobrevivientes deambularon víctimas de una guerra de ocupación de la que nunca se sabrá la cantidad de muertos, de maltratados, de mutilados y desaparecidos. Y que dejó tierras feraces y abundantes para los emprendedores de todos los tiempos.
En esas mismas tierras, en lo poco que quedó, se vive aún esa ocupación. De otra manera, con celulares y botas de goma, pero con el mismo terror que mantiene una línea directa con el que desplegaron los cañones Krupp y los fusiles Comblain, nuevecitos de paquete, que retumbaron en esos campos de matanza.
Desde entonces hasta ahora, la historia contada por los vencedores muestra un telón pintado con leyendas inexistentes, que han tenido la virtud de ocultar el sufrimiento que sí existe, y de trastocar la realidad que no se parece a lo que se cuenta como historias y leyendas en las escuelas.
Por eso es extraño que después de las matanzas, la persecución de las autoridades del Estado, de sus instituciones religiosas y culturales, luego de haber quedado muchos sobrevivientes mendigando comida en los cuarteles de sus vencedores, 135 años después, quienes debían haber desaparecido o a lo menos haber sido extinguidos en el mestizaje, aún den pelea.
Hoy, adentrados en el siglo XXI y sus prodigios, el pueblo mapuche que resiste vive aún los rescoldos de lo que quedó después del último combate en el siglo XIX. Por esas tierras nunca ha pasado algo distinto a lo que hoy reprime. Ni democracia, ni desarrollo, ni reconstrucción, ni transición. La diferencia de antes y ahora, es la táctica de la tropa. Hoy se vive una ocupación militar por cielo y tierra, que vigila, amenaza, acosa y mata y el mundo sigue andando.
De vez en cuando se producen jornadas que recuerdan las técnicas de las aldeas arrasadas de Vietnam o El Salvador. Y luego, los medios de comunicación hacen lo suyo presentando a los prisioneros de guerra, muchos de ellos niños aún, como fieras salvajes a los que hay que disciplinar por medio de leyes aberrantes.
Y para aparecer haciendo lo correcto, muchos sujetos al servicio de la codicia dicen palabras que intentan concebir razones para el genocidio. Y será la incontinencia de la vejez, o la honestidad que precede a la muerte, el caso es que un ultraderechista historiador pone las palabras en su lugar y dispara: la guerra contra el mapuche fue por sus tierras. Y sigue siendo, debía agregar.
En el territorio mapuche nunca ha habido otra cosa que desprecio, humillación y genocidio. Desde que por el norte aparecieron los primeros tercios de España, la cultura del indiano no ha sido sino la de la sobrevivencia en condiciones de la ocupación de sus tierras, el desprecio del chileno, malquerencia de las instituciones y la pobreza a la que lo sometieron como un manera de extinguirlo por hambre y muerte.
Ya vemos. Con un solo gesto administrativo, la presidenta que pregona sus arrepentimientos y falencias de antaño, podría sacar de esos campos a las tropas de ocupación. Pero esa opción no está en el mítico Programa de Gobierno, que lo hará todo para no hacer nada.
Es la maldición del indio invisible. El mapuche, desde el punto de vista de todos los poderosos, no amerita ni siquiera una carita compungida, ni una risita leve y comprensiva. Nada. El silencio que trajo consigo la ampulosa declaración de la autoridad regional, sólo ha sido interrumpido por el ensordecedor y aterrorizante vuelo de los helicópteros.

Ricardo Candia Cares

(Publicado en “Punto Final”, edición Nº 803, 2 de mayo, 2014)

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