Punto Final, Nº804 – Desde el 16 al 29 de mayo de 2014.
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El 8 de mayo dio inicio a una serie de marchas que deberán demostrar fehacientemente que los estudiantes conforman una enorme fuerza. Restaría especular para qué y cómo se podría utilizar, cómo hacer para superar los desfiles como única forma de movilizarse.
Los estudiantes han puesto sus dedos en la llaga del sistema: no es posible que haya cambios de verdad si no se cambia la Constitución. Todo el resto es una faramalla, ignorancia o manipulación. En el último caso descuella y rutila la egolatría del tramposo ministro Nicolás Eyzaguirre. ¿Pero, qué queda de esas marchas una vez despejado el humo de las lacrimógenas, vueltos los estudiantes a sus establecimientos y gran parte de los encapuchados a sus cuarteles?
No mucho. Desde el punto de vista de las exigencias y reclamos que originan esos desfiles, no es posible observar soluciones o compromisos. Que se expresen en las calles centenares de miles de airados aunque alegres estudiantes, no es tema que les vaya a quitar el sueño, ni mellar partes de sus dietas. Jamás se ha sabido de algún honorable que, al ver a centenares de miles de manifestantes en las calles haya dicho: esto hay que cambiarlo. Lo que si se ven y se oyen son el cúmulo de promesas y chamullos que dicen no más se les acercan los micrófonos a los belfos.
Movilizarse no es un sinónimo de marchar o desfilar. Movilización no es sinónimo de agitación. Movilización es un estado de ánimo que manifiestan millones de personas cuando son seducidas por una idea que coincide con sus broncas, necesidades y reclamos. Un proceso de movilización es un estado de seducción de la gente.
Si se asume que, en efecto, el sistema no va a cambiar nada en el sentido que lo exigen los estudiantes y uno que otro trabajador en las calles, entonces qué sentido tiene marchar una y otra vez, así sea que en esos desfiles de gloria se reúnan millones de personas.
Ya está dicho y comprobado: el sistema no se suicida, no rinde porque sí no más la oreja. Sabe que entregar la educación, en su lógica, es sacar el dedo del hoyito del dique para que caiga el resto: previsión, salud, agua, cobre, etc.
La energía maravillosa desplegada por los estudiantes debe transformarse para que no se disipe sin pena ni gloria. Los estudiantes deben convencerse que de seguir luchando desde afuera, no va a pasar nada. Al sistema le basta con modernizar sus Fuerzas Especiales, perfeccionar sus espías e infiltrados y dotarse de más drones para mantener las cosas en un límite razonable. Y sabe también que de ponerse muy bravo el asunto, tiene sus F 16, sus tanques Leopards, y mucha artillería e infantería.
Llega el tiempo en que los estudiantes se decidan a encabezar un proceso de lucha política que vaya a buscar a sus propios nidos a los responsables del estado en que están los más despreciados del sistema, y los expulsen para siempre. Los estudiantes tienen tal legitimidad, que si desde ahora decidieran disputarle sus distritos, circunscripciones y presidencias, con la misma pachorra con la que salen a las calles, algo comenzaría a oler muy mal en los palacios y oficinas.
Los estudiantes tiene la bravura, la inteligencia, la preparación, la mística y por sobre todo, la fuerza para definir una nueva forma de movilización basada en la consigna: lo que queremos, lo haremos nosotros mismos. Y desde este minuto comenzar a planificar la energía creadora de los estudiantes y quienes quieran acompañarlos, disponiéndose a ganar toda elección que venga. No hay distrito en que no haya un colegio, un liceo, una organización de la gente, o una universidad. Y que un día, el despertar de la gente castigada sea con la increíble noticia que vamos a darles donde de verdad les duele: donde recrean su poder.
Y ahora sí que van a tener que andar con mucho cuidado esos que han hecho de la manipulación y la soberbia la manera de tratar a la gente. Desde ese momento, deberán comenzar a temer.

Ricardo Candia Cares


(Publicado en “Punto Final”, edición Nº 804, 16 de mayo, 2014)

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