Punto Final, Nº808 – Desde el 11 al 24 de julio de 2014.
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El Estrecho de Magallanes, que une los océanos Pacífico y Atlántico en la zona más austral de nuestro país, ha sido desde tiempos inmemoriales materia de relatos y ficciones, siendo una de las crónicas más famosas “La relación sobre el primer viaje alrededor del mundo” del veneciano Antonio de Pigafetta, uno de los escasos dieciocho sobrevivientes de la expedición de Hernando de Magallanes que permitió descubrir, en 1520, el estrecho que lleva su nombre.
Nuestro Francisco Coloane también ambientó algunas de sus historias en las soledades que rodean el Cabo de Hornos o en el estrecho que mira hacia la ciudad de Punta Arenas, famoso por sus vientos bramadores que en el pasado hacían estragos en las viejas embarcaciones a vela. Una de esas historias hablaba del naufragio de una nave cargada de pianos, que por las noches emitían sus sonidos armónicos, como si estuvieran siendo ejecutados desde las profundidades por desconocidos habitantes submarinos.
Las anteriores, y otras historias más, son mencionadas en el reciente libro de Oscar Barrientos Bradasic: El barco de los esqueletos (Editorial Pehuén, 2014). Relato con ritmo de ensayo que recrea la fantástica historia del clíper Marlborough, de quien se dice que después de zarpar en Nueva Zelanda, sufrió más tarde los efectos de los vientos magallánicos y permaneció navegando a la deriva durante veintitrés años, hasta que fue encontrado por los tripulantes del bajel británico Johnson.
Una historia que desde luego parece imposible, pero que Oscar Barrientos rodea de datos obtenidos de viejas bitácoras y diarios de vida, que le dan sustento y verisimilitud. Sin ir más lejos, la misma bitácora de la nave británica, donde su capitán escribe: “Pisando con cautela, con grietas y partiduras en los lugares donde caminaban, encontraron tres esqueletos en la escotilla. En los comedores estaban los restos de diez cuerpos, y uno solo, posiblemente el capitán, fue encontrado en el puesto de mando. Había una quietud extraña alrededor, y un olor húmedo a moho que ponía la carne de gallina”. El apunte termina señalando que los marineros del Johnson abandonaron rápidamente el barco fantasma y lo vieron seguir su navegación por las aguas del Estrecho de Magallanes. Más tarde, la prensa aventuró sus hipótesis sobre lo sucedido al clíper. Unos dijeron que la tripulación del Marlborough había muerto envenenada al comer una extraña clase de hongos; otros dijeron que la nave había sido atrapada en un témpano, y que luego de muchos años, al soltarse de las garras del hielo austral, reemprendió su navegación con sus tripulantes convertidos en pálidos esqueletos.
El barco de los esqueletos, en sus pocas páginas de materiales bien urdidos, compone una suerte de poética del mundo marino, que va desde las hazañas de osados piratas, como Francis Drake, pasando por leyendas contadas por marinos de rostros curtidos o escritas en cuadernos que el tiempo destiñe, o convierte en polvo, como es el caso de la bitácora del Marlborough. También están presentes las historias de naufragios y de otras naves que navegan y llegan a puerto sin tripulantes, como las narradas en la novela Aventuras de Arthur Gordon Pym de Poe, o Drácula, de Bram Stocker.
Oscar Barrientos Bradasic (1947) es autor de una amplia obra literaria -que incluye varios volúmenes de cuentos y algunas novelas- que, sin duda, ha sido un aporte a la renovación de la narrativa magallánica. Su relación con el mar y los vientos australes no es nueva. Ella está presente en la serie de novelas protagonizadas por Saratoga, una suerte de aventurero y poeta que en sus andanzas da vida a una ciudad de ficción llamada Puerto Peregrino. El barco de los esqueletos forma parte de una colección de textos breves que según declaran sus editores, “busca recuperar esos instantes que quedaron en el sótano de la historia de Chile”. Y es también un texto especial, animado por un aliento que mezcla tragedias reales y leyendas que se han ido repitiendo en el tiempo, alentadas por el alcohol de los marineros o la tinta de viajeros interesados en ampliar los horizontes del hombre.

Ramón Díaz Eterovic

(Publicado en “Punto Final”, edición Nº 808, 11 de julio, 2014)


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