Punto Final, Nº808 – Desde el 11 al 24 de julio de 2014.
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EL brutal rodillazo del colombiano Camilo Zúñiga al brasileño Neymar.

 


Es una experiencia única, irrepetible, sacrificada e inolvidable. Recorrer medio Brasil por 22 días siguiendo las alternativas del Mundial de Fútbol puede ser un libro de historias difíciles de repetir. Uno que los medios no alcanzan a contar en su magnitud.
Ser testigo privilegiado de esta reunión de culturas, emociones y hazañas no impide ver lo que muchos no quieren ver. La Copa del Mundo en tierra sudamericana generó divisiones, disfrazó realidades y privó a un pueblo de acceder a su propia fiesta. Y peor aún, confirmó que el deporte-rey es fiel reflejo de ideologías y formas de vida que gobiernan esta parte del mundo. La desigualdad, el mercantilismo capitalista y la desazón social no alcanzaron a maquillarse en medio de un jolgorio que será difícil de olvidar.
Bastó llegar a Río de Janeiro, tres días antes del inicio de la justa deportiva, para observar la apatía de los cariocas ante el magno evento. Claudio Miranda, un empresario suplementero del centro de Santiago, me cuenta que “si venías en otra época te ibas a encontrar con gente pidiendo dinero y hostigándote en Copacabana hasta hacerte la estadía desagradable. Eso ahora no pasa”. Y tiene razón. Desde la estación Vicente de Carvalho al centro sur de la ciudad se aprecia espíritu mundialista, afiches y marketing. Pero más atrás, en los barrios marginales de la capital turística del país, se expande la apatía. La Copa del Mundo, por precios y accesibilidad parece un lugar vedado para sus habitantes. La vida sigue igual, monótona y cuesta arriba. La postal más triste de Río de Janeiro está sólo a kilómetros del Maracaná. Y los controles policiales remarcan la intención del poder en ese país. Ni el turista puede acceder a esa parte de la ciudad ni sus moradores bajan hacia el carnaval que comienza cuatro estaciones más abajo. La segmentación es evidente y triste, porque el habitante de la zona menos tradicional no puede pagar la entrada a la celebración en “su propio entorno”. La Torre de Babel está al lado y sin embargo, se muestra inalcanzable. Y a nadie parece importarle…

ELEFANTE BLANCO
Llegar a Cuiabá, en plena región del Pantanal es acudir a otra de las falacias del evento mundial. Haciendo el paralelo, es como llevar la copa a Punta Arenas. Es una región bastante retirada del centro político y económico de Brasil. Con medio millón de habitantes, es una de las dos sedes -junto a Manaos- que la FIFA eligió como excusa para descentralizar el torneo. Allí está el Arena Pantanal, un estadio para 45 mil personas construido en una zona donde ni siquiera existe fútbol profesional.
“Ese estadio será como un elefante blanco” dice Vivianne Bento, la dueña de una casa que acoge chilenos en la primera semana de Mundial. Ella, en proceso de separación, acude, como la gran mayoría de los habitantes de zonas residenciales, a facilitar su morada a la vorágine de hinchas que llega a alentar a su selección. Junto a sus hijos duerme en el living, en colchones arrojados en el piso. Arriendan sus habitaciones en 150 reales -unos 40 mil pesos chilenos considerando que el cambio no es favorable- y su patio por 15 reales a quienes lleguen con carpa y saco de dormir. Al día, cada familia podía recaudar cerca de 900 reales. Una oportunidad única para gente que se sumó a la fiesta de chilenos y colombianos, que en semanas consecutivas se tomaron la región: el lado más amable de la Copa del Mundo para todos los que tuvimos la suerte de llegar a ver el triunfo de Chile frente a Australia, en el comienzo de la aventura.

LA VERDAD DE MARACANÁ
Estoy en Buzios, con entrada en mano pero sin transporte para llegar a Río de Janeiro: unos 200 kilómetros entre el balneario y el recinto que alberga el inolvidable choque de La Roja ante España. Veo familias subiéndose a una “van” y me venden un pasaje ida y vuelta. Son reconocidos integrantes de la barra “Los de Abajo” de Universidad de Chile que viajan con padres y hasta sus novias. El “Tío Emilio” -así luce su nombre en la camiseta-, quien recauda el dinero comenta que “estos son amigos de Sampaoli, de los jugadores y dirigentes. Van a pedir entradas al hotel”.
Efectivamente, llegamos a la concentración de Chile cuando el bus enfila rumbo al Maracaná. Los barristas no consiguen entrada, y tras una arriesgada maniobra del chofer seguimos el bus de nuestra selección hasta el mismo estadio. Uno de los viajeros me dice “vamos a entrar igual al estadio”. Y tiene razón…
Tras el triunfo histórico, la televisión brasileña muestra la lamentable irrupción de hinchas en el acceso C al estadio, que terminó con detenidos y compatriotas deportados. Marcelo Gómez, un fanático que compró un ticket en la reventa en 1.200 dólares una hora antes del duelo, me asegura que “hay gente muy normal, no son barras bravas y les pegaron porque vieron la oportunidad de entrar y se arriesgaron”.
La verdad es otra. Los mismos miembros de Los de Abajo que vi en el trayecto figuran dentro del estadio. El motín fue generado en los accesos al Maracaná. Los más rápidos, que estaban delante del grupo, consiguieron forzar un ingreso. Allí, el sistema es similar al de los aeropuertos. Detectores de metales y un lector de códigos de barras que anula un boleto apenas pasa por sus registros. La tesis de que los mismos hinchas lanzaban sus entradas desde la galería para el ingreso de “La Marea Roja” -versión publicitada en noticiarios chilenos- es burda e inocente.
En el Maracaná pagaron justos por pecadores. Y la asquerosa reventa -más allá de los propios brasileños que hicieron un negocio evidente- parte desde las bases de la delegación chilena en Brasil. Los “barra brava” tienen acceso gratuito e infringen la ley. Y cuando no consiguen boletos, generan la mancha negra que tuvo a los fanáticos menos ágiles como víctimas de un hecho vergonzoso. El modelo detestable de los estadios chilenos fue exportado a Brasil, tal como lo hicieron los argentinos en Belo Horizonte o Porto Alegre. Triste, pero cierto…

CONMOCIÓN SOCIAL
Presenciamos la derrota frente a Holanda junto a Juan Ovalle, un porteño radicado en Suecia que tiene cuatro copas del mundo en el cuerpo y decide pagar casi 700 mil pesos chilenos para el choque con Brasil en Belo Horizonte. Uno que asegura que “hay que ver los niveles de los hoteles o las comodidades de acá para entender que a Brasil el Mundial le quedó grande”. Y no deja de tener razón. Los precios de estadía, transporte y servicios son similares a los de Europa. Pero con el 50% de garantías que en el viejo continente.
Dejamos Sao Paulo, la ciudad más impersonal y contrariada con la cita futbolera, donde cada día se concentran protestas en Avenida Paulista con movilizaciones estudiantiles, de trabajadores de la locomoción colectiva y grupos políticos que aprovechan la coyuntura, aunque son vigilados por exagerados cercos de fuerzas especiales. La represión está allí, a vista del viajero…
Sigo viaje a Belo Horizonte y allí recibo la mirada del brasileño más crítico. Mariana Rodrigues tiene 19 años y viaja a matricularse a una universidad estatal. Habla perfecto español porque su padre, ingeniero químico, alguna vez trabajó en Santiago. Ella confiesa que “hace un año, acá estamos en crisis y el Mundial viene a tapar la realidad. Por eso la gente está en contra y protesta. Porque no nos construyeron hospitales y sí se invirtió en estadios”.
Mariana subraya que “la gente no sabe que acá, si vas a una clínica por salud privada esperas cuatro horas para que te atiendan y en el sector público es tres veces peor. Yo tengo miedo de ir a la educación pública porque está mal catalogada. La gente no recibió beneficios por el Mundial y subieron los precios de los pasajes -unos tres reales en el Metro o microbuses urbanos-, la comida, el combustible y los servicios. Y tenemos que absorber ese costo que es casi del 20%. Hay corrupción, represión y la red Globo es la que maneja la información para que Brasil aparezca como un país feliz por tener este campeonato, cuando la pobreza es tremenda y la represión aumenta”, asegura.
Me cuesta creerle hasta que llega el turno de enfrentar al local. La mitad de los “mineros” -residentes del Estado de Minas Gerais- advierte que Chile será el ganador. No hay identificación con el “Scratch”. Y pese a que triunfan y siguen en competencia, aún no se aprecia un convencimiento del brasileño con su equipo. ¿Qué pasó con el fanático más emblemático de todo el orbe?
Quizás, el fútbol y su magia no lograron evadir la preocupante realidad de un pueblo que clama por más oportunidades. Uno que lejos del color y el carnaval, parece estar sufriendo, en medio de su permanente e imborrable sonrisa.

RICARDO PINTO

(Publicado en “Punto Final”, edición Nº 808, 11 de julio, 2014)

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