Punto Final, Nº821 – Desde el 9 al 22 de enero de 2015.
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Miguel Angel Asturias

La voz de Gaspar Ilom

 

No son raras las mezclas literarias y a menudo resultan. Los ejemplos son muchos. Uno de ellos podría ser la obra de Miguel Angel Asturias Rosales, guatemalteco, Premio Nobel de Literatura en 1967, el segundo discernido a un latinoamericano después de Gabriela Mistral.
Desde sus primeras obras, en especial El señor Presidente que pudo publicar casi a veinte años de haberlo escrito, aparecen mezclados elementos propios del surrealismo asimilado en la frecuentación de las ideas de André Breton con un profundo conocimiento del mundo indígena de estirpe maya, adquirido a través de los campesinos que poblaron su infancia y de los libros sagrados -como el Popol Vuh y el Chilam Balam- que tradujo al castellano. Iniciado como poeta, Asturias encontró su camino en la novela, el cuento y la reconstitución de leyendas como instrumento de comunicación de una visión humanista -ligada a ideas liberales cercanas a su pueblo- expresada en un lenguaje mestizo propio de lo real maravilloso con claro contenido social.
Miguel Angel Asturias nació en Ciudad de Guatemala en 1899. Su familia, de mediana fortuna, era influyente hasta que chocó con la dictadura de Manuel Estrada Cabrera, que gobernó durante más de veinte años. El niño vivió junto a sus abuelos en el campo, esperando que sus padres tuvieran mejor situación. Estrada Cabrera impuso una dictadura feroz y facilitó la dominación económica de empresas norteamericanas. Al cabo de pocos años, la United Fruit Company controlaba la producción y exportación de plátanos que transportaba en su propia flota a los puertos de destino. Flota que además servía el transporte de pasajeros, el correo y las otras exportaciones guatemaltecas. Puerto Barrios, único enclave moderno, era virtualmente norteamericano así como los ferrocarriles y la electricidad.
Asturias fue un destacado alumno de derecho y su tesis La situación social del indio mostró sus preocupaciones. Participó en la oposición estudiantil a la dictadura, por entonces todavía larvaria, y con otros estudiantes en una Universidad Popular. Ejerció poco tiempo, su trabajo lo convirtió en elemento peligroso para la dictadura. La familia Asturias decidió enviar a Miguel Angel a Europa. La decisión cambió la vida del joven. Curiosamente lo acercó mucho más a las raíces mayas de su país. En Europa, la prodigiosa cultura maya era más conocida (y apreciada) que en Guatemala. Se matriculó en La Sorbona para estudiar etnología y profundizar en las culturas primigenias de Centroamérica. 
Fueron años fructíferos. En 1931 su libro Leyendas de Guatemala obtuvo el Premio Silla-Monsegur a la mejor traducción de una obra extranjera. Finalmente se consagró si no como un especialista, ya que no hablaba las lenguas indígenas, al menos como un buen conocedor, dotado de una gran sensibilidad artística. El mundo indígena le abrió los caminos de su cosmovisión, el sentido del tiempo, la profundidad y diversidad de la muerte, y el vivir y terminar en ritmos circulares como parte de un ciclo en que los seres de ambos mundos -aquel en que vivimos y el otro que vive simultáneamente junto a los dioses y las almas- se ayudan y castigan.

REGRESO A GUATEMALA
Su ligazón con el surrealismo y las nuevas expresiones culturales surgidas después de la primera guerra mundial lo acercaron a los intelectuales y artistas que habían convertido a París en la capital cultural y artística del mundo. Ahí encontró a otros escritores latinoamericanos como César Vallejo y Arturo Uslar Petri. Seguía empeñado en lo que sería el retrato arquetípico del dictador latinoamericano de esos años, sabiendo que no eran tiempos para publicar lo escrito si quería volver a Guatemala.
A comienzos de los años 30 fue derrocado Estrada Cabrera y Asturias pudo regresar. Si se hizo ilusiones, a su llegada se dio cuenta que el ambiente liberador y democrático duraría poco. Otra dictadura, ahora de Jorge Ubico, frío tirano de crueldad ilimitada, se instaló con el apoyo del ejército, decidida a durar indefinidamente. No se reabrió la Universidad Popular y Asturias fue notificado que estaría bajo vigilancia y no podría publicar sus libros. Fueron otros diez o doce años. Vivió dedicado al periodismo, recuperando la ausencia con mirada madura y mente mejor preparada para una lucha que tendría características globales como lo demostró la guerra civil española, antesala de la segunda guerra mundial. Ubico fue derrocado en 1944. En ese tiempo Miguel Angel Asturias y Pablo Neruda se conocieron en un viaje relámpago del poeta chileno, cónsul en México, a la zona maya. “Comprendimos que habíamos nacido hermanos”, dijo más tarde Neruda. Era mucho lo que tenían en común incluyendo afinidades políticas. En sus Memorias, Neruda precisa que su “viejo amigo” fue siempre un “liberal” alejado de la “política militante”. Se visitaron. Y cuando Neruda fue perseguido por González Videla y salió clandestinamente de Chile, recurrió en Argentina a su amigo, diplomático en Buenos Aires. Asturias le entregó su propio pasaporte que le permitió al perseguido entrar a Francia. La estratagema resultó, favorecida por el parecido físico que había entre ambos.

UNA MIRADA MAYA
La derrota del nazi-fascismo fue recibida en todas partes como una gran esperanza. Derrocado Ubico se inició un interludio democrático. Hasta Estados Unidos pareció dispuesto a aflojar la garra. Con la presidencia de Juan José Arévalo, todo pareció mejorar. Asturias no se restó a la lucha. Fue elegido diputado y se incorporó al servicio exterior, en Buenos Aires y más tarde en París.
En su obra, Asturias utilizó los instrumentos que descubría. Por momentos hay predominio de algunos. Como por ejemplo la asimilación de la mirada maya, con su doble realidad que se relaciona dialécticamente, con síntesis que siguen siendo misteriosas. Se observa, por ejemplo, en El señor Presidente en algunos pasajes, en los cuales también se advierten experimentos de lenguaje e irrupciones del misterio ajeno a la mentalidad occidental dominante. En Hombres del maíz -para algunos su libro más importante- aparece la figura tutelar de Gaspar Ilom, asesinado que desde el otro mundo reclama venganza y se ceba en desgraciar a las mujeres, núcleo de las familias y la vida(1). Ese trasfondo, en cambio, se diluye un tanto en la trilogía que comenzó el año 1955, con Viento fuerte, seguido por El Papa Verde y Los ojos de los enterrados, obra de gran vuelo y contenido social, denuncia del papel de Estados Unidos en Guatemala como escudo protector de la United Fruit Company, poderosa e implacable hasta para derribar el gobierno progresista de Jacobo Arbenz. En ese tiempo, la intervención norteamericana en Guatemala y en defensa de la United Fruit amenazada por la reforma agraria conmocionó a los pueblos latinoamericanos.

GOBIERNO DE JACOBO ARBENZ
En palabras del propio Asturias, cuando terminó Arévalo su mandato presidencial fue elegido un coronel, Jacobo Arbenz, presidente de la República. “Creo -escribe Asturias- que ciertos círculos del país lanzaron un gran suspiro de alivio (…), porque dijeron ‘Un coronel… todos los militares se venden’. Pero sucedió todo lo contrario”. Arbenz en 1952 comenzó a hacer una reforma agraria. Chocó con la United Fruit, que lo acusó de ser comunista, cargo apoyado por el gobierno de Estados Unidos, cuyo secretario de Estado, John Foster Dulles, tenía intereses en la bananera. En la Conferencia de Estados Americanos en Caracas, Foster Dulles presentó una resolución condenando el comunismo internacional, y todos entendieron que el blanco era Guatemala, que votó en contra mientras solamente México y Argentina se abstuvieron. La invasión de Guatemala ya estaba proyectada. Una invasión de mercenarios dirigida por Carlos Castillo Armas, otro coronel del ejército, se produjo atravesando la frontera con Honduras. Pareció que el gobierno podría triunfar, pero comenzaron bombardeos aéreos sobre la capital produciendo pánico, mientras el embajador norteamericano conseguía que el ejército se volviera contra Arbenz, que tuvo que renunciar y buscar asilo.
La derrota arrastró a Asturias. Despojado de su ciudadanía por Castillo Armas, debió quedarse en Buenos Aires en calidad de exiliado. En Guatemala se inició un periodo de casi cuarenta años de gobiernos fraudulentos impuestos por los militares. La represión fue enfrentada por movimientos guerrilleros que se movían entre los indígenas y los campesinos.
Asturias murió en 1974. No supo de la culminación de la represión en el breve gobierno del general Efraín Ríos Montt, que dejó decenas de miles de víctimas. Se abrieron a mediados de los 80 negociaciones de paz que demoraron cerca de diez años. Comenzó una paz precaria que fue consolidándose.

COMPROMISO CON SU PUEBLO
Miguel Angel Asturias no dejó de escribir, sin olvidar lo que había sucedido en su país. Y el papel jugado allí por la United Fruit. Fiel a sus convicciones, trataba de mostrar la realidad de lucha y explotación: “Para mí -escribía-, la novela es el único medio que tengo para dar a conocer al mundo las necesidades y aspiraciones de mi pueblo”. Porque, agregaba, “la literatura latinoamericana nunca es gratuita. Es una literatura de combate. Siempre lo ha sido. Me refiero a nuestra gran literatura”.
Estuvo ocho años en Buenos Aires, hasta que debió exiliarse en Génova debido a la inestabilidad argentina. En esa época comenzó a comentarse que era un posible Premio Nobel. En 1966, fue distinguido con el Premio Lenin, sin duda con el apoyo de su amigo Pablo Neruda. En 1967, la Academia Sueca le otorgó su máximo galardón literario no solo por su calidad, sino también como un reconocimiento a las culturas mestizas de América Latina y a los pueblos indígenas del continente, y a su compromiso con la libertad.
Fue un escritor prolífico que comenzó ligado a la poesía que no abandonó. La entendía como un ejercicio preparatorio para la novela. Escribió también teatro y ensayos. Se calculan en cerca de cien los textos de su autoría, sin contar la obra periodística. Entre sus escritos menores se menciona Mulata de tal, El alhajadito, Viernes de dolores y también cuentos, como Weekend en Guatemala.
Miguel Angel Asturias contaba con el futuro. Entendió que su deber era escribir sobre América “que algún día interesaría al mundo”. Confiaba en que brotarían otros escritores “más lúcidos, eficaces y elocuentes capaces de hacer lo que yo he hecho (…) Entre los indios”, agregaba, “existe la creencia en el Gran Lengua. El Gran Lengua es el vocero de la tribu y en cierto modo es lo que yo he sido”. Esto lo decía mucho antes del boom literario que se produjo con García Márquez, Vargas Llosa y tantos otros.
En 1974 murió en Madrid. Sus restos yacen en París, sin que hasta ahora ningún gobierno guatemalteco haya decidido llevarlos a su patria.

HERNAN SOTO

(1) Rodrigo Asturias Amado, hijo del escritor, fue el comandante Gaspar Ilom de la guerrilla guatemalteca. Falleció en 2005. (N. de PF)

(Publicado en “Punto Final”, edición Nº 821, 9 de enero, 2015)

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