Punto Final, Nº827 – Desde el 1 hasta el 14 de mayo de 2015.
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Quinquén después del incendio

Las llamas dejan sombras en la montaña

 

Valle de Quinquén con sus pewenes o araucarias. Su fruto, el piñón, es alimento del pueblo mapuche.

 

“Peñi. Haga algo”. A Joaquín Meliñir se le humedecen los ojos cuando recuerda. Estaba en Santiago a mediados de marzo. Lo llamaron desde la comunidad, en Quinquén. Su gente estaba atribulada. El incendio que había comenzado días antes en las cercanías de la reserva China Muerta avanzaba sin contención hacia el norte, ingresando por quebradas y cerros a territorio que los Meliñir desde tiempos antiguos destinan a “piñonear”. Además, el escarpado lugar era, en los hechos, una reserva natural determinada por los mismos pewenches. Un bosque denso de araucarias (o pewenes), coigües, lengas y ñires. Hogar de aves, felinos, reptiles e insectos.
“Haga un comunicado; haga saber lo del incendio. Que se sepa en los medios; entre las autoridades porque acá todavía no sube nadie. Los pewenes están ardiendo”. Tal era el contenido del llamado. Joaquín Meliñir rememora que echó mano a Internet, a las redes sociales, para pedir ayuda. Ropa de seguridad; guantes, cascos, palas. Alimentos, agua. Esta era la emergencia más grave que enfrentaban desde aquella, hace casi 25 años, cuando la generación de su padre, el lonko don Ricardo, tuvo que defender su tierra frente a la Sociedad Forestal Galletué. El episodio sería paradigmático de las tensiones que alboreaban entre pueblos originarios, agricultores devenidos en supuestos dueños y el Estado, en la bisagra temporal del fin de la dictadura e inicios de la democracia. Tras meses de tensa espera, en marzo de 1992, el gobierno de Patricio Aylwin tomó la decisión de comprar 26.510 hectáreas del valle a los propietarios de papel, para entregarla en un proceso que tomó años a la comunidad pewenche.
Ahora el fuego trajo nuevamente desasosiego.

LAGRIMAS Y “NEWEN”
Es mediados de abril. Las hojas de los ñires lucen cobrizas y anaranjadas. Hoy llueve y nieva en el valle. Hay bruma en los penachos de los cerros. Los pewenches se alegran a su manera. Silenciosamente. Con las precipitaciones, los últimos focos del fuego comienzan a desaparecer. Pero ellos saben que acá en la cordillera, el incendio es un enemigo difícil de batir. No es únicamente lo inclinado e irregular del terreno. No es sólo la sequía que ha asolado la zona hace meses y que ha secado varios arroyos; ni el viento puelche ni el calor sofocante que se dejó sentir en el verano. Hay un rasgo muy propio del tronco del pewén. En cada uno existen lo que la gente acá denomina “picoyos”: nudos que son verdaderos núcleos de resina. Quien escribe recuerda el calor que producían los trozos de leña con picoyo en las cocinas a leña o fogones de los pewenches. Este ardor cuesta mucho apagarlo. Los troncos caídos pueden albergar corazones de fuego en el subsuelo, por semanas.
Así fue. Desde mediados de marzo, el ardor de los troncos de pewén y de la selva nativa se expandió sin control por cañadones y cerros. Ardieron casi mil hectáreas de tierras de los Meliñir. Al ser una zona prácticamente sin acceso, no habían caminos que sirvieran como cortafuegos. Ante la insuficiencia material de una brigada de 15 personas enviadas por Conaf, la comunidad Meliñir organizó su propio grupo de combate al siniestro. “El pewén da alimento a los pewenches; los abuelos sabían prepararlo de muchas maneras. Aunque hubiera escasez de alimento, todos los años había piñón. ¡Los viejos sobrevivieron cuántas generaciones! Hasta el día de hoy, si uno tiene piñones y los vende o hace cambalache puede tener su mercadería”. Habla Eleuterio Meliñir, “Leute”, 54 años, que estuvo combatiendo el fuego en la primera línea. Ahora come piñones cocidos; estamos en su casa. Su tristeza es inmensa. Parece que excede su humanidad: “Esos arbolitos son milenarios. Pero, además, piense en los animales muertos, o los que salieron arrancando; pumas, jabalíes, pájaros”, dice.
“Uno no sabía si apagar o construir un cortafuego”. Quien habla es Alex, nieto de don Crescencio Meliñir, uno de los ancianos de la comunidad. Precisamente su área de piñoneo fue una de las afectadas por el fuego. Alex trabajaba como traductor entre los pewenches y el personal médico en la posta de Icalma. En el último tiempo había regresado a Quinquén a ayudar a su abuelo. En ese trance lo sorprendió el incendio. Recuerda que una tarde, desesperado subió al cerro y lloró al ver la destrucción. Tenía un poco de muday, chicha a base de piñones, y se puso a realizar una rogativa a Chaw Ngenechen, el dios padre mapuche. El gesto fue colectivo. La comunidad combatió el fuego con sus brazos y palas pero también con rogativas para pedir lluvia. “El incendio también se apagó con newen”, cuenta Alex.
Ahora que cae lluvia y nieve se relajan un poco. Pero la camioneta que recorre el valle, a las 8 de la mañana, recogiendo a los brigadistas les recuerda que la emergencia no ha cesado.

LA VIDA EN LA MONTAÑA
El valle de Quinquén está ubicado en la comuna de Lonquimay. Para llegar hay que desprenderse de la carretera que une este pueblo con Curacautín y ascender 18 kilómetros por el camino La Fusta, rodeado de una vegetación que impresiona. Un pequeño bus realiza el recorrido una vez por día, cinco veces por semana. Es una de las cosas que han cambiado en los últimos años; como que algunas casas de la comunidad tienen electricidad. Otras han sido mejoradas y presentan un aspecto resistente frente a la inclemencia del frío cordillerano. Los pewenches las llaman “los chalets”. Del otro lado, Lonquimay sigue siendo la comuna más pobre de La Araucanía pero donde, paradójicamente, el costo de vida es más alto. La comunidad Meliñir reclama que la estación médica en el valle se transforme en una posta con un paramédico permanente y poner fin a la ronda médica mensual. Tampoco hay radio para comunicarse. La señal de celular es inexistente, así como Internet en la escuela local. “Nuestros niños quedan con esa falencia”, dice Sergio Meliñir, presidente de la comunidad.
Además aún existe mucha discriminación “porque el nivel de educación es bajo”, declara Joaquín Meliñir. Aunque lentamente “ha ocurrido un mayor empoderamiento de los dirigentes territoriales pewenches”, señala. “Hay mayor información de los derechos por parte de las comunidades; se ha ido generando más presión política: un movimiento que no estaba”. Mientras más pobre, como es el caso de comunidades de Cruzaco y Pewenco Alto, la presencia religiosa en su versión evangélica, es mayor. “Hay varios mapuches evangélicos que son contrarios a que se enseñe mapudungún en la escuela”. Lonquimay tiene una población mayoritariamente mapuche; debiéramos tener el poder local, pero no es así”, reflexiona Joaquín.
Queda claro que quienes viven en Quinquén enfrentan la vida con rigores muy distintos a los de la ciudad. “Estábamos en un trabajo y tuvimos que ir al incendio”, recuerda Alex Meliñir. La sequía se había sumado a una baja cosecha de piñones. Lo anterior redundó en que las finanzas de varios pewenches fueron insuficientes para pagar créditos ganaderos contraídos con Indap y el BancoEstado. Así las cosas, estas instituciones bloquearon la posibilidad de que los comuneros accedieran a nuevos préstamos. Alex y su abuelo Crescencio recuerdan que en los primeros días del incendio el diputado Fuad Chain (DC) subió hasta el valle y prometió a los comuneros realizar gestiones para destrabar los flujos de dinero. Pero de esas promesas no han conocido resultados.

NEGLIGENCIA ESTATAL
Al conversar un mate, las palabras de los comuneros suenan similares. Hay rabia ante la lenta respuesta de las instituciones del Estado frente a la catástrofe. Se quejan especialmente de Conaf. Llegaron tarde: “El incendio comenzó el sábado y el lunes recién reaccionaron”, rememora Alex. Además, tuvieron serios problemas de coordinación. Hasta les faltó una antena con la que comunicarse con la central. “Tuvieron que ir a otro lugar a buscar señal”, señala Sergio Meliñir. El dislate costaría el cargo al director regional, Mario Acuña (DC).
“Seguimos manifestando que hubo negligencia y una irresponsabilidad administrativa del Estado. Conaf no actuó como debería. Acuña no tenía competencia porque él nunca fue forestal. Lo colocaron por un tema político y para estas emergencias no necesitamos políticos sino profesionales comprometidos”, sentencia Joaquín Meliñir.
Frente a la lentitud no les quedó otra que organizarse autónomamente: “La gobernadora de Malleco (Andrea Parra) nos pidió que no estuviéramos en la primera línea de combate al fuego... Pero allí no había nadie, era contradictorio. ¡Nosotros teníamos que estar allí!”. Ese fue el momento en que Meliñir usó Internet y una larga lista de contactos, habida cuenta de su trabajo en Wen Kümey, la microempresa de procesamiento de piñones de la que forma parte, para pedir herramientas y recursos. A los pocos días tenían a punto la brigada pewenche. También se sumaron voluntarios de la cercana comunidad de Pedregoso y hasta de otros puntos del Wallmapu. La rapidez, compromiso y, a veces, el anonimato de muchos es agradecido por el vocero de la comunidad. “También le pedimos a las instituciones del Estado pero llegaron tarde, porque ellos tienen todo un tema administrativo para comprar implementos”, agrega.
Aquella lentitud en la respuesta le parece contradictoria teniendo en cuenta el severo talante fiscalizador de Conaf frente a otras situaciones. “Para un plan de manejo de madera, a uno le hacen firmar miles de papeles...”, dice don Crescencio Meliñir.

INTERESES COMBUSTIBLES
También hay consenso entre los pewenches en que el incendio fue intencional. El medio digital Mapuexpress informó que el Laboratorio de Teledetección Satelital del Departamento de Ciencias Físicas de la Universidad de la Frontera (Ufro), gracias al examen de imágenes provistas por satélites de la Nasa, determinó que el fuego comenzó el sábado 14 de marzo, entre las 12 y las 16 horas, en un predio particular colidante con la reserva China Muerta. La información fue entregada a Jaime Pino, fiscal de delitos medioambientales de La Araucanía. “Inicialmente se dijo que había sido causado por rayos. Pero luego han aparecido versiones que coinciden con lo que pasa en nuestro territorio, y con los poderes económicos en esta sociedad”, enjuicia Joaquín Meliñir. “En un momento, la Conaf acusó a piñoneros. Yo lo rechazo categóricamente. Los pewenches toda su vida han acampado, han hecho su ruko o veranada, en distintos tipos de bosque y jamás han provocado un incendio. Nosotros decimos: los que tienen que investigar que lo hagan a fondo. Creemos que hay responsabilidades de terceras personas. Se le echa la culpa a piñoneros para proteger a los verdaderos causantes de esta catástrofe”.
Joaquín Meliñir y otros comuneros recuerdan el incendio en el área de Mallines del Olca, adyacente al camino La Fusta, a pocos kilómetros del valle de Quinquén, en el verano de 2002. Se trata de un predio particular donde un siniestro arrasó centenares de hectáreas de bosque nativo y pewenes. Tras apagarse las llamas, los propietarios cortaron los árboles quemados y aprovecharon la madera en forma de leña y chips. Luego procedieron a plantar pino insigne.
Sin embargo, los intereses forestales no son la única amenaza en la zona. “En el lugar donde se inició el incendio existen prospecciones mineras. Para desafectar el terreno se necesita una catástrofe natural, para intervenir o explotar en algún momento”, indica el vocero. Ejemplifica con el caso reciente de Cal Austral, empresa que se instalaría en el cerro El Calvario, a un costado de la carretera de acceso a Lonquimay. “Para nosotros es una amenaza a lo ambiental, cultural y también para el turismo”, declara.

DESDE LAS CENIZAS
Mediados de abril. Primero hubo que apagar el fuego. Con el paso de los días, y con la llegada del frío, los Meliñir han comenzado a reflexionar sobre lo ocurrido. Sergio Meliñir es el presidente de la comunidad. Hijo de Alfredo, un anciano dirigente de la época en que la comunidad luchó por su vida. “Acá tenemos muchas historias. Se peleó por la tierra; se peleó por la araucaria para que fuera declarada Monumento Natural para todos los chilenos. Estamos a la expectativa sobre qué están pensando las empresas forestales ahora que el bosque se quemó”, dice. Y advierte: “Nosotros no vamos a permitir siquiera que el Estado intervenga, como Conaf. La comunidad verá cómo va a reforestar; obviamente vamos a pedir su apoyo, pero la comunidad lo decidirá. No vamos a permitir que traigan pinos o eucaliptus”.
Para Joaquín Meliñir es momento de estudiar acciones legales contra el Estado. Una por la responsabilidad administrativa; otra por daños y perjuicios; y otra por la indemnización por cada araucaria que se quemó.
Otro de los temas en discusión es el control territorial de la reserva China Muerta, seriamente perjudicada por el fuego. Enjuician que estaba abandonada por el Estado. “Hemos planteado que China Muerta pase a ser administrada por comunidades pewenches que aseguren su conservación”, señala Joaquín Meliñir. En ese sentido, es útil recordar que la comunidad desarrolló hasta 2011 una experiencia de conservación ecológica y turística, el Parque Pewenche. Apoyado en su momento por Corfo y la WWF, el proyecto se descontinuó. “No ha habido desde el Estado una ayuda para que la comunidad siga protegiendo la araucaria. Mencionan que es un monumento pero no ha existido seguimiento ni manejo”, acota Sergio Meliñir.
Para Joaquín Meliñir el asunto es más profundo: “Si no es Quinquén, queremos que otras comunidades se posicionen en China Muerta. Algunas se han visto muy afectadas en su territorio por el aumento de población, como el caso de Pedregoso”, declara. “Mucha gente tiene que vivir con 2 hectáreas, que para un campesino mapuche no es vida”. El vocero señala que otros sectores también son reinvindicables: Tiriento, por ejemplo; o Ñireco, a orillas del lago Galletué, aún en poder de la Sociedad Forestal del mismo nombre. Se trata de un paño que no fue comprado por el Estado en los años 90, y que los pewenches alegan que tiene problemas de servidumbre. También se refiere a las tierras en manos de la misma sociedad reclamadas por la comunidad Wenu Cal Ivante. Meliñir no entiende que la Conadi compre tierras a las comunidades lonquimayinas en Victoria, a kilómetros de distancia, “habiendo aún en la comuna tanta tierra en poder de usurpadores. Así como Quinquén se levantó en los 80 y 90, hoy nuevamente podemos hacerlo”, remata.
Para Alex Meliñir, el incendio es también “un momento de reflexión de cómo se vive”. Probablemente las lecciones consecuentes de esta tragedia inauguren un periodo de coordinación entre los Meliñir y las otras comunidades pewenches de Lonquimay, para hacer frente a los intereses económicos que les amenazan. Es un horizonte por construir

FELIPE MONTALVA
En Quinquén y Lonquimay

(Publicado en “Punto Final”, edición Nº 827, 1 de mayo, 2015)


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