Punto Final, Nº836 – Desde el 4 al 24 de septiembre de 2015.
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La farsa política de los camioneros


“Hegel dice en alguna parte que todos los grandes hechos y personajes de la historia universal aparecen, como si dijéramos, dos veces. Pero se olvidó de agregar: una vez como tragedia y otra vez, como farsa”.En El 18 de Brumario de Luis Bonaparte, Marx propone esta idea para recordar que la historia nunca se repite, aunque muchos lo deseen. Lo único que retorna es una parodia del pasado, en un nuevo contexto que se puede parecer a lo ya vivido pero de un modo retorcido, patético, como una mascarada engañosa. Por eso el comentario de Marx sirve para interpretar la comedia de errores, absurdos y contradicciones que vivió el país a fines del mes pasado.
La farsa comenzó el 19 de agosto, con el dirigente de la Confederación Nacional de Transportistas de Carga (CNTC), José Villagrán, anunciando una movilización desde Temuco a Santiago: “Vamos a traer varios camiones quemados para que la señora presidenta sepa que en la Región de La Araucanía hay terrorismo”. Los dirigentes de la CNTC, abiertamente vinculados a la UDI, comprendían que una movilización de “camioneros”, en rigor grandes empresarios del transporte, siempre desata los fantasmas más profundos del inconsciente político chileno: tanto la nostalgia del pinochetismo como los temores más acentuados de la Izquierda. Villagrán fue precandidato a diputado de la UDI por el Distrito 50 de la Región de La Araucanía, y Sergio Pérez Jara, titular de la CNTC, es un abierto nostálgico de León Vilarín, líder del paro camionero de 1972, financiado por la CIA.
Por su parte el gobierno, lejos de bajar el perfil a esta provocación, sobrerreaccionó con una mezcla de miedo, desorganización y parálisis disfuncional. Y en medio de las enormes tensiones que atravesaron al Gabinete, el ministro del Interior, Jorge Burgos, aprovechó el momento para realizar una arremetida directa contra sus contradictores internos, afianzar su autoridad y correr un poco más la cerca en su agenda conservadora. Un balance que no pudo ser mejor para la derecha, tanto la que activó la movilización camionera, como también la derecha alojada dentro del gobierno, que consiguió una serie de objetivos al alero de la paranoica alucinación que se puso en escena.
El símbolo de este triunfo fue la destitución del intendente de La Araucanía, Francisco Huenchumilla, el 25 de agosto, segundo día de la movilización camionera. Su remoción era deseada por la derecha política como también por los empresarios a los que les irritaba la forma y el fondo de cómo Huenchumilla había enfrentado las demandas históricas del pueblo mapuche. Recordemos que el 24 de julio de 2014 el entonces ministro del Interior, Rodrigo Peñailillo, tuvo que enfrentar una interpelación parlamentaria centrada en la estrategia y el discurso de este intendente DC, que señalaba que la naturaleza del conflicto no era policial sino política y su superación exigía la restitución de tierras ancestrales, autonomía territorial y control de los recursos naturales que aseguren su existencia a este pueblo indígena. Huenchumilla les desquiciaba cada vez que afirmaba que “el Estado tiene que aceptar que aquí hay un pueblo diferente, que es el pueblo mapuche y ese pueblo, que sostiene que se le arrebataron sus tierras hace 130 años, hoy las está reclamando”.
Pero más allá de su discurso valiente y decidido poco pudo avanzar. Al ser despedido dejó en claro que sus propuestas nunca encontraron apoyo en La Moneda: “Le digo al ministro del Interior que tiene que recibir a los camioneros, que ese es un problema. Le he dicho por meses (a Burgos) que hay que implementar un seguro para reparar a las víctimas y sé que al gobierno no le gusta eso. Le gusta un intendente subordinado, que se quede callado, que le tenga temor a las autoridades y que no sea capaz de dar su opinión. Entonces, en ese sentido, yo creo que soy una piedra en el zapato”, afirmó en respuesta a su relevo.

UN PLAN PREMEDITADO
El plan de la derecha se había preparado de forma minuciosa. A fines de julio había logrado reflotar una rocanbolesca teoría de la conspiración que vinculaba al PC y a movimientos mapuches con las FARC colombianas. Un vínculo ya descartado por la Corte Suprema colombiana hace seis años y completamente irrisorio para cualquier analista que contemple la completa institucionalización del Partido Comunista chileno, la difícil relación de este partido con el movimiento mapuche, y más aún, por el contexto de desmovilización en que están inmersas las FARC. Sin embargo, al ser difundida esta información por Radio Bío Bío, adquirió una credibilidad que no se condice con un examen racional de su contenido.
Este montaje mediático preparaba la marcha de los empresarios del transporte y buscaba la caída de Huenchumilla con el fin de lograr metas más ambiciosas: en primer lugar, hundir la política de contención y diálogo intercultural del intendente, para reinstalar el “acuerdo social por la paz”, propuesto por el senador Alberto Espina (RN). La consigna “Paz en La Araucanía ahora”, que la derecha exhibió en esos días, se refiere a esta política, que mezcla el “garrote represivo” y la zanahoria del clientelismo, y que había sido resistida frontalmente por Huenchumilla. Con la designación como nuevo intendente de Andrés Jouannet, DC “guatón” cercano a Gutenberg Martínez, se espera que “Paz en La Araucanía” avance en forma expedita.
Y este contexto ha preparado el ambiente para el verdadero objetivo empresarial: durante septiembre el Congreso deberá votar la renovación del decreto ley Nº 701 de bonificación forestal, instrumento de la dictadura militar que subsidia de forma millonaria a las grandes empresas que mantienen plantaciones de pinos y eucaliptus. El clima de paranoia que se ha instalado seguramente tendrá impacto en parlamentarios claves, que no querrán aparecer desafiando a Burgos ni ligados al “terrorismo” antiforestal mapuche.

EL VERDADERO TERRORISMO
Todo este montaje ocultaba el engaño: ni los camioneros de 2015 son los de 1972, ni el gobierno de Bachelet es la Unidad Popular. Pero el fantasma de los camioneros “sediciosos” logró una victoria de enorme importancia en el sentido común, la imaginación colectiva y la emotividad imperante. Mientras la derecha desplegó su ofensiva, acompañando con su enorme poder comunicacional todas las etapas del itinerario del grupo de camiones, la subjetividad del país se tiñó de miedo. Un temor que paraliza las demandas de cambio e instala un ambiente defensivo en la Izquierda, lo que afecta con mayor rigor a quienes son más críticos y conservan en su memoria el proceso golpista de 1972-73 y la dictadura que desencadenó.
Esta ola de alarma ha permitido reforzar a los sectores inmovilistas de la Nueva Mayoría, ha dado alas a las tesis del “realismo con renuncia” promovido por los nostálgicos de la vieja Concertación, y ha dejado al descubierto una enorme debilidad gubernamental: descoordinación, conflictos de criterio, contradicciones totales tanto en los contenidos de la política como en la forma de llevarla a cabo. Jorge Burgos, que había pasado por semanas muy complicadas, casi al borde de la renuncia, recuperó su agenda, hizo sentir su poder en el gobierno, dándose el lujo de “informar” a la presidenta sus decisiones. No en vano en esa misma semana Sergio Bitar fue nombrado presidente de un nuevo “consejo consultivo” de la reforma educacional, a todas luces orientado a cepillar los ribetes más progresistas del proceso. Y la derecha apareció como le gusta: los camioneros, a pesar de sus amenazas de bloqueo de carreteras, fueron recibidos en palacio casi con alfombra roja y fuera de toda programación. Incluso con el nieto del dictador Augusto Pinochet acompañándolos en la puerta del palacio de gobierno.
El papel de Televisión Nacional, no sólo sumándose a la farsa sino incluso liderándola de forma abierta y descarada, es impresentable. TVN es hoy por hoy un bastión total de la agenda comunicacional de la derecha, lejos de su tradicional e insulso papel en el equilibrio binominal. Por su parte las redes sociales demostraron que no sólo son insuficientes. También pueden ser un recurso manipulable, que sin querer alimenten acríticamente a la agenda conservadora. La histeria de la que se hicieron eco durante la arremetida de los camioneros no contribuyó a actuar con criterio y reforzó la posición de la derecha, empoderando y fortaleciendo su movilización. Queda claro que no se puede avanzar en cambios estructurales sin una política pública de comunicación activa. Se requieren medios de comunicación que den al gobierno un mínimo de autonomía frente al bamboleo al que le somete a diario la prensa empresarial. Sin hacer uso activo de la palabra, sin argumentos, cualquier gobierno que intente algún cambio importante estará desarmado ante un enemigo que no trepidará en dispararle a quemarropa. Ya se siente el olor a pólvora. ¿Cuánto tardará en explotar?

ALVARO RAMIS

(Publicado en “Punto Final”, edición Nº 836, 21 4 de septiembre, 2015)

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