Punto Final,Nº 843 – Desde el 17 de diciembre de 2015 al 6 de enero de 2016.
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Ideologización del ejército en el siglo XX


Emilio Körner junto a generales chilenos en 1907.

 

La ideologización del ejército chileno en la segunda mitad del siglo XX es un hecho muy conocido. Fundamentalmente debido a la influencia estadounidense -expresada particularmente en la formación de numerosos oficiales chilenos en la Escuela de las Américas- nuestro ejército internalizó la ideología de la “seguridad nacional”, que concebía a Chile y el mundo como un escenario bélico entre la nación y su identidad histórica y cultural enfrentada a la amenaza comunista representada por la Unión Soviética (y, desde comienzos de los 60, Cuba) y los comunistas y marxistas nacionales.
Dicho proceso -compartido por la generalidad de los países latinoamericanos- nos permite comprender la orientación que tuvo la dictadura de Pinochet; y el hecho que gran parte de los violadores graves de los derechos humanos en toda América Latina fueron oficiales que se “especializaron” en la Escuela de las Américas.
Mucho menos conocida ha sido la ideologización que también experimentó el ejército desde fines del siglo XIX. A este respecto, la influencia fundamental fue la alemana (virtualmente prusiana) que concebía al mundo amenazado por el “socialismo” y el “anarquismo”. Y que se orientó específicamente contra el “comunismo”, luego del triunfo de la revolución bolchevique en Rusia. En este sentido fue clave tanto la venida de numerosos oficiales alemanes a formar a sus pares chilenos, como la ida de estos últimos a completar sus estudios en Alemania. Tanto así, que el general prusiano Emilio Körner Henze se constituyó como el virtual creador de un nuevo ejército, luego de la derrota del ejército tradicional -de corte francés- que abrumadoramente apoyó a Balmaceda en la guerra civil de 1891.
Körner trajo en 1895 a treinta y seis oficiales alemanes, la mayoría de los cuales estuvieron dos años de servicio en Chile “y un nuevo contingente de veintisiete alemanes llegó en 1897, permaneciendo algunos miembros de cada misión una década en Chile”; de tal manera que “la penetración alemana en la oficialidad chilena entre 1895 y 1910 fue más constante y profunda que cualquier otro involucramiento europeo en algún ejército latinoamericano o asiático en los años previos a la primera guerra mundial” (Frederick M. Nunn. The Military in chilean history; University of New Mexico Press, 1976; p. 111).

SOLDADOS PRUSIANOS
A tanto llegó la prusianización de nuestro ejército que, de acuerdo al general Carlos Sáez, “en nuestro afán de imitar al ejército alemán, un buen día (1904) resolvimos adoptar su uniforme (…) nos transformábamos así en soldados prusianos (…) Tras la adopción del uniforme alemán vino la copia de la organización del ejército prusiano” (Recuerdos de un soldado. El ejército y la política, Tomo I; Edit. Ercilla, 1934; pp. 26-7).
Las concepciones autoritarias, militaristas y antisocialistas de tipo prusiano fueron además expresadas desfachatadamente en las diversas publicaciones del ejército de aquellos años. Así por ejemplo, el teniente coronel Guillermo Chaparro sostenía en 1909, en la revista del Estado Mayor del Ejército (MECH): “Todos sabemos que el jornalero de nuestras grandes ciudades y el campesino se hallan contaminados con las ideas socialistas (…) jornaleros y campesinos son por lo general corrompidos y viciosos” (Patricio Quiroga y Carlos Maldonado. El prusianismo en las Fuerzas Armadas chilenas; Edic. Documentas, 1988; p. 99).
En la misma revista, en 1911, se sostenía que “el pueblo en los cuarteles es la nación armada, es la fuerza, y naturalmente de hecho reside en ella la real soberanía. Necesariamente el pueblo soberano, nombrando sus gobernantes por medio del sufragio e imponiendo su voluntad por medio de la fuerza armada que le da el Servicio Militar Obligatorio, tiene medios de resistir la tiranía y sofocar la revolución” (Mariana Aylwin Oyarzún e Ignacia Alamos Varas. “Los militares en la época de don Arturo Alessandri Palma; en 7 ensayos sobre Arturo Alessandri Palma; ICHEH, 1979; pp. 311-2). Y se concebía un rol político del ejército: “Si estudiamos la voz del mundo en estos momentos, oiremos una palabra unísona, un clamor universal que pide fuerza armada para garantizar el orden, para asegurar el trabajo, para fecundar el progreso, para alcanzar el bienestar del hombre” (Ibid.; p. 319).

IDEAS DE EXTREMA DERECHA
Específicamente, dada la fuerza del anarquismo en Chile a comienzos del siglo XX, la revista MECH acogió en 1915 un artículo del teniente Ramón Ortiz Despott que decía: “Se ha dicho que el respeto al superior en la forma que lo establece nuestra disciplina, es un servilismo abyecto y una degradante esclavitud moral. No quiero refutar este aserto cuya miserable infancia meció la innoble cuna del anarquismo” (Genaro Arriagada Herrera. El pensamiento político de los militares; CISEC, s/f; p. 95).
Reveladoramente también, dicha revista acogía artículos del connotado pensador de extrema derecha francés (¡y reconocido inspirador de Arturo Alessandri!), Gustave Le Bon. En uno de ellos “La educación por el ejército” de 1906, se preguntaba Le Bon: “¿Existe un medio de hacer hombres de este ejército de bachilleres y licenciados, impotentes, ridículos y nulos, que la universidad nos fabrica? Sí existe y no hay más que uno solo. Consistiría en obligar a la totalidad de nuestros bachilleres y licenciados, sin excepción alguna, a prestar durante dos años el servicio militar” (Ibid.; p. 97). Además, para Le Bon “la educación militar debía servir a un programa antisocialista, pues el ejército era definido como ‘el último baluarte de una sociedad presa de las más profundas divisiones y pronta a disociarse según las aspiraciones de los socialistas’” (Ibid.; p. 98).
En otro artículo del mismo pensador francés, acogido en 1913 (“Factores psicológicos de las luchas guerreras”), se decía que “sin el régimen militar obligatorio a que hoy día se encuentra sometida la población masculina de Europa, la anarquía, el socialismo y otros disolventes de la civilización moderna habrían progresado con paso de gigantes” (Ibid.).
Pero sin duda que la revolución comunista triunfante en Rusia exacerbó el tono antisocialista de las publicaciones militares chilenas. Así, en diciembre de 1921 apareció en la revista de los suboficiales, La Bandera, un artículo que sostenía: “En Chile el socialismo ha encontrado campo propicio para sus desórdenes, sus atentados y sus crímenes, ¿puede dudarse de que si el fin de la difusión del socialismo es perverso, no lo son menos los medios que para esa difusión se emplean? (…) esos propósitos tan inmorales (…) la locura socialista, llevada a su extremo y representada por tipos de verdaderos semilocos que parecen escapados del gran manicomio, en que han convertido las doctrinas socialistas a Rusia” (Ibid.; p. 103).

ANTICOMUNISMO EN EL EJERCITO
Más vehemente aún se hizo el llamado a los suboficiales a ¡la tarea político-militar de detener dicha amenaza!: “No desmayéis en vuestro trabajo”, destinado a crear “los más poderosos diques para contener la ola roja del maximalismo (bolchevismo), que si no se le ataja no dejará piedra sobre piedra de nuestra patria, de nuestros hogares y de ninguna nación” (Ibid.).
Es más, “en los años 1921, 1922 y 1923 aparecen muchos artículos de la revista La Bandera que se refieren al comunismo. Sus títulos son sugestivos en una revista que, evidentemente, desempeñaba un rol formativo en los suboficiales: ‘El terror rojo en Rusia’, ‘La dictadura de los soviets es la peor de las tiranías’, ‘La dictadura roja’, u otros referentes a puntos doctrinarios: ‘El comunismo ante la idea de patria y las instituciones armadas’” (Aylwin y Alamos; p. 317).
Incluso, en uno de 1921 se llegó a pedir la represión de las manifestaciones a favor de la revolución rusa: “Incomprensible es la ignorancia y la mala fe demostradas por quienes han pregonado como un país ideal a la Rusia del soviet y aun celebrado en el país más libre del mundo (¡Chile!) el aniversario de la revolución rusa con exclamaciones, incitando al chileno a imitar lo allí acontecido (…) Es menester templar las almas y poner enérgica cortapisa a los desmanes de los agitadores sin conciencia que han creído dormidas las más saludables energías de la nación” (Arriagada; p. 105).
La distancia ideológica del ejército se hizo extensiva hacia la Fech, que en la época combinaba postulados anarquistas, pacifistas y antimilitaristas. Así, en relación a un saludo que envió el presidente de la Fech, Daniel Schweitzer, a sus congéneres peruanos por el centenario de la independencia de Perú, y por la sugerencia de Carlos Vicuña Fuentes (vinculado al directorio de la Fech), de agosto de 1921, de superar los problemas con Perú y Bolivia, devolviendo Tacna y Arica al primero y cediéndole una salida al mar a la segunda por Tarapacá, la revista La Bandera publicó una protesta de las Sociedades de Veteranos de la Guerra del 79 contra “una juventud ignorante que no sabe lo que es Patria”, y acogió una carta del sargento Manuel Avendaño en que sostenía que en el evento que sus hijos pudieran ser educados alguna vez por profesores como Schweitzer o Vicuña “no trepidaría un instante en convertirme en parricida antes de permitir la enseñanza antipatriótica en los corazones del producto de mis afectos”; y editorializó haciendo saber “a éstos” (los “antipatriotas”) que “el Ejército los corregiría de buena gana” (Ibid.; p. 104).

CRITICAS A LA OLIGARQUIA
Asociado a este profundo anti-izquierdismo, la oficialidad del ejército comenzó a desarrollar también -junto con las clases medias “civiles”- una progresiva crítica al régimen oligárquico. En esto influyeron factores como el efecto negativo del inmovilismo parlamentario y del favoritismo clientelístico en el buen funcionamiento de la estructura burocrática de las Fuerzas Armadas y, especialmente, en el sistema de ascensos y remuneraciones de la institución, la insatisfacción creciente frente a la corrupción, politiquería y esterilidad del régimen oligárquico, el desgaste provocado por la recurrencia de la utilización violenta de las Fuerzas Armadas contra el movimiento obrero, la mayor conciencia de los profundos males populares con ocasión del conocimiento directo de ellos en virtud del servicio militar obligatorio, y la insatisfacción frente al escaso desarrollo industrial del país y de los armamentos en particular.
Así, Carlos Ibáñez se quejaba retrospectivamente: “¿Sabe usted que los políticos y jefes de partido intervenían en las destinaciones de los oficiales? Ocurría que a los comandos de unidades llegaban con frecuencia cartas de recomendación sobre la destinación que los jefes debían dar al personal subalterno. Se llegaba al extremo de aplicar al ejército el sistema empleado hoy en los servicios civiles. Todo con tarjetitas de recomendación (…) ¿cómo conservar la disciplina?” (Augusto Varas, Felipe Agüero y Fernando Bustamante. Chile. Democracia, fuerzas armadas; Flacso, 1980; p. 43).
Lo mismo Carlos Sáez, quien decía que “desgraciadamente, vivíamos bajo el régimen de los empeños, que daba lugar continuamente a irritantes injusticias. Una buena recomendación bastaba para anular la mejor hoja de servicios. Los oficiales que pertenecían a la alta sociedad tenían asegurada su carrera. Casos hubo en que se implantó un reglamento (…) con el exclusivo objeto de beneficiar a determinadas personas” (Sáez; pp. 33-4).
Respecto de la carencia de industrias, el posterior comandante en jefe del ejército, Mariano Navarrete, señalaba en 1917 que “la defensa nacional requiere el empleo inteligente y acertado de todos los recursos de un país y la implementación de industrias que, junto con satisfacer las exigencias comerciales, incrementando la riqueza privada y del Estado, estén preparadas para suministrar en caso de guerra todo lo que las fuerzas armadas necesitan para mantener su eficiencia” (Varas, Agüero y Bustamante; p. 38).

EL EJERCITO Y LOS CAMBIOS
Incluso, en la revista La Bandera se acogían duras críticas político-sociales como la del capitán Jorge Carmona en julio de 1925, quien condenaba “la desmoralización de las clases ricas (…) la falta de verdadera entereza moral de los poseedores de bienes (…) los abusos del capital o las insolencias de una corrompida o estúpida riqueza” (Arriagada; p. 107); o la del mayor Rafael Pizarro en diciembre de 1923: “Inspirémosnos pues en un socialismo justo, en aquel que persigue una igualdad social más armónica que sin borrar todas las tradiciones de la propiedad privada, de la riqueza, etc., solicite una intervención de parte del Estado hacia aquello que encamine a asegurar la vida, tranquilidad y bienestar del obrero” (Ibid.).
De este modo, la ideologización de nuestro ejército en los valores autoritarios y antisocialistas prusianos, combinada con un creciente malestar por los perjuicios que para el ejército y el país estaba provocando el régimen parlamentarista oligárquico, condujeron a su oficialidad a ser uno de los principales impulsores de las transformaciones nacionales de la década del 20. Esto es, a ser los puntales del establecimiento de un régimen autoritario presidencialista que, junto con ampliar la república exclusivamente oligárquica a los sectores medios y paliar la miseria popular, mantuvo represivamente a estos últimos en una situación de subordinación política y social.
Recordemos que tanto Ibáñez como Alessandri se destacaron por imponer la Constitución de 1925, desechando sus promesas de convocatoria a una Asamblea Constituyente; y felicitaron a los perpetradores de la feroz masacre de La Coruña de comienzos de junio de ese año, que con sus centenares o miles de víctimas (¡que nunca se investigaron siquiera!) se constituyó en la segunda matanza puntual de obreros de nuestra historia patria.

Felipe Portales (*)

(*) Este artículo es parte de una serie que pretende resaltar aspectos o episodios relevantes de nuestra historia que permanecen olvidados. Ellos constituyen elaboraciones extraídas del libro del autor, Los mitos de la democracia chilena, publicado por Editorial Catalonia.

(Publicado en “Punto Final”, edición Nº 843, 18 de diciembre, 2015)

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