Punto Final, Nº 845 – Desde el 22 de enero al 3 de marzo de 2016.
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Lenguaje chileno de ayer y siempre


Se dice que Chile es país de historiadores y poetas; sin embargo poco se ha dicho que somos buenos para la lingüística. Es enorme la cantidad de estudios y la popularidad de los temas sobre el idioma. Incluso especialistas son invitados a matinales u otros programas de TV. Hay que decir que la lingüística (cuando se hace en serio) es una materia compleja. Requiere conocimientos de historia, literatura, fisiología y matemáticas en una única área del conocimiento. Eso por lo menos. Y a los chilenos parece gustarnos.
La explicación puede estar en lo singular de nuestro dialecto. Muchos teóricos (Henríquez Ureña, por ejemplo) al clasificar los diferentes modos del español, dejan a Chile solo, lo que ha conducido a cierto chovinismo.

PIONEROS DE LA LINGÜÍSTICA EN CHILE
Los primeros estudiosos del español de Chile fueron extranjeros. En su intento de entender el país que los recibe, reparan en modismos que son invisibles al nativo. Los trabajos de María Graham y Andrés Bello son sintomáticos. Uno interesante es Zorobabel Rodríguez. Intentando exponer los vicios idiomáticos, dejó un completo registro de su habla. Su Diccionario de chilenismos (1875) contiene formas como “a la mala”, “en las últimas” y “al apa”, incluyendo etimologías y ejemplos. Después vendría un lingüista clave: Rodolfo Lenz. Su historia es interesante.
Era alemán, hablaba con fluidez diez idiomas y nada sabía de Chile hasta que lo contrató el gobierno. Era uno de los jóvenes más talentosos de su época.
Al llegar, se enamoró del mapudungún. Luego de arduo trabajo concluye que las particularidades del habla nacional (“el español ha evolucionado en Chile más que en ninguna nación de la tierra”, decía) surgen de nuestra herencia mapuche. Sus resultados fueron publicados en alemán para no ofender a la elite. Igual, muchos rechazaron su tesis. Hasta hoy la polémica sigue abierta.
Tuvo discípulos desde finales del siglo XIX. Uno de ellos, Julio Vicuña Cifuentes, hizo un aporte fundamental: escribió el primer diccionario coa del que se tenga noticia, allá por 1910. El libro es una auténtica joya. Palabras de uso cotidiano hoy ya existían en 1910, como la construcción “andai…”. Actualmente se dice “andai güeón” o “andai choro”. En ese tiempo se decía “andai grande”. “Cagado” ya significaba mezquino. Al “cuento del tío” le rastrea su origen hasta los tiempos del Cid. Incluso figura “pagar el pato”. Nuestro usual “cabro” (que ya va en retirada) significaba “homosexual pasivo menor de 18 años”. Hay argentinismos, que algunos creen de origen reciente, pero Vicuña los registra: como “guita” o “manyar”. “Cana” también ya se usaba, aunque “archivo” significaba lo mismo.
Hans Ruesch afirma que los esquimales tenían casi 200 palabras para designar el hielo y la nieve. Su ambiente requería esas distinciones. Una revisión estadística del estudio de Vicuña Cifuentes muestra abundancias: la cárcel tiene muchas palabras y también la sodomía. Abundan las relativas a la sexualidad (maraca, matera, etc), a las “herramientas de trabajo” (quisca), a los oficios delictivos, como los especialistas en ganzúas, y las que designan al gendarme (perjuicio, perro, pescado, etc.).

EL HABLA POPULAR
El habla popular es distinta del habla delictual, aunque hay permanentes trasvasijes. El habla popular es común a casi toda la población, aunque a medida que se asciende en la escala social está menos teñido de coa. Algunos ejemplos: “se pensó se hizo”, “no estoy ni ahí”, “aonde la viste”, “como los güeones”, “dar jugo”, “darle color” y otras muchas.
“No estoy ni ahí” es casi filosófica. Según algunos teóricos, la expresión es del repertorio jurídico de los delincuentes. Yo empecé a escucharla a finales de los 80 y nació marcada, al menos en mi casa, por la más severa de las censuras. A pesar de ello, la fui escuchando con creciente regularidad, siempre subterránea, hasta que alcanzó su “carta de ciudadanía” cuando llegó a la televisión. De allí, se esparce a todas las capas sociales, como figura retórica para expresar desinterés.
Su forma es muy curiosa. El “no estar” siempre sorprende. Sobre todo que quien lo dice lo tienes al frente, por lo tanto, “está”. Aun así afirma que no está. Luego agrega “ni ahí”. El “ahí” es un lugar diferente del lugar del hablante. Ergo, desaparece la contradicción anterior. No es que no esté, sino que no está “ahí”. ¿Podría decirse “ni siquiera ahí”? Algunos lo hacen. El análisis podría continuar. Son tremendas sus implicancias ontológicas.
Una expresión de mucho uso en el difícil arte de convencer (y sobre todo de convencer sin esfuerzo) es la expresión “como los güeones”. Si dos sujetos van por la calle y uno quiere convencer al otro de irse en micro, le dice “¡No nos vamos a ir a pata como los güeones!”. Con eso, la discusión queda usualmente zanjada. Porque el otro piensa “Es verdad, poh. Y yo no quiero parecer güeón”. La base del argumento es el temor del otro, el temor casi enfermizo que tienen algunos a ser no solo “güeón”, sino que “como los güeones”, una tribu enorme y homogénea de sujetos quizá babeantes, tipo Ungenio González, el personaje de Condorito. En los colegios, reciben rechazo generalizado. Y él no quiere ser rechazado. “Es muy charcha estar solo” finaliza mentalmente y se sube a la micro.
Las expresiones para el exagerado (“alaraco”) también son variadas. Por ejemplo: “darle color”. En los 80 se usaba “ponerle color”. En el sur, en alguna actividad escolar, recuerdo un baile. Ponían a alguien al medio de un círculo y el resto le cantaba. La letra hablaba de “póngale color” y ahí el niño tenía que hacer una gracia o un esfuerzo extremo. Sería semejante a “ponerle pino”. Ambas culinarias. El “pino” es bien conocido. El “color” o “la color”, no tanto. Se usaba mucho en mi pueblo. Consistía en grasa de cerdo que se aliñaba con “aji de color”. Ese preparado se vendía en todas partes, en bolsas plásticas. Lo usábamos para ponerle al pan (con y sin ají de color), pero también lo usábamos para freír empanadas. “Ponerle color”, era lo máximo en mi pueblo, alejado de la luz televisiva.
La palabra “flaite” es otra de mucho interés. He escuchado varias teorías. La que me parece más creíble es la siguiente: a finales de los 80 llegaron las zapatillas Air Flight, gracias a la popularidad de los basquetbolistas de la NBA. Pero eran carísimas. Ahí surge la imitación “Flight air”, pronunciado “flait-er”. Con el tiempo, a todo aquel que use ropa chillona, pero de marca cara se le conoce como “flaite”. Actualmente, la palabra tiene una connotación amplia.

LAS INFLUENCIAS
Las influencias foráneas son abundantes. Los anglicismos, galicismos, mapuchismos, los germanismos y sobre todo, los argentinismos. La influencia de la península es obvia. Parece que Andalucía toma la delantera. No todos están de acuerdo, pero el “yeísmo” (decir igual “ll” e “y”) y el “seísmo” (decir iguales la “s”, la “z” y la “c”) serían la prueba de esa influencia. También están los andalucismos “emprestar”, “collera” y “morisqueta”.
Los aportes del inglés son diversos y van en crecimiento. El origen de esta influencia es la supremacía, primero, del imperio británico y luego de EE.UU. Doscientos años casi eternos. El idioma inglés tiene una rareza: no posee una Real Academia de la Lengua, por lo tanto no hay un órgano encargado de mantener la cohesión idiomática, por lo tanto recibe importaciones con pocos complejos. Palabras como “ketchup” o “parka”, que hemos tomado del inglés, se originan en lenguas aborígenes. En Chile la influencia no es solo referida a las palabras, también a la pronunciación. Si algo caracteriza a la elite chilena es su forma afectada de pronunciar: “la papa en la boca”, que le llaman. Es la misma sonoridad que posee el inglés británico. A los argentinos les pasó algo parecido con Italia.
Respecto de los aportes indígenas, Lenz hace un estudio en su libro Los elementos indios del castellano de Chile, aunque Domeyko, Rugendas, Gay y Darwin ya habían hecho anotaciones al respecto. Deja registradas varias palabras interesantes como “curcuncho”, “combo” y “challa”. Y muchísimas para designar terremotos. Su gran conclusión es que la forma popular de pronunciar el español nos viene de allí. Eso explicaría el abrupto cambio de pronunciación entre los que se hallan “sobre la cota mil” (inmigrantes europeos) y los que se hallan fuera (población nativa). Un ejemplo son las estigmatizaciones asociadas a la “ch”, tema que ya anotaba Lenz.

NUESTRA ESENCIA
Los lenguajes siempre son expresiones de la cultura. Como decía Borges, aprender un idioma es aprender una cultura y con ello un sistema de ideas. ¿Qué ideas básicas hay en Chile? Muchos han intentado responder esa cuestión, en todas las épocas.
En los tiempos del chileno “apocado” (en los 80) el habla abundaba en diminutivos. Ahora, parece que lo que abunda, según la lingüista Juana Puga, es la “atenuación”. Como somos malos diciendo las cosas de frente, cuando no queda otra, lo hacemos atenuando la realidad. Por ejemplo: “Jorge se anduvo como curando”. Y eso significa que el sujeto se emborrachó. También se usan: “Es como medio lento”, “Estoy como enfermo”, etc. Otro dato: tenemos la menor cantidad de amigos del continente. Nos comunicamos menos cara a cara y así nuestra evolución está marcada por cierta soledad. La excesiva carga de trabajo, qué duda cabe, influye en nuestra soledad.
Pero según mi propia observación, en las poblaciones la atenuación es menos usual. Allí nadie atenúa. Si el tipo se emborracha, se le dice “diste cualquier jugo”. El mundo de los vendedores ambulantes, el de los feriantes, el mundo (interminable) de los talleres de 10 de Julio, el mundo de las canchas de barrio o el mundo de las cárceles, todos son escasos en atenuación. La atenuación es una costumbre de las clases medias.
Seguramente, y para desconsuelo de muchos, en nuestra esencia está el gusto por lo anglo. Seguirán utilizándose expresiones foráneas para designar conceptos para los que ya tenemos palabras. Los comerciales de radio y TV serán cada día más bilingües.

Ricardo Chamorro

(Publicado en “Punto Final”, edición Nº 845, 22 de enero 2016)

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