Punto Final, Nº 846 – Desde el 4 al 17 de marzo de 2016.
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La ideología del matinal


A la confusión creada por los medios de comunicación corporativos -mecanismos multifacéticos para la consolidación del conformismo, reforzamiento de la alienación y órganos de difusión del pensamiento y la cultura neoliberal-, se añade una nueva función: referentes políticos. La agenda pública de los últimos dos años, aun cuando en rigor es la histórica de las dos últimas décadas, está modelada y direccionada por los grandes medios escritos y audiovisuales. Su objetivo: ser muro de contención de la institucionalidad dictatorial, cuyo triunfo se expresa en estos días en el rotundo fracaso de las reformas de la Nueva Mayoría.
La agenda pública y política está elaborada sobre apariencias. La deriva del gobierno de Michelle Bachelet se emparenta con las caídas y retrocesos de las izquierdas y progresismos en el resto de Latinoamérica, procesos calificados desde el duopolio Copesa-El Mercurio como el término de un ciclo regional que necesariamente dará continuidad y expansión, cual manifestación de la naturaleza económica capitalista, a la agenda política empresarial. Aunque en Chile las reformas nunca se plantearon ni alcanzaron la profundidad de aquellas políticas más inclusivas y postneoliberales desplegadas desde Argentina a Venezuela, la realidad mediatizada sí las asimiló como intentos para destruir los mercados.
Vale mencionar que el fracaso del programa de la Nueva Mayoría, causado tanto por los obstáculos comunicacionales levantados por los intereses conservadores a través de estos medios así como por los intereses cruzados y la falta de convicción y voluntad política del gobierno y sus acólitos, es ciertamente una realidad que no necesitó de la amplificación y el sesgo de esta prensa. En cualquier caso, el trabajo de los dueños del capital, de los oficiantes del libre mercado y su periodismo amaestrado ha dado sus frutos. Lo que queda es un gobierno paralizado al cual le restan aún dos años. Sin propuestas propias, la única salida que encuentra es sumarse al discurso mediático dominante, que corea junto a las cúpulas empresariales y sus asalariados en el Congreso.
La deriva circular del gobierno sigue enganchada al estallido simultáneo y ampliado de numerosas pústulas de corrupción empresarial y política. Un efecto extenso y ubicuo de la institucionalidad defendida a rajatabla desde esos púlpitos periodísticos que tienen como cometido filtrar y a la vez confundir. Si la corrupción empresarial son “casos aislados”, la política es el empate. La prensa del duopolio, al asumir su función de referente político, entra en la arena de combate tergiversando la realidad en operaciones editoriales diarias propias de campañas electorales.
La corrupción pasa hoy a la escena pública como parte de la sociedad del espectáculo. Lugar común, expresión abusada y manoseada, objeto de rutina de comediante en escenarios estelares de alto rating, la corrupción se despliega como hecho habitual y naturalizado. La indignación inicial muta por exceso y sobrepeso en desencanto, parálisis, aceptación y conformismo. En este trasiego, desgastado por todas las saturaciones objetivas y posibles, finalmente se le asume, hasta con humor, como parte de otros males, desde la desigualdad, los abusos, la humanidad misma. Un saco sin fondo revuelto y confuso en el cual el individualismo y otras consignas del mercado desregulado se levantan como salidas. Un espacio de combate donde te rascas con tus propias uñas y desconfías de todos. En el mundo de la corrupción, la cultura neoliberal, de zona franca, del todos contra todos, resulta triunfante. Una ideología tan liviana y vacía como el contenido de un matinal de televisión.
Con este trabajo ya hecho, con la cancha apisonada de tanta escoria, durante este verano el mismo duopolio ha venido sondeando propuestas como parte de su campaña. El momento ha sido para antiguos notables de la política, erguidos por estos medios en oráculos estadistas, que bajo esta mirada periodística unen los artificiales polos Derecha-Nueva Mayoría. Desde allí, la restauración sobre el anhelado consenso de la transición. Y en este estado de cosas, de aplanamiento político, cualquier propuesta aparece como carnada en un río revuelto. Que durante este verano figuras como Ricardo Lagos, José Miguel Insulza o José Antonio Viera-Gallo hayan subido al escenario, da una clara señal de la apuesta del duopolio.

Paul Walder

(Publicado en “Punto Final”, edición Nº 846, 4 de marzo 2016)

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