Punto Final, Nº 846 – Desde el 4 al 17 de marzo de 2016.
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Racismo y antisemitismo en la derecha chilena

 

En el marco de sus concepciones antidemocráticas, la derecha chilena ha tenido históricamente visiones racistas de la Humanidad. Esto fue especialmente visible en los años 30 del siglo pasado, que se caracterizaron a nivel mundial como de eclosión de pensamientos discriminatorios.
Reveladoramente, quien se distinguió en esta materia fue el zar de las finanzas del gobierno de Arturo Alessandri Palma y candidato presidencial de la derecha en 1938, Gustavo Ross Santa María, quien unía un feroz clasismo y racismo. Así, al descalificar la idea de establecer un salario mínimo, ¡aduciendo que los trabajadores chilenos eran culturalmente incapaces de utilizar una remuneración más elevada si no era en alcohol!, agregaba: “Hay una experiencia notable hecha en los pueblos del norte de Africa, de raza hermana de los del sur de España, que colonizaron nuestras Américas. No se logró con aumentos de salario un mayor trabajo ni un mejor standard de vida. Todo se iba en flojera, proporcional al mejor salario, y en vicios usuales. Entonces los gobiernos metropolitanos acudieron al látigo: fuertes impuestos, salarios mínimos, necesidades a la vista. Esto ha traído ese formidable norte de Africa actual (…) El remedio estaría en poder gastar mil millones de pesos en una tupida inmigración blanca. Se habla de la escuela. Palabras, sermones, ideas. Poco adentran en la vida. Se necesita una medida biológica: traer trabajadores de costumbres recias y eficaces, y entroncarlos -en el trabajo, en la sangre- con este pueblo que tan excelentes cualidades tiene por otra parte” (El Mercurio; 7-6-1935).
Peor aún, el generalísimo de su campaña, el liberal Ladislao Errázuriz Lazcano, poco antes de la elección cuestionaba “un proletariado listo para devorar a su propia prole en su furia enceguecida” y “una clase social que no se caracteriza por función elevada alguna del espíritu (…), pero en cambio blasona del instinto animal de la reproducción. No es el tigre, el chacal o la hiena, que respeta a sus congéneres (…) sino un ser monstruoso, que escapara a la imaginación de Dante para hacer más tétrico su infierno, y que soporta nuestro siglo como la peor de sus pruebas” (Gonzalo Vial. Historia de Chile (1891-1973), Volumen V, De la República Socialista al Frente Popular (1931-1938); Edit. Zig-Zag, 2001; p. 558).
Asimismo, el ex intendente de Santiago (1921-1927), Alberto Mackenna Subercaseaux, señalaba que “para fundar nuestro futuro desarrollo sobre bases sólidas, debemos inyectar en nuestro organismo nacional la sangre de razas superiores (…) introduciendo el abono fecundante de buenas razas europeas” (El Mercurio; 8-4-1928).
Por cierto dicho racismo se orientaba especialmente a nuestros pueblos indígenas. Así, el ex canciller Ernesto Barros Jarpa expresaba: “Nuestros cuatro millones y medio de habitantes, con la excepción de un núcleo infinitesimal de población indígena, son todos de raza blanca, y nuestra civilización ha sido comparada favorablemente con las grandes potencias del mundo en lo que dice relación con el desarrollo económico y cultural” (Joaquín Fermandois. Abismo y cimiento. Gustavo Ross y las relaciones entre Chile y Estados Unidos 1932-1938; Universidad Católica de Chile, 1997; p. 163).

NEGROS, ARABES E INDIOS
Más notable era el hecho que también los negros, árabes e indios fuesen considerados absolutamente inferiores. Chocante expresión de ello fue la primera plana casi completa de un ejemplar de El Mercurio de marzo de 1930 que reproducía un artículo de un doctor (Isidoro Egozgue), titulado: “¿Podrán los negros llegar a ser blancos?”. Este se refería al “descubrimiento sorprendente” de un “sabio francés” (el doctor Smol), gracias al cual sería posible “de ahora en adelante, modificar la pigmentación de la epidermis, esto es, dar a la cara de un hombre o mujer de tipo hindú (sic), árabe o indio, la carnación rosa y viva de un europeo. En el fondo, nada es tan aflictivo como el espectáculo desolador de la desigualdad nativa de los hombres. Tal rajah hindú, sea el más rico del mundo, reinando sobre millones de vasallos, será siempre entre los blancos un hombre de segunda zona (sic), constantemente expuesto a observaciones desagradables o discretamente irónicas. Haga lo que haga, nadie lo tomará realmente en serio” (2-3-1930).
Además, El Mercurio reseñaba el artículo señalando que “la gente de color negro que tanto desprecio ha debido soportar, podría, según las teorías que aparecen en este artículo, hacer desaparecer de su cuerpo el fatídico color hasta obtener una piel completamente blanca”. Asimismo, luego del artículo agregaba: “Los lectores que deseen comunicarse con el doctor Smol, pueden escribirle a su consulta, 53, rue de Monceau, París” (Ibid.).
Este racismo se expresaba igualmente en la Cámara de Diputados. Así, frente a las expresiones del diputado César Godoy que hacía mención a las tropas africanas, italianas, alemanas y portuguesas que habían ayudado a Franco en la guerra civil española, el diputado conservador Julio Pereira le contestó: “Si hubieran sido africanos, habría estado usted allá”. A lo que Godoy le replicó: “En esta interrupción está retratado de cuerpo entero el clásico pijecito, quien no ve en estas luchas ya ni siquiera una cuestión social, sino de pigmentos. A juicio de él, los que no tenemos sangre azul ni nacimos en cuna de oro no somos dignos de estar aquí” (Boletín de Sesiones de la Cámara de Diputados; 4-4-1939).
Pero sobre todo, la derecha expresó en la época un fuerte antisemitismo con connotaciones ideológicas similares a las del fascismo. De este modo, El Mercurio acogió un largo artículo de José Miguel Echenique Gandarillas (“Semitas y Antisemitas”) que defendía el antisemitismo concluyendo que aquel no se justificaba en el odio a la religión judía, sino a que “el cristiano (…) le teme porque la Historia no es favorable para la raza (judía) cuando se consignan en ella los hechos ejecutados por algunos de sus hijos cuando intentan llegar a la dominación de los pueblos. En la revolución española han aparecido judíos entre los peores elementos de la destrucción y han sido los hijos de los antiguos conversos los organizadores, más o menos ocultos, de la caída del régimen anterior (la Monarquía)” (19-7-1936).
Además, en dicho artículo se agregaba: “La ciencia moderna enseña a los gobernantes a proteger el trabajo (…) contra la explotación del parasitario que vive comerciando con el trabajo ajeno. Ese es el secreto de la unidad alemana y de la unidad italiana (…) Debemos deplorar que las democracias hayan abandonado ese camino amplio para continuar vegetando en los pantanos del parlamentarismo y del sufragio universal. Los Reyes Católicos fueron los antecesores de Mussolini y de los pocos gobiernos fuertes y respetuosos del interés nacional de nuestra desgraciada época. El antisemitismo no tiene el carácter de las guerras religiosas del siglo XVI; es una lucha económica que ha sido calificada de previsora en los países en que ha tomado cuerpo para detener el dominio de los judíos en la banca, en la industria pasiva (sic) y en el comercio” (Ibid.).
Por otro lado, La Revista Católica (entonces ultraconservadora) planteaba: “Todo el mundo sabe que los judíos forman una raza internacional, que tienen su religión peculiar que niega la mesianidad y la divinidad de Jesucristo y sueña con su Mesías temporal y poderoso que les ha de dar el imperio del mundo (…) Todo el mundo sabe finalmente que bajo secretos juramentados dirigen su política para alcanzar su predominio sobre todos los países y borrar la civilización cristiana (…) Habría que ser selenitas para no ver que los jefes de las Repúblicas Soviéticas son judíos, para no advertir que las logias del mundo masónico son los vigilados instrumentos del judaísmo, que los grandes banqueros, que las empresas cablegráficas, que la gran prensa europea y norteamericana, en fin, tienen el sello de estos ricos y astutos circuncisos. Entre nosotros su colonia crece día a día: tienen su periódico Mundo Judío, tienen su federación sionista y sus congresos; tienen sinagogas y un Instituto Hebreo subvencionado por el Estado” (24-10-1936).
En otro artículo la misma revista señalaba: “Como en España, estamos también nosotros amenazados de comunismo. No nos echemos tierra a los ojos; las doctrinas marxistas desde hace tiempo se han infiltrado en el pueblo urbano y rural por la prensa y las escuelas primarias; en las grandes ciudades especialmente por el teatro, las asambleas, las revistas judías y soviéticas y por las concomitancias políticas de los partidos llamados también aquí ‘frente popular’” (La Revista Católica; 8-8-1936).
También en la Cámara de Diputados -reveladoramente en un debate con alusiones a España- surgieron expresiones derechistas antisemitas. Así, luego que Marcos Chamudes (comunista, de origen judío) dijera que la oligarquía chilena podría aceptar ayuda extranjera, como Franco; el diputado liberal Eduardo Moore le señaló: “Su Señoría sabe que a Chile difícilmente vienen extranjeros. Llegan a veces emigrantes judíos, y como Su Señoría sabe, no son valientes”. A lo que Chamudes replicó: “Los judíos han tenido una destacada actuación en la historia del país y sus descendientes se encuentran entre la propia aristocracia chilena”. Y Moore contrarreplicó: “Claro, si es gente muy activa, gente muy entrometida” (Boletín de la Cámara; 9-9-1938).

VETANDO A LOS JUDIOS
A su vez, en el Senado, el conservador Maximiano Errázuriz Valdés, se manifestó en contra de la entrada de judíos a Chile, pese a la abierta persecución que sufrían de Hitler: “Hablando de los judíos (…) debo declarar que siempre he hecho profesión de combatir el antisemitismo” y que “condeno de todo corazón el cruel tratamiento que hoy reciben en Alemania”; para agregar acto seguido que se oponía a la entrada de más judíos a Chile porque “son los judíos mismos quienes se encargan de crear problemas ahí donde previamente no los hay” y que “me alarma que puedan llegar en número excesivo, y que con el andar de los años pueda esto llegar a convertirse en el serio problema que hoy existe en otros países” (Boletín del Senado; 12-7-1938).
A este respecto, la derecha chilena no solo mostró indiferencia frente a la creciente persecución nazi, sino que además no enfrió en absoluto su entusiasmo por el nazi-fascismo. De partida, ni sus partidos políticos ni su prensa efectuaron la menor crítica a las discriminatorias Leyes de Nuremberg, aprobadas por el régimen nazi el 15 de septiembre de 1935. Por medio de ellas se privó a los judíos de la ciudadanía alemana convirtiéndolos en súbditos; se les prohibió casarse con no judíos, así como tener empleadas de hogar “arias” de menos de 35 años.
Peor fue su reacción frente a la tristemente célebre “noche de los cristales rotos” del 9 de noviembre de 1938. En ella se destruyeron casi todas las sinagogas de Alemania y Austria y más de 7.000 comercios de judíos. Además, se mató a casi un centenar de ellos. Y comenzó la última fase de deportaciones, internaciones en campos, despojos y prohibiciones previas a la “solución final”, decretada a comienzos de 1942.

A FAVOR DE LOS NAZIS
La reacción mundial ante tales atrocidades fue de indignación, incluyendo duras reacciones de los gobiernos de Estados Unidos y Gran Bretaña y de la generalidad de la prensa internacional, incluyendo los medios chilenos de centro y de Izquierda. En cambio, El Mercurio demoró más de diez días en señalar débilmente que “el Estado alemán tiene el derecho de proceder dentro de su territorio a gobernarse como más le acomode; pero lo que ocurre es doloroso desde un punto de vista humano y lamentable en el interés de la armonía internacional que haya surgido este nuevo motivo de discordia y dificultades. El respeto a la persona humana es fundamento y esencia de la civilización. A esto no se le puede tocar sin despertar protestas”. Pero lo peor fue que, pese a manifestarse contrario a “la expulsión en masa de grupos de hombres (…) por el mero hecho de pertenecer a una clasificación de raza”; ¡reconoció el “derecho” del gobierno nazi a seguir cometiendo la barbarie de deportar a toda su población de origen judío!: “Las razones que han inducido a las autoridades del Reich a adoptar medidas para expulsar de su territorio a los miembros de esa raza no son discutidas porque pertenecen al derecho que cada nación tiene de dictar sus leyes y administrar sus intereses como mejor le plazca” (El Mercurio; 22-11-1938).
Más tarde -el 25 de noviembre- , y ni siquiera como opinión editorial, apareció un artículo en El Diario Ilustrado (suscrito por H.) en que se señalaba aprobatoriamente que “aunque nosotros no lo comprendemos, es posible que en Alemania pueda existir un grave problema judío, y es explicable que su gobierno quiera darle a este problema una solución satisfactoria para los intereses de la nacionalidad”. Y al igual que El Mercurio ¡le reconoció también su “derecho” a deportar a los judíos, criticando solo su método!: “En último término, debemos convenir en que se trata de un problema propio de una nacionalidad con amplia independencia para marcarse sus propios destinos y, por ende, autorizada para darle el giro que más le acomode a sus cuestiones internas” (25-11-1938).
Por último, es importante señalar que solo dos parlamentarios de derecha (Rafael Luis Gumucio y Edmundo Fuenzalida Espinoza) se integraron a los 75 del Congreso Nacional que enviaron a Hitler una comunicación de protesta “por la trágica persecución de que se hace víctima al pueblo judío en ese país” (La Opinión; 27-11-1938).
 
Felipe Portales (*)

(*) Este artículo es parte de una serie que pretende resaltar aspectos o episodios relevantes de nuestra historia que permanecen olvidados. Ellos constituyen elaboraciones extraídas del libro del autor, Los mitos de la democracia chilena, publicado por Editorial Catalonia.

(Publicado en “Punto Final”, edición Nº 846, 4 de marzo 2016)

 

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