Punto Final,Nº 849 – Desde el 15 al 28 de abril de 2016.
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La batalla de Stalingrado


La batalla de Stalingrado, considerada la más importante de la segunda guerra mundial, lo es tanto por su importancia estratégica como por haber sido la primera gran derrota de las fuerzas invasoras nazis, que parecían invencibles y habían invadido la Unión Soviética. Comenzó a mediados de 1942 y terminó a comienzos del año siguiente con la rendición incondicional de las fuerzas invasoras. Más de noventa mil prisioneros alemanes fueron mostrados en filas interminables por las mismas calles en que habían desfilado orgullosos e implacables. Stalingrado fue el comienzo del derrumbe del poderío nazi.
Después hubo crecientes victorias soviéticas: la batalla de Kursk, la liberación de Kiev, la de Jarkov, Rostov, Odessa y Sebastopol, y la expulsión de los nazis del Cáucaso. A mediados de 1944, las fuerzas soviéticas controlaban Rumania, habían liberado Bulgaria y los soldados rusos junto a los guerrilleros de Tito habían entrado a Belgrado, mientras el resto del país era liberado por los yugoslavos con sus propias fuerzas. Desde Varsovia y Prusia se avizoraba el camino a Berlín.
No había pasado mucho tiempo desde el comienzo de la invasión nazi a la Unión Soviética. Fue el 22 de junio, a las 3. 15 de la madrugada, cuando comenzó la Operación Barbarroja con 118 divisiones, cerca de tres millones de hombres, apoyados por miles de tanques y aviones, cañones autopropulsados, ametralladoras y morteros desplegados en un frente de mil kilómetros. No hubo declaración de guerra. Dos generales famosos, Geinz Guderian, a cargo de los blindados y Walther von Brauchitsch, jefe de la infantería, garantizaban el éxito.
Las columnas invasoras se lanzaron en tres direcciones: una hacia el norte, enfilada a Leningrado, las costas del Báltico y la zona fronteriza con Finlandia. La columna del centro debía conquistar Moscú antes del invierno y una tercera, marchaba hacia el sur con Kiev, Odessa, Sebastopol y el Mar Negro en la mira. Era la guerra que Hitler consideraba indispensable para sus planes de dominación mundial, la culminación de un sueño en que se mezclaba un ingrediente racial -la consideración de los eslavos, y especialmente los rusos, como inferiores-, con el anticomunismo y también con una supuesta exigencia geopolítica: Alemania necesitaba “espacio vital” para una población que desbordaba sus límites. Se contemplaba incluso la eliminación de decenas de millones de rusos dejando solamente unos catorce millones de eslavos para que sirvieran a los alemanes conquistadores.
Eso explica también la ferocidad de los invasores que eliminaban a niños y mujeres. Hitler confiaba en que la URSS se derrumbaría con los primeros golpes. Hasta Stalin parecía confundido. Se dice que no había creído los informes de inteligencia que fijaban con precisión la fecha de la invasión. Pesaba también la represión que pocos años antes había conmocionado al Partido Comunista y en 1937 había purgado a miles de oficiales militares.
Las cosas fueron distintas. Desde el principio la invasión mostró debilidades que esbozaban un fracaso que arrastraría a Hitler y a Alemania y sus aliados. Desde el primer momento, y a pesar de la sorpresa, la resistencia soviética fue sorprendente. Soldados y civiles cerraron filas detrás del gobierno, el Partido Comunista y las organizaciones sociales. Después de la guerra, un ex general nazi, E. Buttlar, escribió “…ya en los primeros días de combate las tropas alemanes sufrieron tales pérdidas en hombres y en técnica que eran superiores a las conocidas por nosotros en las campañas de Polonia y Occidente. Era totalmente evidente que la forma de realizar las operaciones militares y el espíritu combativo del enemigo no se parecían en nada al que los alemanes habían encontrado en las guerras relámpago precedentes”.

RESISTENCIA SOVIETICA
A comienzos de diciembre, no había caído Leningrado y se aprestaba a resistir un sitio que duraría 900 días y en que murieron cientos de miles de personas. Moscú, con Zhukov, comandante de las tropas, y Stalin a la cabeza del gobierno, resistió con vigor a las fuerzas nazis que llegaron a pocos kilómetros de la capital. Conjuraron el peligro y pasaron a la ofensiva. Decenas de miles de soldados nazis hechos prisioneros debieron marchar por las calles de Moscú, las mismas por las que habían esperado desfilar triunfantes. En el sur, conquistado Kiev por los invasores, en Crimea luchaba todavía Sebastopol. Las pérdidas fueron enormes para las fuerzas nazis que contaban con apoyo de divisiones húngaras, rumanas e italianas. Al 5 de diciembre, la Werhmacht había perdido 750 mil hombres, casi la cuarta parte de la fuerza desplegada cuando comenzó la invasión. Hitler decidió entonces asumir personalmente el mando militar. Los generales estrella fueron reemplazados.
Desde el primer momento, la invasión encontró dificultades. La principal, la enorme resistencia que oponían los rusos y los soviéticos en general movilizados por auténtico patriotismo. Bajo el liderazgo de José Stalin y el Partido Comunista de la Unión Soviética el pueblo se movilizó, con los comunistas en la vanguardia entre los trabajadores, y a través de los comisarios políticos en las fuerzas armadas. Los soldados y oficiales pasadas las primeras semanas de confusión provocada por lo sorpresivo de la invasión y su ferocidad, resistían hasta la muerte antes de rendirse. Los nazis parecían decididos a exterminar a los rusos, lo que aumentaba la dureza de la lucha que se extendía desde el Mar Negro hasta el Báltico y los lagos que protegían Leningrado.
La derrota ante Moscú y la estabilización ante Leningrado volvieron la mirada hacia el sur, donde resistía Sebastopol. Se pensó en una movida estratégica para abrirse paso hacia al petróleo, controlando las desembocaduras de los ríos Don y Volga, conquistando el Cáucaso e Irán y avanzando hacia la India, parte todavía del Imperio británico. No fue una operación fácil. Por todas partes aparecía la resistencia de las tropas soviéticas y la acción de los guerrilleros detrás de las líneas alemanas.
Un serio obstáculo era Stalingrado, una ciudad de casi un millón de habitantes con refinerías de petróleo, una fábrica de tractores y diversos complejos industriales. Luego de encarnizados combates, la ciudad quedó rodeada casi totalmente. En la orilla del Volga, que enfrentaba a la ciudad, al otro lado del río se mantenía una numerosa fuerza militar soviética conectada con un ejército que se preparaba para la lucha y entretanto sostenía a los sitiados con armas, municiones, alimentos, medicinas y combustible despachados desde la orilla. La ciudad estaba virtualmente destruida y se luchaba entre sus ruinas. En el invierno los combatientes se refugiaban en los sótanos en que muchas veces quedaban separados del enemigo por un piso o sólo por una pared. Era “una guerra de ratas” en que los francotiradores rusos, que eran fusileros de precisión, hacían blanco en oficiales y otros elementos valiosos de las fuerzas nazis en medio de las ruinas. Calificada como “guerra de ratas”, la lucha se hacía por momentos insoportables. La aviación nazi bombardeaba las ruinas, la población civil sobrevivía entre los escombros.

HEROISMO DE STALINGRADO
En la batalla de Stalingrado hubo dos etapas. Una de defensa, entre el 17 de julio de 1942, que tuvo su punto máximo el 23 de agosto cuando los nazis cerraron el cerco a la ciudad que solo pasó a tener comunicación con la otra orilla del Volga, hasta el 19 de noviembre del mismo año. Una segunda etapa de ofensiva fue desde ese 19 de noviembre hasta el 2 de febrero de 1943, que selló el triunfo de las tropas soviéticas. En la batalla participaron aproximadamente dos millones de soldados, uno por cada bando. Las tropas alemanas estuvieron a cargo del general Friedrich von Paulus y las soviéticas del general Eriómenko, dependiente del mariscal Zhukov.
Años después, Eriómenko escribía: “Muchos sufrimientos tuvimos que soportar en la guerra pasada pero lo que vivimos el 23 de agosto nos dejó estupefactos, como una pesadilla horrorosa. Sin tregua alguna, por doquier se levantaban columnas de humo y fuego causadas por la explosión de bombas. En la zona donde se encontraban los depósitos de petróleo, enormes llamaradas se elevaban hacia el cielo y arrojaban sobre la ciudad un mar de fuego y de humo acre y amargo. Torrentes de petróleo y de gasolina en llamas corrían hacia el Volga, en la rada de Stalingrado ardían la superficie del río y los barcos, el asfalto de las calles y aceras humeaba con un olor fétido y los postes telegráficos se inflamaban al instante como fósforos (…) Un ruido espantoso e inconcebible parecía reventar los oídos (…) El sonido de las bombas que caían se mezclaba con el ruido estridente de las explosiones y de los edificios que se derrumbaban con el crepitar del fuego abrasador. En este caos de sonidos se oían claramente los gemidos y maldiciones de los que morían, el llanto y las llamadas de socorro de los niños y los sollozos de las mujeres. El corazón se oprimía de compasión hacia las víctimas inocentes de la barbarie fascista”.
A partir del 19 de noviembre de 1942 comenzó la fase final, que culminó cuando el 2 de febrero de 1943 tropas soviéticas que venían del norte y del sur se encontraron para cerrar el cerco a un contingente de más de trescientos mil soldados nazis que quedaron expuestos a bombardeos aéreos, fuego de tanques y artillería, sin alimentos, combustibles ni atención médica, lo que los llevó a rendirse. El mariscal von Paulus, miles de oficiales y 90 mil sobrevivientes pasaron a ser prisioneros de guerra.
La intensidad de la ofensiva de los alemanes, hizo que el propio Stalin hiciera un llamado a “No dar un paso atrás” que significaría “nuestra muerte y la destrucción de la patria”. Se preguntaba: “¿Estamos en condiciones de aguantar el golpe y rechazar luego al enemigo hacia el oeste?”. Y respondía. “Sí, estamos en condiciones porque nuestras fábricas y empresas en la retaguardia están trabajando ahora perfectamente y nuestro frente recibe más aviones, tanques, piezas de artillería, cañones y morteros”. Y agregaba: “¿Qué nos falta? Nos falta orden y disciplina (…) Esa es actualmente nuestra deficiencia principal que debe ser solucionada”. Concluyendo: “De aquí en adelante la ley férrea de la disciplina para cada comandante, soldado y comisario político debe ser la exigencia: ni un paso atrás sin la orden del mando superior”.
La batalla de Stalingrado pasó a la historia por haber sido la primera gran batalla en que los nazis fueron derrotados. Igualmente porque con ella se produjo un giro estratégico en que quedó claro que la guerra se definiría en el Este, lo que apresuró la apertura del “segundo frente” con el desembarco anglo-norteamericano en Normandía en 1944.

HERNAN SOTO

 

(Publicado en “Punto Final”, edición Nº 849, 15 de abril 2016)

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