Punto Final,Nº 852 – Desde el 27 de mayo al 9 de junio de 2016.
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Ciudad negada

 


Plaza de Armas de Santiago, 1850, con la torre de la Iglesia de la Compañía al fondo.

 



Las ciudades guardan residuos de otras épocas. No son lo mismo los generados por El Golf que los de calle Huérfanos. El tiempo pasa distinto para cada sector y sus residuos son muy desiguales, enterrados, reducidos a polvo o desapareciendo para siempre. Esto lo estudia la arqueología, y esa ciencia está haciendo descubrimientos en Chile. Descubrimientos sin divulgación, que alguien achacará a nuestra poca cultura. Pero hay otros motivos. Uno es la ideología de la superioridad del hombre blanco y la vergüenza de que nuestra sangre tenga vestigios indígenas.
La versión oficial afirma que Santiago fue fundada en 1541 por Pedro de Valdivia. Los españoles eran particularmente expansionistas. Acababan de expulsar a los moros, en una guerra que les tomó siete siglos y con el reciente descubrimiento de América, el sentimiento hispano generalizado era de superioridad religiosa y militar.
Sin embargo, la versión oficial es falsa. En 2011 ocurrió una revolución arqueológica (de la que informó el diario chino La Gran Epoca: acá no salió) que mostró una versión distinta. Ya existía una ciudad a la llegada de los europeos. 
Hay evidencias de esa ciudad en toda la cuenca. Desde principios del siglo XX empezaron a encontrarse restos. Uno de los primeros en dejar constancia de ello fue José Toribio Medina, célebre intelectual de principios del siglo XX. También investigó Ricardo Latcham, quien usó material extraído de la construcción de la primera red de alcantarillado de Santiago en 1908, en los alrededores de la catedral. Latcham sugirió presencia incaica. Pero eran restos escasos y ante el silencio de los cronistas, la ciudad anterior ni siquiera entró en la categoría de hipótesis.
Con el correr de las décadas, los hallazgos se empezaron a hacer más frecuentes. Por ejemplo, en los terrenos del Museo Precolombino y de la sucursal del First National Bank, ambos en calle Bandera. Y nuevamente bajo la catedral. En 2010 se excavó la cripta hallando la increíble cantidad de 10.514 fragmentos cerámicos. También se halló un cementerio bajo la Clínica de la Universidad Católica. Nuevos restos aparecieron en Quinta Normal, en diversos sectores de Ñuñoa, en La Reina, Peñalolén y, de pronto, hallazgos por doquier y muchos en el centro de la capital. La fiebre constructiva de los últimos años ha tenido mucha influencia, pero también el trabajo de investigadores (sobre todo, Rubén Stehberg) que han defendido esta conclusión: había un importante centro a los pies del cerro Huelén, con todas las exigencias de la cosmovisión incaica, incluyendo construcciones, obras viales y de regadío. Esa ciudad habría sido una imagen reducida del Cusco. Y tenía conexiones con asentamientos en toda la cuenca.
Una parte importante de esta red era el pucará de Chena. Desde muy antiguo se sabe que en la cumbre de ese cerro existió una construcción incaica. La cita un cronista en 1579, y luego José Toribio Medina. Fue olvidada hasta 1957, cuando Richard Schaebel inició un amplio trabajo de prospección. Desde siempre se consideró que se trataba de una fortaleza o pucará. Sin embargo Rubén Stehberg sorprendió con un importante descubrimiento: no fue pucará sino waka. Lo que pudiese parecer una precisión semántica, es muy relevante. El pucará es una estructura militar, en tanto que la waka era un centro ceremonial y astronómico. Y con forma de puma, por añadidura. Lo del puma es interesante: es la misma forma que tiene la ciudad del Cusco. Por lo tanto, los incas no tenían propósitos militares en ese cerro sino objetivos religiosos.
Es interesante constatar que la actual calle San Diego ya existía y tenía una función clave: era el camino para llegar desde la ciudad incaica hasta el cerro Chena y para internarse en los territorios más allá del Maipo, donde habitaban los feroces promaucaes. Hasta el siglo XVIII a la calle San Diego se le conoció como Camino de la Frontera y hasta bien entrado el siglo XX siguió siendo la salida sur de Santiago.

HABITANTES DE SANTIAGO
Descubrir una ciudad lleva a preguntar por sus constructores y antiguos habitantes. La historia ha logrado reconstruirse hasta el 200 a.C. aproximadamente. Eran los tiempos de la llamada cultura El Bato, quienes, hasta donde se sabe, provenían de Brasil. Por esa época en Europa ya se había producido el ascenso de Roma, las guerras púnicas estaban en su apogeo y Alejandro Magno era un recuerdo. Los bato habrían sido cazadores y recolectores, casi sin señales de trabajo agrícola, aunque con una cerámica bastante fina.
En el 400 d.C. llegan otros habitantes que a falta de un nombre mejor se les llama “llolleo”, por el lugar de origen de los primeros hallazgos. Trabajaban la agricultura y poseían una cerámica anaranjada muy característica. Pero sin duda el quiebre más radical se produce con la llegada de un nuevo pueblo, alrededor del año 900 d.C., los aconcagua. Tenían un precario sistema de símbolos escritos y un idioma que fue sobrepasado por el mapudungún, la lingua franca de la época. 
Pero llegan los invasores del norte: los incas. Empiezan una campaña de dominio desde 1470 aproximadamente. Parece que fue una guerra larga y cruenta. Algunos historiadores hablan de ejércitos de cien mil soldados para sojuzgar el valle de Santiago, cosa que lograron con esfuerzo y no de manera completa. Una de las técnicas empleadas por los incas fue la deportación masiva. Muchos aconcagua fueron a dar al Cusco o a otras zonas del imperio.
Cuando llegó Diego de Almagro con su expedición los líderes notables eran Michimalonko, Tanjalonko, Talacanta y Butacura. Hasta donde se sabe, los jefes aconcagua de mayor rango eran Michimalonko y Tanjalonko. El primero era jefe de las zonas al norte del Mapocho, el segundo era jefe de las tierras al sur, hasta el río Maipo. Las tierras de Tanjalonko tenían el nombre de Quillota y abarcaban hasta la zona costera. Un hecho destacable es que las cerámicas del norte se hallaban muy influidas por la cultura diaguita e inca, en cambio la cerámica del sur se había mantenido fiel a la tradición aconcagua.
A los líderes anteriores se unía Quilacanta, funcionario inca, una especie de gobernador cuyo asiento era la ciudad junto al cerro Santa Lucía, el “tambo grande” señalado por algunos cronistas. Es decir, la ciudad que se ha estado descubriendo. Para Quilacanta y sus soldados, los aconcagua eran “promaucaes”, es decir, indios rebeldes. Se les daba ese nombre por la tenaz resistencia opuesta a la invasión. A la llegada de Pedro de Valdivia y por el pésimo recuerdo dejado por Almagro, se unen aconcaguas e incas, un ejército enorme que intenta expulsar a los españoles. Seis años duró esa guerra, la que incluyó la destrucción de la ciudad, un 11 de septiembre. En la batalla, Quilacanta fue capturado e Inés de Suárez le corta la cabeza. La guerra se pierde, aunque no en el campo de batalla: el hambre y las enfermedades estaban haciendo estragos a la población aconcagua que huyó al sur del río Maule, protegidos por los mapuches y sus selvas.
Esa antigua “ciudad” (de la que ignoramos su nombre) poseía un valle enorme con abundante vegetación propia. No es fácil hoy imaginar su aspecto de ese tiempo. Según el cronista Gerónimo de Vivar (1558) el valle tenía canelos, laureles, algarrobos, palmas, guayacanes y muchos espinillos

RICARDO CHAMORRO

 

(Publicado en “Punto Final”, edición Nº 852, 27 de mayo 2016).

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