Punto Final, Nº 854 – Desde el 24 de junio al 7 de julio de 2016.
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La batalla de las comunicaciones


Se suele decir que la prensa es el cuarto poder, pero no es verdad. La prensa es un arma poderosa, incluso letal, pero no es un poder en sí mismo. No posee el poder “para sí”. Es una herramienta en manos de otros actores, que en la sombra, al amparo del fuego periodístico, ejercen su verdadero poder mediante la manipulación, la construcción de opinión, la demonización del adversario, la promoción de sus intereses. Pero la prensa, incluso sus gerentes, no son más que actores secundarios de una trama mucho más compleja. Los grandes directores de los medios empresariales de comunicación se sienten poderosos y suelen ganar mucho dinero. Pero no son más que alfiles en un tablero de ajedrez donde los reyes y reinas están en otro lado.
Un ejemplo reciente: entre las revelaciones de los Papeles de Panamá,(1) salió a luz información sobre Juan Luis Cebrián, presidente ejecutivo del grupo español Prisa, dueño del periódico El País de España. En la investigación se demuestra que su ex esposa, Teresa Aranda, posee cuentas secretas en las islas Seychelles y Samoa. Lo más grave es que esas cuentas opacas provendrían de una “aventura empresarial” de Cebrián en Sudán del Sur, en compañía con Massoud Farshad Zandi, un empresario español de origen iraní y el ex presidente Felipe González. Sudán del Sur se independizó de Sudán en 2011, luego de una enorme campaña de comunicación de medios occidentales que durante un par de años inundaron a la opinión pública sobre conflictos étnicos y religiosos entre el norte y el sur de Sudán.
Lo que esos medios nunca dijeron era que en el sur estaban los campos petrolíferos. Alcanzada la independencia, el nuevo país entró hasta hoy en una guerra civil que ha causado miles de muertos y centenares de miles de refugiados. Las organizaciones humanitarias en vistas de lo ocurrido se preguntan ahora: “¿Es viable un Estado en el sur sin infraestructuras de transporte, electricidad, telefónica, educativa y sanitaria; con sólo 100 kilómetros de carretera y una tasa de analfabetismo que llega al 73% de la población (un 92% en las mujeres), cuya media de ingresos diarios para el 55% de la gente no alcanza un dólar, y en medio de una gran inseguridad alimentaria?”.(2) Todas esas preguntas no importaron para periódicos como El País, que promovieron la independencia de Sudán del Sur. Mientras tanto, tal como lo sugieren los Papeles de Panamá, los beneficiados de ese proceso político fueron gente como Cebrián, que pudo controlar junto con sus socios grandes campos petrolíferos del nuevo Estado fallido, construido gracias a su apoyo comunicacional.

LA DISPUTA POR EL “ENCUADRE”
En Chile el poder de los medios, extremadamente concentrados en dos grandes grupos empresariales, es capaz de construir la realidad de forma tanto o más brutal que en Sudán del Sur. El Mercurio y Copesa logran manejar las principales dinámicas políticas porque no existe otro conglomerado comunicacional que tenga las espaldas financieras que le permita informar, de forma cotidiana, sobre la multitud de asuntos que impactan en la vida de un país. Incluso la televisión pública termina condicionada por la pauta de estas cadenas. Este efecto se denomina el “encuadre” de las noticias.
Esto ocurre porque las personas necesitamos responder con cierta premura a la pregunta ¿qué está pasando? Quienes ofrezcan una respuesta más rápida y comprensible tienen la posibilidad de sentar un marco interpretativo a los sucesos. Si además los que responden poseen cierta afinidad en su interpretación, y la reiteran una y otra vez, logran mayor poder de convencimiento. Así existe formalmente libertad de expresión, pero en la realidad un par de actores mantiene el monopolio del encuadre de la información. En sociología esto se denomina framing, y explica que las grandes batallas de ideas se disputen dentro de un marco (frame) dentro del cual se debate. Al interior de ese encuadre todo se puede decir con absoluta libertad. Pero lo realmente importante es controlar el marco, especialmente los conceptos que se usan, que al final acaban condicionando la política.
El ejemplo es Venezuela. Ningún observador justo, por muy derechista que sea, podría acusar de dictadura a un gobierno donde la mayoría del Parlamento está en manos de la oposición, producto de unas elecciones donde el presidente Maduro reconoció la derrota, y cuando años atrás Henrique Capriles, líder de la oposición, también reconoció la suya con total normalidad. Se puede afirmar que en Venezuela hay conflictividad social, choques entre poderes del Estado, problemas de abastecimiento, falta de conciliación y corrupción. Sin embargo el tratamiento de los medios va instalando un marco diferente que encuadra a Venezuela como un régimen contra el que todo vale, desde las mentiras más grotescas a las acusaciones más descabelladas, a escala industrial, lo que permite que todo se cuele y las audiencias de los medios lo acepten como algo verídico.

EL ENCUADRE DE LA REALIDAD CHILENA
En nuestro país se habla del “conflicto mapuche”, obviando que se trata de una disputa entre dos actores, Estado chileno y pueblo nación mapuche. El problema se asocia reiteradamente a dos variables: violencia rural y pobreza. Y las soluciones quedan atrapadas en un marco que oscila entre la represión al terrorismo indígena y políticas sociales focalizadas contra la pobreza. Entre esas dos variables se puede debatir qué tanto y qué tan poco se otorga a ambos ingredientes de la receta. Pero no se puede debatir sobre los conceptos que quedan fuera: autonomía política, derecho a la autodeterminación, reconocimiento como pueblo, las forestales y la usurpación de tierras en el siglo XIX y XX, etc.
Chiloé es parecido. El marco del conflicto quedó atrapado por la gota que rebalsó el vaso: el evento de la marea roja. Los medios cerraron el marco sobre los montos de las compensaciones a los pescadores y los efectos sociales del fenómeno. Pero todas las demandas ligadas al cambio de modelo productivo, el centralismo, la crítica a la industria salmonera y su insustentabilidad quedaron fuera del encuadre.
Hay áreas de la realidad que están fuera de los marcos mediáticos. Las huelgas prácticamente no entran. Empleados del banco BCI iniciaron una huelga a principios de junio pero el cerco a su movimiento no ha permitido que se publiquen más de cinco notas, bajo un enfoque totalmente proempresarial. Un titular, de una de las pocas notas publicadas afirma: “BCI lamenta huelga de sus trabajadores pero afirma que sus condiciones están dentro de las mejores del mercado”.(3)
Otro ejemplo es la huelga de hambre de seis ex presos políticos desde hace más de sesenta días. Reclaman el cumplimiento de un acuerdo formal del gobierno. La única perspectiva de romper el cerco que tiene este conflicto es un escenario catastrófico, donde el riesgo vital de los huelguistas obligue a otorgarle cobertura como nota dramática en la prensa sensacionalista.

¿CÓMO VENCER EL ENCUADRE?
En algunos casos la fuerza de un movimiento social logra vencer los marcos en los que se le quiere limitar. Ese es el caso del movimiento estudiantil, que estuvo enmarcado por décadas en un debate limitado al crédito al que podían acceder los universitarios. Pero en 2011 logró imponer los temas vedados: el lucro, la laicidad, la importancia de lo público, la gratuidad, etc. Y unido a lo anterior, la calidad de la enseñanza. El movimiento logró romper el cerco debido a que actuó de forma masiva, unitaria, tuvo consignas claras y cuidó cada palabra. No cedió a la presión de los medios que quisieron limitar el conflicto a montos de dinero para becas y tampoco permitió que se centrara en una calidad “elitista” desligada de los medios para alcanzarla.
Cinco años después el sistema de medios sigue intentando encuadrar el movimiento. Trata de reducirlo con varias estrategias: criminalizándolo, sobreexponiendo cada expresión de violencia que se le pueda asociar. Invisibilizando su masividad. Planteando como dilema la cobertura de la gratuidad, sin tocar las condiciones que deberían cumplir las universidades que accedan a ella. La apuesta de los medios es reducir el movimiento estudiantil a una demanda de consumidores que desean pagar menos o nada. Pero sin tocar las instituciones que proveen el “servicio educacional”, que vienen a ser subsidiadas con fondos públicos sin dejar de lucrar, sin garantizar la libertad de cátedra, sin reconocer la participación de la comunidad triestamental en el gobierno universitario. Pero reducir al movimiento estudiantil es muy difícil. Porque es masivo, posee institucionalidad propia, se autorrepresenta, tiene capacidad de argumentar y litigar judicialmente, etc.
Las redes sociales en Internet permiten la ilusión de la comunicación, en tanto logran romper todos los encuadres, pero para una audiencia muy limitada y que ya tiene opinión tomada. Circula información, se ven imágenes, pero dentro de un océano de otros datos sin relevancia. En Twitter o Facebook tienen la misma posibilidad de circular los chismes, chistes crueles, teorías de la conspiración absurdas junto a información valiosísima, que debería sentar criterio para la deliberación pública. De esta forma la censura opera por saturación. Hay tanto contenido, sin jerarquizar ni editar, que se produce “ruido mediático”, una cortina de humo que termina encuadrando de otra forma la discusión y produciendo formas de cibercontrol. De allí que la existencia de redes sociales no suple la necesidad de contar con medios de comunicación públicos, que den garantías de pluralidad y de calidad de la información.
Se debe considerar la comunicación como un derecho que se debe ejercer de forma participativa, para lo cual el Estado debe garantizar unos mínimos. El programa de la Nueva Mayoría, en el contexto de los contenidos de la nueva Constitución, señaló al respecto: “Una ley determinará los límites a la concentración de la propiedad de los medios de comunicación social, tanto monomedial como multimedial, así como la apertura plural del espectro radioeléctrico, y la distribución del avisaje público, de modo de garantizar el pluralismo informativo y el libre acceso a la información”.(4)
Es contradictorio que en estos dos años de gestión no se haya avanzado un ápice en esta materia. Ni siquiera en el contexto de la operación de Copesa para involucrar a la persona de la presidenta de forma burda en la trama de Caval se retomó esta propuesta del propio programa de gobierno. Lo que revela el miedo y los niveles de control político que ejercen las dos grandes cadenas informativas. Armand Mattelart, experto en comunicaciones, sintetiza el dilema: “El problema es que progresivamente bajo el capitalismo lo que se ha dado es que la libertad de comunicación es una libertad de propiedad de los medios de comunicación. El problema es que los doctrinarios del mercado automáticamente cuando se habla de regulación dicen ‘es finalmente censura’. Yo creo que la democracia no se hace sin regulación que es producto de una construcción multilateral, es decir, desde los ciudadanos hasta los Estados, pero también con la participación de lo privado. No obstante, el problema de los privados es que rechazan esa participación porque pierden una parte de su hegemonía”.(5) En definitiva pierden la capacidad de encuadre. Y eso no lo soltarán de ninguna manera.
 
ALVARO RAMIS

Notas
(1) Investigación liderada por el Consorcio Internacional de Periodistas de Investigación (ICIJ) y Suddeütsche Zeitung. Leer más información: “Papeles de Panamá: La petrolera de Cebrián y su socio iraní Zandi se oculta en Seychelles y Samoa”. http://goo.gl/XcMU9H
(2) “Sudán del Sur: independencia, fronteras, petróleo y más guerras”, en ElDiario.es 7 enero 2014.
(3) Diario Financiero, 16 de junio de 2016.
(4) Programa Nueva Mayoría, 2013, p. 31.
(5) http://www.andes.info.ec/es/noticias/armand-mattelart-sociedad-tiene-medios-merece.html

(Publicado en “Punto Final”, edición Nº 854, 24 de junio 2016).

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