Punto Final, Nº 863 – Desde el 28 de octubre hasta el 10 de noviembre de 2016.
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Alepo en la mira neocolonial de Occidente

 

A pesar de que el conflicto bélico en Siria se mantiene activo en varios frentes en los cuatro puntos cardinales de la geografía de este país árabe, la provincia de Alepo sigue estando en el centro de interés del mundo, como un macabro reality show donde se está jugando la suerte de toda una nación, e incluso del Medio Oriente.
Alepo, la segunda ciudad en importancia de Siria y capital industrial del Levante, también para muchos la capital de la cultura islámica, se convirtió en el escenario de un combate de grandes proporciones donde, por un lado, el ejército y las autoridades sirias se juegan la unidad de la nación, mientras los grupos extremistas armados se ocupan de hacer el trabajo sucio encargado por importantes círculos de poder internacional, para intentar preservar los intereses rapaces de las grandes potencias occidentales.
A Washington, París, Londres, Berlín o Roma poco interesan los resultados nefastos de este conflicto que ya acumula casi 300 mil muertos en poco más de cinco años, e insisten en seguir moviendo fichas como en un complicado tablero de ajedrez para alcanzar el propósito invariable de derrocar al gobierno de Bashar al-Assad, desmembrar la unidad nacional de los sirios y crear Estados satélites a favor de sus intereses.
Esta guerra de intereses, iniciada bajo un manto de aparentes protestas populares insertadas en la misma ruta de las conocidas “primaveras árabes” que repercutieron en Egipto, Túnez y Libia, entre otros países de la región, pero que fueron diseñadas, calculadas y financiadas desde Washington, parece a todas luces que se decidirá en esta rica región de Alepo.
Aunque parezca prematuro el pronóstico, solo hay que ver la desesperación demostrado por Occidente ante el empuje del ejército sirio, apoyado eficazmente por la aviación militar rusa y las milicias Hizbollah y Liwaa al-Quds, frente a las fuerzas terroristas del Fath al-Sham (Frente para la Conquista del Levante), nuevo nombre adoptado por el grupo yihadista Frente al-Nusra, brazo armado de al-Qaeda en Siria.
Para nadie es un secreto que al-Qaeda es un ejército mercenario creado a fines de la década de 1980 por Estados Unidos en Afganistán, y justamente su brazo armado en Siria (Frente al-Nusra) es la principal fuerza militar que intenta mantenerse activa en Alepo, y a los que ahora, descaradamente, la diplomacia estadounidense insiste en presentar ante el mundo como “opositores moderados”.
La Casa Blanca, el Pentágono y la Agencia Central de Inteligencia (CIA), saben que se están jugando una carta muy importante en esta batalla, y apelan a cuantas variantes sean necesarias para evitar que el ejército sirio y sus aliados logren liberar al territorio de Alepo, entre otros frentes de combate, de la presencia de las bandas terroristas.
En una entrevista realizada al presidente Bashar al-Assad por el periodista cubano Roberto García Hernández, de la Agencia Prensa Latina, el pasado 20 de julio, el mandatario sirio denunció que en Alepo “los turcos y sus aliados sauditas y qataríes perdieron muchas de sus cartas en los campos de batalla en Siria, de modo que esta urbe es su última carta”. En esta entrevista, al-Assad acusó directamente al presidente de Turquía, Recep Tayyib Erdogan, “por ser el máximo instigador, junto a Arabia Saudita, del envío de una fuerza de mercenarios terroristas que ahora suman alrededor de cinco mil efectivos”.

FRACASO DE LOS ACUERDOS DE CESE DEL FUEGO
Durante meses, la Organización de Naciones Unidas (ONU) ha encabezado importantes esfuerzos por alcanzar acuerdos políticos entre las partes en conflicto, principalmente entre Estados Unidos y Rusia, las dos grandes potencias que defienden puntos de vistas diferentes acerca de la posible solución a esta guerra.
Por una parte, Moscú, respondiendo a un llamado de las autoridades sirias, coopera en el terreno de operaciones militares desde septiembre de 2015, con la presencia de aviones de combate que apoyan a las fuerzas aéreas sirias en la campaña antiterrorista, y por otra, Washington persiste en armar y financiar a las bandas terroristas, a quienes presenta ante la opinión pública internacional como “grupos opositores” al gobierno de al-Assad.
En este pulseo de fuerza, y a pesar de las promesas norteamericanas de enfrentar al terrorismo, poco se ha logrado en el terreno político y diplomático, pues hay demasiados compromisos entre poderosas elites independientes de la Casa Blanca -dígase el Pentágono, la CIA, e importantes transnacionales-, que impiden que el gobierno que encabeza Barack Obama pueda desplegar políticas honestas y coherentes al respecto.
Aunque la campaña mediática desplegada por Occidente insista en decir que el conflicto sirio se inició en 2011 como resultado de “protestas populares antigubernamentales”, todos saben que la guerra contra Siria fue decretada en 2003 por el ex presidente norteamericano George W. Bush, cuando firmó la Syrian Accountabilily Act, e inició todo un proceso desestabilizador para sentar las bases de una supuesta “rebelión popular”. De ahí que es inevitable, a pesar de los compromisos contraídos en las mesas de negociaciones, que Estados Unidos mantenga una posición coherente, pues si cumple lo pactado, estaría destruyendo sus propias creaciones.
Lo que en apariencia iba a resultar una tarea fácil de realizar, la agresión a Siria se le convirtió a Estados Unidos en un dilema que cada día tiene menos posibilidades de solucionarse, según sus proyectos de derrocar a al-Assad, desmembrar al país, y crear territorios divididos y en poder de grupos radicales. Estos propósitos fueron los que impidieron, desde el principio de las negociaciones, que se lograra crear un frente antiterrorista común para poder combatir a las fuerzas de al-Qaeda y del grupo Estado Islámico (Daesh por sus siglas en árabe), engendros de la CIA para conseguir imponer sus planes desestabilizadores.
La falta de voluntad de Estados Unidos era previsible, solo que en el contexto de los acuerdos de cese el fuego logrados con Rusia, sus planes hegemónicos se irían al traste y eso, en opinión de los halcones de la guerra, era impensable.
Mientras el secretario de Estado norteamericano, John Kerry, y su homólogo ruso, Serguei Lavrov, discutían de cómo conseguir el fin de las hostilidades, grupos independientes de poder en Washington seguían garantizando armamento de punta a las fuerzas yihadistas, principalmente en Alepo, territorio donde estaban siendo castigadas fuertemente por el ejército sirio.
Los propios extremistas armados confirmaron que recibieron un importante aporte de cohetes tierra-tierra, conocidos como Grad, un sistema múltiple de lanzamiento de cohetes también identificado como BM-21, de gran poder de fuego y con un radio de acción entre 22 y 40 kilómetros de alcance efectivo, para contrarrestar el efecto de la ofensiva siria y buscar un “balance” en el terreno de operaciones.
También, y a pesar de las recientes declaraciones “pacificadoras” de Kerry, funcionarios de Seguridad Nacional adjuntos a la Casa Blanca se reúnen para discutir nuevas “opciones”, que incluyen ataques militares contra posiciones del ejército sirio, bombardeos a pistas de aterrizaje estratégicas empleadas por la fuerza aérea de ese país árabe, después de suspender todos los canales de comunicación con Rusia.

LAS MALAS INTENCIONES DETRAS DEL PACTADO CESE DEL FUEGO
En apariencia, Estados Unidos es quien más insistió en que se lograra un cese del fuego en Alepo, en supuesta coherencia con las propuestas de la ONU que pedía se permitiera, con la aplicación del acuerdo, mantener un flujo de “ayuda humanitaria” a la población civil, que se mantiene entre dos fuegos y que está aportando la mayor cantidad de víctimas.
Para Washington, apoyar estas propuestas le permitía, en primer lugar, mejorar su imagen ante la opinión pública internacional, aunque sus verdaderas intenciones estaban bien lejos de conseguir un alivio a la población civil.
Con la aplicación del cese al fuego en Alepo, el verdadero objetivo de Estados Unidos era permitir el reagrupamiento de las fuerzas yihadistas, el reabastecimiento en armas, municiones y otros procedimientos logísticos que permitieran prolongar la resistencia, ante el empuje de las fuerzas armadas gubernamentales sirias y sus aliados.
Para esto, era imprescindible contar con la presencia de la población civil, usados como rehenes por los grupos extremistas armados, y de esta manera justificar la entrada a zonas de combate con los manipulados envíos humanitarios prometidos por la ONU.
Las autoridades de Damasco, una vez más acusadas por Estados Unidos y sus aliados europeos de ser el “culpable” de los bombardeos contra la población civil, en consonancia con los llamados de la ONU, ordenaron la creación de varios corredores humanitarios y pidieron la inmediata evacuación de civiles de las zonas en conflicto, algo que fue impedido, “casualmente”, por los grupos armados que apoya Washington.
Quedó demostrado entonces que según la estrategia prevista por Estados Unidos, era de una importancia vital que la población civil quedara encerrada por la fuerza en el teatro de operaciones militares, para poder justificar sus denuncias contra el gobierno de al-Assad. En esta operación tiene un importante protagonismo el grupo conocido como Fath al-Sham (Frente para la Conquista del Levante), nuevo nombre adoptado por el grupo terrorista Frente al-Nusra, que anunció su “separación” del tristemente célebre al-Qaeda, y de esta forma quedar dentro de los parámetros que exige Washington para ser considerado como un “opositor moderado”.
Sin dudas, la aplicación de la vieja teoría de “vestir al lobo con piel de cordero”, era la imagen que se buscaba ante los ojos del mundo. Para conseguir este propósito, Estados Unidos cuenta con una poderosa maquinaria propagandística, que ha sido, en opinión de expertos, el segundo frente más importante en la agresión a Siria: una campaña mediática que cuenta con el respaldo de más de mil 200 medios de prensa y comunicación alrededor del mundo, listos para satanizar al gobierno de Siria y de paso, justificar las maniobras norteamericanas y sus seguidores europeos, junto a las monarquías del Golfo (Arabia Saudita y Qatar), Israel y Turquía, principales fuentes de apoyo y abastecimiento logístico a los grupos terroristas.

SIRIA RESISTE
Para Estados Unidos, en particular, Siria ha sido una obsesión durante muchos años, y sus estrategas políticos y militares no descansaron hasta ver el Levante envuelto en una guerra, con el apoyo de varios gobiernos occidentales. Después de la ocupación de Iraq, en 2003, el ex secretario de Estado norteamericano, Collin Powell, visitó Siria, y se reunió con el presidente Bashar al-Assad, exigiendo a nombre de la Casa Blanca que el gobierno de Damasco cumpliera un grupo de demandas.
Entre las exigencias de Powell estaba dejar de apoyar a la resistencia en Iraq, frenar el apoyo a la causa palestina, cortar las relaciones con las fuerzas nacionalistas en El Líbano, y “pidió”, además, que Siria debía respaldar los planteamientos de Estados Unidos en todos los foros internacionales.
Por supuesto el presidente al-Assad rechazó las propuestas del emisario de Washington y la suerte del pueblo sirio quedó echada: Estados Unidos le declararía una guerra funesta. A punto de cumplir seis años de una violenta confrontación política y militar que no apunta todavía a su final, Siria resiste los embates de las fuerzas reaccionarias de Occidente, pero sobre todo, defiende el concepto de Patria y sobre sus propios errores, sueña con construir una sociedad mejor y más justa. La batalla por la liberación de Alepo es el mejor ejemplo.

MIGUEL FERNANDEZ MARTINEZ (*)
(Especial para “Punto Final”)
 (*) Periodista cubano, ex corresponsal de Prensa Latina en Siria.

(Publicado en "Punto Final”, edición Nº 863, 28 de octubre 2016).

 

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