Punto Final,Nº 863 – Desde el 28 de octubre hasta el 10 de noviembre de 2016.
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La Operación Exterminio sobre el Partido Comunista

 

Oscar Riquelme, encargado de inteligencia del PC, con familiares.

 

LOM Ediciones presenta el 1° de noviembre -en la Filsa- un libro de los autores Carmen Hertz, Apolonia Ramírez y Manuel Salazar que examina el intento de la dictadura militar por liquidar al Partido Comunista. PF entrega un adelanto del libro, correspondiente al segundo capítulo, titulado “De los exitosos años sesenta a la dura clandestinidad”.

En la primavera de 1965 se realizó la Conferencia Nacional de las Juventudes Comunistas (JJ.CC.) y pocos meses después, en el verano de 1966, el Quinto Congreso Nacional de esa orgánica. En la Conferencia, constituida por los miembros del comité central y los secretarios de los comités regionales del país, se acordó reemplazar al secretario general, Mario Zamorano, por Gladys Marín. Zamorano asumió en el partido como encargado nacional de propaganda. También fueron promovidos Jorge Muñoz Poutays, como miembro de la Comisión Nacional de Control y Cuadros; Jorge Insunza, designado en la dirección del diario El Siglo; Elisa Escobar, como integrante de la Comisión Nacional de Organización; e Iván Caro, quien pasó a un trabajo anónimo en la Comisión Militar. Como subsecretario general de las JJ.CC. -un cargo nuevo- fue nombrado Omar Córdoba, joven obrero linotipista de la Imprenta Horizonte -que editaba El Siglo y otras publicaciones de Izquierda-, donde laboraban unos trescientos trabajadores.
El congreso se realizó en el Teatro Caupolicán con más de treinta delegaciones invitadas. El balance fue positivo: se había conseguido gran experiencia en los trabajos voluntarios para la campaña presidencial de 1964 y logrado un significativo aporte en lo cultural, sobre todo en el aspecto musical. Se destacó también el importante desarrollo de la Brigada Ramona Parra, organización a la cual el pintor Roberto Matta había regalado un camión, envuelto en cintas tricolores.
Carlos Toro trabajaba como ingeniero de Endesa y había sido designado secretario general del V Congreso. En la clausura fueron promovidos al partido el propio Toro y Rodolfo Vivanco, antiguos miembros del comité central de las JJ.CC. Vivanco era un líder juvenil, alegre y fraternal. Había sido candidato a regidor por Conchalí en 1963, donde, con dos amigos que poseían un kiosco de diarios, formaron un conjunto llamado Los Compadres Paleteados, que actuaba en un escenario móvil montado en un carretón tirado por un caballo.
En el V Congreso de las JJ.CC. muchos se opusieron a la promoción de Vivanco al partido, entre ellos el abogado y periodista Carlos Berger; no consideraban conveniente que la Juventud fuera privada de un cuadro de tal envergadura. Vivanco pasó a trabajar en el comité regional oeste de Santiago, recién organizado, cuyo secretario era Jorge Muñoz y donde Jacinto Nazal, ex miembro de la comisión ejecutiva del comité central de las JJ.CC., era encargado de Organización. Vivanco asumió como encargado de Finanzas. Hizo un muy buen trabajo creando instancias orgánicas entre los allegados y fundando, entre otras, las poblaciones Herminda de La Victoria, en la actual comuna de Cerro Navia, y Huamachuco, en Renca.
Vivanco mantuvo una destacada actividad política tras el golpe. Era el secretario regional en Antofagasta. Más tarde se trasladó a Santiago, donde trabajó en la reorganización del partido. El año 1983 viajó a Moscú como miembro de la dirección interior. Se le detectó un cáncer a la garganta muy avanzado. Murió cuando era visitado por Luis Corvalán.
En el XIII Congreso del Partido, en tanto, realizado en octubre de 1965, los comunistas agudizaron sus críticas al Partido Demócrata Cristiano y al gobierno de Eduardo Frei Montalva, al que culparon de querer mantener el capitalismo en el país, aunque con medios distintos a los de la derecha. Reiteraron que Frei no lograría sacar a Chile de su crisis y que el PDC poseía una composición pluriclasista, que era la fuente real de sus contradicciones internas. El PC planteó que en ese momento la clave era la lucha de masas en pos de las reivindicaciones del pueblo y que había que trabajar con todos los sectores políticos dispuestos a rescatarlo de la influencia burguesa. El gran desafío consistía en aislar a los enemigos principales -el imperialismo y la oligarquía-, para conquistar un futuro gobierno popular antiimperialista y antioligárquico, las bases de lo que sería la Unidad Popular.

LA ESTRUCTURA MAS SECRETA
En 1966, Rafael Cortez pidió a Carlos Toro que se fuera para su casa y cortara todos los vínculos con las JJ.CC. y con el partido. Debía transformarse en un hombre invisible. Toro vivía en el Pasaje Albión, cerca de Rancagua y Vicuña Mackenna, donde actualmente existe una torre del complejo San Borja.
En esos días murieron el subsecretario general del partido, José González, y el miembro del comité central y dirigente del magisterio, Jorge Ramírez, en un accidente de aviación en Eslovaquia. González era el encargado del trabajo militar y había propuesto a Rodolfo Vivanco para que asumiera esa tarea. Fue reemplazado por Oscar Astudillo en la subsecretaría del partido, un obrero que se había iniciado en El Teniente y llegó a ser presidente de la Federación Nacional de Trabajadores de la Construcción.
Carlos Toro se mantuvo en su casa durante cuatro meses. Inquieto por la demora fue a hablar con Mario Zamorano a su domicilio en calle Estrella Solitaria esquina Diagonal Oriente, en Ñuñoa. Zamorano le pidió tranquilidad. Una semana después llegaron a visitarlo Rafael Cortez junto a Oscar Riquelme, a quien no veía desde 1960, cuando Toro era secretario de organización del comité regional Santiago de las JJ.CC. y Riquelme se desempeñaba como secretario del comité regional sur del partido.
Riquelme había sido detenido y torturado durante la dictadura de Gabriel González Videla, flagelaciones que le provocaron una grave lesión en la columna vertebral. Lo procesaron y relegaron a Máfil -cerca de Valdivia-, donde obreros camineros lo ayudaron a salir de la zona rumbo a Santiago. El partido lo envió a Moscú y allí estuvo hospitalizado más de un año en la década del cincuenta. Al término del tratamiento quedó en condiciones de hacer una vida prácticamente normal. Volvió a Chile en 1958.
Era huérfano y había trabajado a fines de los treinta en un molino cerca de la estación ferroviaria de Concepción. Entre los 17 y los 18 años empezó a frecuentar un prostíbulo donde las muchachas lo acogieron cariñosamente. Aprendió a tocar piano y se hizo músico oficial del burdel. El presidente del Sindicato de Molineros le pasó un día un folleto de Lenin y lo llamó al orden. Riquelme hizo caso. Entró a la Jota y pronto llegó a ser el secretario regional en Concepción. Luego se trasladó a Santiago, poco después del resbalón de Luis Hernández Parker, el secretario general de la Juventud que habría entregado en Buenos Aires los nombres de los asistentes al congreso de la Internacional Juvenil Comunista. Hernández Parker fue expulsado del partido y reemplazado por Ricardo Fonseca, joven profesor integrante del comité central y secretario del comité regional de la Jota en Santiago, quien trajo a Riquelme a trabajar con él a la capital y lo formó como dirigente.
En 1958 se produjo la división de la estructura partidaria de Santiago en dos comités regionales. Riquelme pasó a ser secretario del regional sur, que comprendía desde lo que hoy es la calle Isabel Riquelme, la llamada Costanera de los Pobres, hacia todas las comunas del sector sur de la capital. Desde ese cargo, de pronto desapareció.
Ese invierno de 1966 Riquelme -más conocido como “El Viejo Alfredo”- reapareció en la casa de Toro acompañado de Enrique Sánchez Cornejo, un telegrafista dirigente sindical de Correos y Telégrafos, exonerado y relegado a Pisagua durante el régimen de González Videla. Más tarde fue reincorporado a la empresa estatal y ahora vivía de su jubilación. Sánchez Cornejo, muy secretamente, era uno de los hombres más importantes de la seguridad del partido.
Rafael Cortez le había dicho a Carlos Toro:
–Tú vas a trabajar bajo la dirección de Oscar Riquelme y con Enrique Sánchez, y vas a ser el responsable del trabajo de inteligencia del partido.
–¿Qué es eso? –preguntó Toro.
–Yo no sé. Tampoco sé cómo se hace –replicó Cortez.
Los visitantes le dejaron a Toro un libro biográfico de Richard Sorge, el agente de la inteligencia soviética infiltrado como periodista en Japón y que proporcionó vital información para la resistencia soviética a la invasión alemana en la segunda guerra mundial, más tarde descubierto, juzgado y condenado a muerte en el país asiático.
A los pocos días llegó de la URSS Mundo Chacón, quien había realizado un curso de inteligencia y cuyas bases se las entregó a Toro y Sánchez en sucesivas sesiones. Toro le propuso a Cortez la incorporación de dos miembros del comité central de la Jota: Daniel Escobar y Ricardo Ramírez. Entre los cuatro -Sánchez, Toro, Escobar y Ramírez- empezaron a formar un aparato de seguridad más vasto y con diversas proyecciones. Tres de ellos -Escobar, Sánchez y Ramírez- sufrirían, después del golpe de 1973, dramáticas consecuencias.
A mediados de 1966 los convocados empezaron a organizar el trabajo del denominado equipo de informaciones del partido, al frente del cual estaba Carlos Toro. Dependían de la Comisión Militar, encabezada por Oscar Riquelme y en la que también participaban Horacio Cepeda, “Carlos”, hoy detenido desaparecido; Luis Humberto Moya, “Peralta”, hasta hace algunos años gerente del semanario El Siglo; Iván Caro, encargado de comunicaciones, actualmente dirigente del partido en Cautín (Caro era obrero, estudió electrónica y construyó equipos de radio para mantener un enlace permanente entre Santiago, Valparaíso, Concepción, Temuco y Antofagasta). También formaban parte de la Comisión Alfredo Tapia, “Félix”, y Humberto Castro Hurtado (“Camarada Díaz” o “Chino”), quien fue asesinado por el Comando Conjunto en septiembre de 1975.
Partieron buscando información en las esferas de gobierno, entre los partidos políticos, en las Fuerzas Armadas, en Carabineros e Investigaciones. En el ámbito económico se preocupaban de las cúpulas empresariales, de la Sociedad de Fomento Fabril, de la Confederación de la Producción y el Comercio, de la Cámara de la Construcción, de la Sociedad Nacional de Agricultura, de la Cámara de Comercio y de los propietarios de los bancos, entre otras. También seguían de cerca las actividades de los diversos credos religiosos, de los clubes sociales más reputados, de la prensa, de las radios y de algunas embajadas. La mayoría de los datos los obtenían de fuentes abiertas.
Al iniciarse la primavera de 1966 apareció un secreto colaborador que les fue de mucha ayuda. Un día llegó a la redacción del diario El Siglo, por correo ordinario, un sobre que contenía las fichas de los miembros de la Policía Política de Investigaciones, la temida PP. El autor, en un escueto mensaje, preguntaba si la información les era útil, y si así fuese, publicaran en El Siglo un aviso económico ofreciendo muebles. En las semanas y meses siguientes se hizo frecuente la llegada de nuevas cartas con las fichas personales, las hojas de vida y las fotografías de los integrantes de la policía de Investigaciones. Esa información fue de mucha utilidad cuando la Unidad Popular se hizo cargo de ese servicio en 1970.
Otro desinteresado contribuyente fue un cabo de ejército que trabajaba como camarero en el Club Militar. Aquel hombre escuchaba atentamente las conversaciones de la oficialidad y las comunicaba a los integrantes de la Comisión Militar del partido. Le denominaron “El Cocina” y sus aportes -como la preparación del levantamiento del Regimiento Tacna en 1969- fueron de máxima importancia. Otro que aportó información relevante fue un sargento del Servicio de Inteligencia Militar, (SIM) hermano de José Weibel, dirigente de la Jota.
La información era enviada a Rafael Cortez a través de su enlace, Carmen Vivanco, quien vivía en la calle Diez de Julio y recibía la información a cualquier hora de la madrugada. Ella la hacía llegar en la mañana siguiente a la Comisión Política.
En el ámbito financiero ayudó mucho un joven ingeniero egresado de la Universidad Santa María, Gerardo Weisner, quien por sus relaciones familiares disponía de infinidad de vínculos sociales. El formó un equipo de informantes que recogían valiosos antecedentes sobre la actitud política de las cúpulas empresariales. Tras el golpe salió hacia Moscú y cumplió un importante papel en el apoyo a la lucha contra la dictadura. Era piloto aéreo y murió en un accidente de aviación.
En Concepción también se creó un equipo de inteligencia a cargo del ingeniero Eduardo Mayer, que trabajaba en la Petroquímica. Sus despachos permitían seguir de cerca el estado de ánimo en la base naval de Talcahuano. También se contaba con un estudiante de derecho de la Universidad de Concepción que se infiltró en el MIR.
A comienzos de 1968 Américo Zorrilla llegó a la casa de Carlos Toro -en calle Eduardo Haitt, un callejón paralelo a Seminario, a la altura del 700- y le dijo que el partido lo ponía a cargo de mantener las relaciones con la KGB, que para ello entraría en contacto con un compañero de la embajada soviética y que debería ser muy discreto. Pocos días después llegó un papelito de Rafael Cortez donde le pedía a Toro que acudiera a las 20 horas de un día determinado a una casa en La Reina. El dueño de casa estaría regando y Toro debía esperar hasta las 20:20 en punto, momento en que llegaría el soviético. Así lo hizo y conversó con su nuevo contacto, estableciendo un sistema de relaciones entre el equipo de informaciones del PCCh y la inteligencia soviética.
El oficial de la KGB cumplía labores en la agregaduría cultural de la embajada de la URSS en Santiago. Se hacía llamar “Vladimir” y se reunía esporádicamente en las noches con Toro. Paseaban conversando unas dos horas por diversas calles del barrio alto. En octubre de 1968 Toro viajó a Moscú para instruirse en inteligencia en las unidades respectivas del ejército soviético. Vladimir le entregó la visa para que entrara al país socialista.
En 1969 se realizó en Santiago el XIV Congreso Nacional del Partido Comunista bajo la consigna “Unidad Popular para un gobierno popular”. Ningún miembro de la Comisión Militar ni de sus diferentes grupos asistió a las reuniones.

MANUEL SALAZAR

(Publicado en "Punto Final”, edición Nº 863, 28 de octubre 2016).

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