Punto Final, Nº 868 – Desde el 6 hasta el 19 de enero de 2017.
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Masacre e impopularidad

La caída de Ibáñez

 

CARABINEROS a caballo y con lanzas en la represión desatada por Ibañez.

 

Un error muy generalizado respecto de nuestra historia es la creencia de que el fin de la dictadura de Carlos Ibáñez, en 1931, fue detonado por dos muertes causadas por la represión de Carabineros: la del joven estudiante de medicina, Jaime Pinto Riesco (sobrino nieto del presidente Germán Riesco; nieto del presidente Aníbal Pinto, y bisnieto del presidente Francisco Antonio Pinto) y la del joven profesor de historia, Alberto Zañartu Campino. Por cierto que estas muertes fueron las más impactantes, pero fueron acompañadas de muchas otras que han quedado olvidadas.
Diversos factores han incidido en la generación de este error. Primero, que efectivamente ambas muertes tuvieron un impacto especial, tanto por las circunstancias específicas en que se dieron (y que veremos luego), como por el hecho mismo de haber sido dos jóvenes de clase alta, en una sociedad de tantos privilegios sociales. Pero también por el hecho de que diversas personalidades ibañistas y nacionalistas lograron bastante éxito en presentar la caída del dictador como una obra fundamental de la oligarquía, para la cual habrían “usado” a estudiantes y profesionales. Y por cierto, en aquel relato calzaba muy bien el presentar que las muertes de la represión ibañista habían sido solo dos jóvenes oligarcas.
Sin embargo, llama poderosamente la atención el que incluso solo recuerden a ambas víctimas numerosos intelectuales y políticos que fueron jóvenes críticos de la dictadura. Han sido los casos de Eduardo Frei (Memorias y correspondencia con Gabriela Mistral y Jacques Maritain; Planeta, 1989; p. 37); Ignacio Palma (Claudio Rolle. Ignacio Palma Vicuña. Apasionado de libertad; ICHEH, 2006; p. 41); Elías Lafertte (Vida de un comunista; Austral, 1971; p. 226); Oscar Waiss (Chile vivo. Memorias de un socialista. 1928-1970; Unigraf, Madrid, 1986; p. 14) y Volodia Teitelboim (Antes del olvido. Un muchacho del siglo XX; Sudamericana, 1997; p. 190).

LA MUERTE DE JAIME PINTO
La muerte de Jaime Pinto Riesco fue especialmente importante porque se produjo el mismo 24 de julio en que el desfalleciente gobierno de Ibáñez había logrado la entrega de la Casa Central de la Universidad de Chile, luego de muchos días de haber permanecido tomada por un gran número de estudiantes con el objeto de lograr la caída de su régimen. En esa mañana, en el hospital San Vicente se había constituido la Asociación Médica de Chile y 500 médicos no habían logrado aprobar la realización de una huelga destinada a derribar al gobierno, pese a la arenga en tal sentido efectuada por el dirigente estudiantil Julio Barrenechea y el propio Pinto. Cuando los médicos se dispersaban sin ningún acuerdo, les llegó la noticia de que Pinto había muerto baleado por Carabineros a la salida del hospital, con lo que “la asamblea médica, de pie, los brazos trémulos en alto, aclamó el paro total indefinido. Adoptaría la forma de renuncia colectiva, quedando solo turnos de emergencia” (Gonzalo Vial. Historia de Chile (1891-1973) La dictadura de Ibáñez (1925-1931) Volumen IV; Fundación, 1996; p. 544).
Asimismo, “el resto del día y hasta la noche, todo Santiago fue escenario de infinitos incidentes. En el segundo piso de los tribunales, se desplegó un letrero contra Ibáñez; los empleados -requeridos por Carabineros- rehusaron retirarlo. La tropa invadió, con esto, el recinto; los funcionarios dejaron de trabajar (…) El comercio paralizó; a las 12 horas, los bancos cerraron sus puertas. Los tranvías dejaron de correr. Hacia la periferia de la ciudad, el panorama tomaba otro tinte. No olvidemos que Santiago rebosaba de cesantes (…) Así llegó la noche inquieta, poblada de lejanos o cercanos ruidos amenazantes: gritos, disparos aislados o quizás en ráfagas, pitazos policiales, botas contra el pavimento, trote acompasado de caballería” (Ibid.; pp. 544-5).
En rigor, lo que comenzó a producirse ese día fue una verdadera masacre de manifestantes por parte de Carabineros. Así, el diputado democrático Juan Pradenas (designado por Ibáñez, como todos, en el “Congreso Termal”) reveló, una vez caído el dictador, que “he visto asesinar a mansalva a hombres, mujeres y niños, sin siquiera darles una orden de despejar, sin siquiera llamarles previamente la atención. No sé (…) hasta dónde puede llegar la maldad humana; no sé si el uniforme puede convertir a los hombres de seres humanos en fieras que derraman la sangre de criaturas inocentes, de hombres indefensos” (Boletín de Sesiones de la Cámara de Diputados; 24-7-1931).

OTRA VICTIMA FATAL
Al día siguiente (sábado 25 de julio), una multitud estimada en veinte mil personas acompañó al cementerio los restos de Jaime Pinto. Ello generó nuevos choques con Carabineros con otra víctima fatal de clase alta: Alberto Zañartu. Como resultado, se produjo un recrudecimiento de las protestas y de la represión con el resultado de muchos más muertos y heridos. De acuerdo al detallado informe presentado por el diputado radical Arturo Lois, en la sesión de la Cámara del 11 de agosto, que incorporaba los datos de personas atendidas solamente entre el 23 y el 26 de julio por la Asistencia Pública, las víctimas de la masacre alcanzaban veinte muertos y más de 200 heridos. A su vez, de acuerdo al mismo informe, la multitud exasperada había causado dos carabineros muertos y tres heridos.
Como ilustración del ánimo policial tenemos el testimonio del estudiante universitario Oscar Waiss, que al llegar al centro de Santiago en la mañana del 26, vio que “numerosos grupos de estudiantes y obreros manifestaban a voz en cuello su oposición a la dictadura. Hubo pedradas y, repentinamente, los carabineros empezaron a disparar desde la esquina de Compañía con Ahumada (…) Con Manuel Contreras Moroso atravesamos corriendo la Plaza de Armas y en la esquina de la Municipalidad nos separamos debido al tumulto (…) Manuel, que tomó rumbo hacia la cordillera, se tropezó con dos carabineros a caballo, uno de los cuales le pegó un lanzazo en la frente que lo dejó inconsciente por varias horas. Unos transeúntes lo recogieron y, por la dirección estampada en el carné de identidad, lo llevaron al lugar en que vivía, una pensión en la calle Serrano” (Ibid; p. 14).
Asimismo, Orlando Millas (que sería connotado dirigente comunista) recuerda que “en el mes de julio presencié, en la Avenida Matta, carabineros a caballo, que armados de largas lanzas de coligüe con puntas de acero ensartaban, atravesándoles el pecho, a los manifestantes movilizados contra la dictadura militar y cómo, algunos de éstos lograban hundir sus cuchillos en los vientres de las bestias y derribar así a los esbirros” (En tiempos del Frente Popular. Memorias. Primer volumen. 1932-1947; Cesoc, 1993; p. 86).

LA HISTORIA Y EL MITO
El mito de que Ibáñez habría caído fruto de una conspiración oligárquica ha tenido detrás a historiadores nacionalistas-conservadores como Gonzalo Vial y Mario Góngora. Así, el primero ha señalado que “el establishment (…) tejió una novela exaltada y gloriosa alrededor del derrocamiento de Ibáñez: el ‘militarismo’ y su máximo exponente: el ´tirano’, habrían sido aplastados por un irresistible movimiento ‘civilista’” (Vial; p. 525). El segundo ha señalado que el “régimen dictatorial (…) había sido derribado por la crisis mundial y por la ‘fronda’ (aristocrática)” (Góngora. Ensayo histórico sobre la noción de Estado en Chile en los siglos XIX y XX; Universitaria, 1992; p. 207).
Y por cierto, ha sido apoyado también por connotados ibañistas. Así, el secretario político de Ibáñez -y que el último año de su gobierno había estado de agregado militar en Estados Unidos-, René Montero, sostuvo que “la oligarquía pudo, entonces, hacer su juego libremente, y la clase media, inconsciente y suicida, alzó también su mano contra el gobernante salido de su seno, que había cautelado como ningún otro sus intereses y derechos. Sólo el pueblo, que difícilmente se engaña con ideologías falaces (…) y que parece poseer un instinto profundo y certero del interés público y de la justicia, se mostró impermeable a la falsa propaganda libertaria del 26 de julio” (La verdad sobre Ibáñez; Zig-Zag, 1952; p. 152).
Asimismo, el propio “socialista-ibañista”, Carlos Charlín, que reconoció en los estudiantes anti-ibañistas a los futuros líderes democratacristianos, socialistas y comunistas, señalaba que “los políticos opositores comprendieron que la dictadura tambaleaba agonizante y azuzaron a los estudiantes para que se apoderaran de la casa central de la Universidad de Chile (…) los estudiantes (…) estaban indirectamente dirigidos. Cierto que el grupo Avance representaba una tendencia política de ideas avanzadas (…) pero detrás de ellos estaban los mismos profesionales de la política (…) los Alessandri, los Ross, los Edwards y los Errázuriz, unidos por la sed de venganza, no cejarían (…) hasta (…) obtener el dominio de La Moneda” (Del avión rojo a la República Socialista; Quimantú, 1972; pp. 373-82).

RESPALDO OLIGARQUICO
Sin embargo, las reuniones a que convocó Ibáñez para aconsejarse respecto de la crisis revelan que la elite oligárquica y de clase media, que siempre había respaldado su dictadura, seguía hasta el final con él. Particularmente una reunión que incluyó “a los gerentes de banco, a varias personas muy entendidas en economía o que detentaban esa fama -Pedro Torres, presidente del Banco de Chile; Encina; Guillermo Subercaseaux; Rodolfo Jaramillo; Pedro Aguirre (Cerda); el senador Enrique Zañartu; su colega Silvestre Ochagavía; Guillermo Barros Jara; Joaquín Echenique; Guillermo Edwards; etc.- y a políticos pro Ibáñez (…) Juan Antonio Ríos, el senador Fidel Estay y algunos más. Excepto Subercaseaux, nadie estuvo por la ‘salida política’ (incluir en un nuevo gobierno a hombres que repusieran la confianza perdida), aunque Torres informó privadamente a Ibáñez que los empleados del Banco de Chile habían acordado parar. Francisco Antonio Encina se manifestó partidario de defender sin claudicación el principio de autoridad. Zañartu, Ochagavía, Aguirre Cerda, Barros Jara, Echenique y Estay sostuvieron igual línea” (Vial; pp. 547-8).
Por cierto, la derecha efectuó una voltereta a la caída de Ibáñez. Así, el mismo rector de la Universidad Católica que tanto lo había apoyado, Carlos Casanueva, ofició la misa multitudinaria que despidió los restos de Jaime Pinto. A su vez, en El Mercurio, el ferviente apologista de Ibáñez, Rafael Maluenda, hablaba ahora del “espejismo del Chile Nuevo (leitmotif de la dictadura)” (El Mercurio; 28-7-1931).
Por su lado, el ultraconservador “administrador apostólico del Arzobispado, monseñor José Horacio Campillo (Crescente Errázuriz había muerto el mes anterior), circulaba complacido, entre aplausos, a bordo de un automóvil abierto que semicubría un pabellón patrio” (Vial; p. 557).
Sin embargo, la Fech, que había liderado en la práctica la insurrección, en declaración pública señalaba “que el gobierno revolucionario debe proceder cuanto antes a la disolución del actual Congreso y a la convocatoria a elecciones constitucionales de éste y de presidente de la República” y “que el nuevo gobierno investigue las relaciones de la dictadura con el capitalismo internacional, luche contra el imperialismo económico de las potencias extranjeras y se preocupe en forma efectiva de la situación desmedrada de las clases trabajadoras” (El Mercurio; 27-7-1931).

GUERRA SILENCIOSA
Pero además, los diversos testimonios coinciden en la participación de los sectores populares en las manifestaciones contra Ibáñez y en el auténtico júbilo generado en ellos con el fin de la dictadura. Así, Clotario Blest recuerda: “Yo era muy joven en esos años y trabajaba en las parroquias, en la Unión de Centros, en la Casa del Pueblo; también estudiaba. Recuerdo que había muchas manifestaciones en contra del régimen de Ibáñez. Cayó por la fuerza del pueblo, no por un golpe militar. Se usó una táctica de no violencia curiosa y tremenda. A cualquier parte que entraran militares, la gente se iba. Entraban al teatro y la gente se salía; se subían a un tranvía, se bajaba la gente. De manera que fue una guerra silenciosa que los mató” (Mónica Echeverría. Antihistoria de un luchador. Clotario Blest (1823-1990); LOM, 1993; pp.124-5).
A su vez, Frei recuerda que “la gente se abrazaba en las calles, columnas de manifestantes convergían hacia el centro, cantando y gritando” (Ibid.; p. 37); Oscar Waiss rememora que “jubilosas manifestaciones celebraban la renuncia del general Ibáñez mientras los carabineros hacían abandono de sus puestos, a fin de no ser linchados por la multitud” (Ibid.; p. 15); Elías Lafertte menciona que “los automóviles corrían haciendo sonar sus bocinas, las gentes se abrazaban en las calles sin conocerse (…) Lo mismo ocurría en todas las ciudades, pueblos y aldeas de Chile” (Ibid.; p. 227).
Y el que sería destacado dirigente socialista, Alejandro Chelén Rojas, que entonces hacía el servicio militar en el norte, recuerda: “En Antofagasta, el delirio de la multitud fue extraordinario (…) En un desfile improvisado, observé el frenesí que exteriorizaba el pueblo. Fueron horas de verdadero delirio (…) La ciudad vibraba de entusiasmo. Se improvisaban desfiles; los oradores populares con palabras candentes condenaban la ignominia que el país había vivido. Las banderas rojas -en el curso de esos días tanto tiempo guardadas-, flameaban otra vez. Yo mismo, bajo mi casaca de conscripto, grité a pulmón lleno contra la dictadura ya caída. Antofagasta entera, parecía despertar de una atroz pesadilla, recobrando su alegría contagiadora. ¡Nunca he olvidado esos momentos!” (Trayectoria del socialismo. Apuntes para una historia crítica del socialismo chileno; Austral, Buenos Aires, s/f; pp. 58-9).

FELIPE PORTALES (*)

(*) Este artículo es parte de una serie que pretende resaltar aspectos o episodios relevantes de nuestra historia que permanecen olvidados. Ellos constituyen elaboraciones extraídas del libro del autor, Los mitos de la democracia chilena, publicado por Editorial Catalonia.

(Publicado en “Punto Final”, edición Nº 868, 6 de enero 2017).

 

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