Punto Final, Nº 883 – Desde el 1 hasta el 14 de septiembre de 2017.
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¿Qué hacer con nuestros valientes soldados?

 

En el colegio nos enseñaban que nuestros militares eran muy legalistas y siempre defendían al gobierno, cualquiera que fuera. Muchos creímos eso hasta que los vimos bombardeando La Moneda y encabezando el golpe cívico-militar de 1973.
Nuestras Fuerzas Armadas no han evolucionado mucho. Si los generales son pinochetistas, todos los demás tienen que serlo. Y ni siquiera son los mismos de la dictadura, es una nueva generación, pero muy parecidos.
En la página oficial del ejército se expresa lo siguiente, sin ningún comentario: “En la década de los 70, como consecuencia de la crisis política, social y económica a la que había llegado el país, las Fuerzas Armadas y de Orden asumieron el poder de la Nación el 11 de septiembre de 1973”.
Son como un cuerpo extraño, un tumor incrustado en medio de nuestra sociedad, pues obedecen a doctrinas ajenas a las que predominan en el país. Antes del golpe hubo muchos militares constitucionalistas dispuestos a defender al gobierno de la Unidad Popular, pero todos fueron liquidados. Debemos reconocerlo y rendirles homenaje.
¿Por qué los critico? Me explico:
-Tienen una formación prusiana, aunque ahora se han sometido a la influencia norteamericana, pero muchos rasgos alemanes perduran. Hasta el uniforme, con esa absurda capa hasta el suelo, es igual al de los alemanes de tiempos de la Segunda Guerra Mundial.
-Cuando Pinochet murió en 2006, en la Escuela Militar se le rindieron honras fúnebres y en los recintos del ejército se izaron banderas a media asta.
-Nunca han querido decir donde están los cadáveres de las personas asesinadas.
-Los carabineros tienen un grupo especial que reprime a la gente igual que en dictadura: palos, gases lacrimógenos, agua a presión, perros.
-La organización de los militares es clasista, se hace una tajante diferencia entre oficiales, suboficiales y tropa, los lugares en que estudian, sus sueldos y los ascensos a que pueden aspirar.
-La enseñanza que reciben es autoritaria y centrada en el liderazgo y la obediencia a sus superiores. Esto es algo de lo que les enseñan y de la ideología que les inculcan:
“Perfil del oficial de Ejército: grado de Alférez genérico, preparado para ejercer el mando de una Sección o Pelotón con liderazgo, en contextos de crisis y/o guerra, y operaciones distintas a la guerra.
Sistema de formación conductual: su objetivo es desarrollar (…) las actitudes, valores y conductas propias de la profesión y los cuales deben adquirir y practicar en forma permanente los oficiales en formación de la Escuela Militar”.
En estos manuales de instrucción y otros, no se ve ninguna referencia al pueblo a que pertenecen, al gobierno al que deben lealtad, y menos a los derechos humanos, soberanía popular, hermandad latinoamericana ni nada que se le parezca.
-Les exigen realizar ejercicios físicos agotadores. Así los convierten en autómatas que sólo responden a las voces de mando, perdida ya la capacidad de pensar y decidir. Los hacen luchar contra un enemigo abstracto: “Si no lo matas, él te mata a ti”. Cuando finalmente les señalan a una persona o a un grupo y les dicen “Ese es el enemigo”, los soldados responden automáticamente.
¿Qué se podría hacer?
Cualquier gobierno, incluso uno de derecha -siempre que no sea ultrafascista- tiene que comprender que no es conveniente tener militares que creen que se mandan solos y que nadie puede meterse con ellos. Entre las pocas funciones que aún les quedan a los gobiernos está el manejo de sus tropas. Por eso, una de las propuestas de todo candidato a un puesto de representación popular -y también una exigencia de las organizaciones sociales-, debería ser la democratización de las fuerzas armadas. El editorial N° 850 de Punto Final, señala: “La lección a tener presente es clara: la revolución democrática no es posible sin las fuerzas armadas”.
El gobierno debería tener un ministro de Defensa con los pantalones bien puestos, aunque fuera una mujer, que pudiera negociar y convencer a los militares de que después de todos los escándalos conocidos -robos, corrupción, pensiones millonarias mal adquiridas, impunidad- les conviene rectificar y quedar bien ante su pueblo.
En la actualidad hay 48 generales en el ejército. Para tener un comandante en jefe confiable, el gobierno no necesita darlos a todos de baja. Con dar de baja a los primeros, los demás se tornarían confiables.
Especialmente se les debería exigir que, en los estudios, eliminen toda la terminología fascistoide, le den prioridad a los derechos humanos, al derecho humanitario internacional, a la nueva Constitución; que inculquen a los jóvenes el amor al pueblo y a los humildes y la hermandad de los países de América Latina.
Y además, terminar con las diferencias entre oficiales, suboficiales y tropa. ¿Que un soldado raso pudiera llegar a general por méritos? Sería genial y un ejemplo para otros países.

Margarita Labarca Goddard

 

(Publicado en “Punto Final”, edición Nº 883, 1º de septiembre 2017).

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