Punto Final, Nº 889 – Desde el 24 de noviembre al 7 de diciembre de 2017.
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Y luego nos preguntamos por qué


Un reciente estudio del PNUD (Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo) informa que los interesados en votar en las elecciones chilenas han bajado, a un ritmo sostenido, hasta niveles alarmantes.
Si en las elecciones municipales del año 1992 votó el 79%, en las del año 2016, solo lo hizo el 36%.
La esmirriada votación del domingo 19, confirma que algo le pasa a esta democracia. Que de nuevo solo el 46% de los votantes se haya entusiasmado para esta primera vuelta, dice mucho. En las oficinas secretas en las cuales se deciden las cosas, habrá gente analizando si este escenario de rasgo caótico sirve o no para el efecto de mantener el statu quo o si esta nueva caída señala algún peligro para el sistema.
¿Por qué la gente ya no se interesa por votar?
La más importante razón, como resulta de toda lógica, es que con votar no se cambia nada. Desde que comenzó la posdictadura, los ganadores han sido exactamente los mismos. Aunque, a juzgar por los resultados de la primera vuelta, algo no anda bien.
El duopolio, la ultraderecha y la Concertación/Nueva Mayoría, se ha coludido para no solo mantener lo esencial del modelo que impuso a sangre y fuego la dictadura, sino que se ha dado maña para perfeccionarlo.
Lejos, perdidos en la historia, se escuchan los ecos de las promesas que se hicieron de alegría, democratización y justicia. Lo que hubo fue una supuesta transición que no ha dado hasta ahora prueba real de democratización del país. Para qué hablar de justicia ni menos de alegría.
¿Pero por qué hay tanta gente que vota por la derecha?
Si se considera que Piñera representa el lenguaje de la derecha más abyecta, y que él mismo sea el epítome de la cultura neoliberal en la que hacerse millonario a cualquier costo es una conducta socialmente bien vista, ¿por qué obtiene esta votación?
Ese 44,5% (Piñera más Kast) que obtuvo la derecha el domingo es alarmante. E importa una comprobación dramática: la derecha se instala a nivel cultural, es decir, en lo que la gente común hace sin pensar en lo que hace, en un sistema único en el mundo por sus extremos, y que ha dado pie a un habitante que ha confundió el ser con el tener, aunque para el efecto se bambolee entre un crédito y un préstamo.
Simples asalariados se vanaglorian de ser de clase media, sin darse cuenta de que no son sino explotados y abusado en sus derechos, lo que parece no importar mientras se tenga acceso al endeudamiento eterno, al último smartphone, al auto, a la antena parabólica y al mall.
Se consagró la admiración por el poderoso y la glorificación del dinero obtenido no importa cómo.
Ser como ellos es la consigna que instaló el triunfo embozado de la dictadura, la que se ha tratado de disfrazar como una transición que jamás ha sido. Amplios sectores de habitantes no solo no exigen sus derechos, sino que se escandalizan ante la opción de no pagar por ellos. Ahí triunfó la dictadura: instaló la sensación de que esta vida es la mejor de las posibles. Y la única. Naturalizó una cultura miserable como el mejor de los mundos.
Así, pasar la vida entre aprietos económicos que se resuelven por medios de las deudas eternas, se transformó en una manera de ser feliz. En una forma de ser. Y el país pasó a ser uno en que más de once de sus diecisiete millones de habitantes están endeudado, lo que cada uno agradece a diario con la certeza del creyente.
Ese milagro lo hizo posible la derecha. Y ese milagro explica su votación.
Esos votos son de puro agradecimiento, cuando no del temor a no poder acceder a los réditos sociales que permite la deuda y que se puede lucir en las redes.
Para esta gente que vota por la derecha la desigualdad es una condición que lejos de afectar en algo la convivencia, es una virtud que se enarbola como un logro de vida: no soy como los otros. No quiero tener los derechos de los otros, sino los míos propios.
Hasta ahora el voto fiel de la derecha se afirma en ese sentido común, enemigo de la reflexión y amigo de la ostentación a cualquier precio.
Por otra parte, otra vez, los resultados de “las izquierdas” en esta pasada elección aún no dan ni para una sopa.
Sin embargo, en breve esta gente idealista y convencida comenzará de nuevo a tratar de perfeccionar todo aquello que no ha sido sino un fracaso, con un entusiasmo que asombra. Y que asusta.
Y luego nos preguntamos por qué la derecha tiene tan alta votación.

Ricardo Candia Cares

 

(Publicado en “Punto Final”, edición Nº 889, 24 de noviembre 2017).

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