Punto Final, Nº 890 – Desde el 8 hasta el 21 de diciembre de 2017.
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Cuando los concertacionistas dejaron de reír

 

Se suele decir que las elecciones no se ganan ni se pierden: simplemente se interpretan. Pero no toda interpretación es plausible ni razonable, ya que por más que se estiren las cifras y los datos, no todo análisis logra credibilidad. En el caso de la primera vuelta electoral presidencial y las elecciones parlamentarias: la interpretación que ha adquirido cierto peso es que ni Piñera, ni Guillier, ni Sánchez ganaron esa elección.
 Piñera no ganó, aunque salió primero, porque obtuvo muchos menos votos que los que se esperaba que lograría, ya que fue inflado artificialmente por encuestas prefabricadas para insuflar un estímulo artificial a su campaña. Este hecho rompió el “efecto locomotora” que llevaba a pensar que era una carta segura de triunfo. Quienes votan a ganador ya no lo tienen seguro con un candidato que se vio desinflado en relación a las expectativas que auguraban que quedaría a punto de ganar en primera vuelta.
Guillier no ganó, aunque pasó a segunda vuelta, porque obtuvo la votación más baja que han obtenido los candidatos de la Concertación y la Nueva Mayoría desde 1990. Más baja que Eduardo Frei Ruiz-Tagle en la primera vuelta 2009.
Beatriz Sánchez no ganó, aunque obtuvo muchos más votos de los que le auguraban las encuestas, ya que no pasó a segunda vuelta. Aunque su sector se convirtió en un actor clave de la política, en los hechos duros quedó fuera de competencia. Se trata de un triunfo político enorme, pero una derrota electoral que no se puede negar.

¿QUIÉN GANÓ EL 19 DE NOVIEMBRE?
Sin duda la ganadora fue Michelle Bachelet. Política y electoralmente hablando. ¿Cómo es posible, si ella no era la candidata? Simplemente porque la derecha convirtió la elección en un plebiscito sobre su gobierno y su programa. Y en ese terreno salió airosa. El 55,43% de los votos apoyó opciones presidenciales que con matices y diferencias apoyan o buscan radicalizar los cambios que ha impulsado Bachelet desde 2014. Esta victoria política de la presidenta es una derrota de los defensores del statu quo, especialmente de los que situados dentro de la Nueva Mayoría boicotearon el desarrollo del programa prometido en 2013.
Este campo de derrotados políticos debe tener nombre y apellido: en primer lugar, es el grupo de democratacristianos nucleado en “Progresistas con progreso”. Este sector, liderado por Mariana Aylwin, Eduardo Aninat, Hugo y Jaime Lavados, Clemente Pérez, fueron elevados por el grupo de El Mercurio a la categoría de portavoces de la oposición más enconada a Bachelet durante estos cuatro años. Ni la derecha en su peor faceta se atrevió a arremeter contra el gobierno como lo hizo este sector. Para eso aprovecharon el montaje del caso Caval, a inicio de 2015, para obligar a un cambio de gabinete que puso a Jorge Burgos en el Ministerio del Interior con pretensiones de forzar un “golpe blanco” contra la presidenta, esperando que desmoralizada y destruida su imagen pública, terminara cediendo a Burgos un rol de vicepresidente permanente y plenipotenciario, quedando su papel reducido a la figura de una reina que ejerce la jefatura de Estado, pero sin funciones de gobierno.
 El montaje Caval hizo un daño devastador en el gobierno. Pero el tiempo terminó reivindicando a Bachelet: a la larga el montaje ha derivado en la formalización de Isaac Givovich, yerno de Joaquín Lavín, acusado de facilitar facturas ideológicamente falsas al operador político de la UDI Juan Díaz, a través de su empresa Sociedades GES Consultores S.A, por un total de 400 millones de pesos. Fondos que serían traspasados a las cuentas del síndico Herman Chadwick, hijo del patriarca de una de las familias claves de la UDI, y sobrino de Sebastián Piñera.
Los otros derrotados fueron los liberales despechados del PPD y el laguismo, partiendo por Ernesto Tironi, José Joaquín Brunner, Carlos Peña, Ernesto Ottone padre, Ascanio Cavallo y toda su corte de aduladores. Brunner llegó a publicar un verdadero tratado del antibacheletismo que sintetizó las tesis políticas de este sector, llamado Nueva Mayoría: fin de una ilusión. En este texto lo que buscó es afirmar que todas las reivindicaciones nacidas del movimiento de 2011, tanto en el campo estudiantil como en el de los movimientos territoriales y ambientales, habían sido sobreestimadas. Eran una ilusión: “Así, pues, calificamos de ilusión una creencia cuando aparece engendrada por el impulso a la satisfacción de un deseo, prescindiendo de su relación con la realidad, del mismo modo que la ilusión prescinde de toda garantía real” decía Brunner en la introducción de su libro. Las reivindicaciones sociales eran impulsos ciegos de la voluntad, deseos sin límite, que no tenían ningún arraigo en la realidad. En esa introducción Brunner sostiene como sentencia condenatoria: “El tiempo cubierto por el análisis se caracteriza por una débil conducción del gobierno, contradictoria, técnicamente floja, poco orgánica políticamente, mal coordinada, precariamente ensamblada, ideológicamente confusa, con rasgos de improvisación e impericia y, en general insegura. A esto se le suma un bajo desempeño del Estado en áreas claves como seguridad ciudadana, proceso legislativo, modernización del aparato burocrático e incluso en sus relaciones internacionales”. Los que asistieron a la presentación del libro sostienen que al terminar de leer en voz alta este párrafo, Brunner dijo: “Esto parece un poema”, lo que generó la carcajada de los asistentes durante varios segundos. En síntesis, el concertacionismo en su versión DC y laguista perdió. Su tesis, refutada en 2011, fue derrotada nuevamente, ahora de una forma doblemente ridícula y vergonzosa.

UNA INTERPRETACION (PRELIMINAR) DEL BACHELETISMO
Los historiadores suelen decir que los acontecimientos necesitan perspectiva para ser analizados. Cuando le preguntaron a Mao qué opinaba de la influencia de la Revolución Francesa, dijo que todavía era temprano para evaluarlo. Eso aplica a Michelle Bachelet. En cierta forma ni siquiera ella misma es totalmente consciente de la influencia que tendrán sus gobiernos en el Chile del futuro. La dificultad para entender eso radica en que Bachelet nunca hizo una ruptura con la política de sus predecesores. Siempre buscó ser la más auténtica continuidad de la Concertación. Sin embargo, aunque no rompió con sus “patriarcas políticos”, en la práctica fue generando cortes sutiles pero permanentes con la política anterior, nunca reconocidos, nunca verbalizados, pero cada vez más tangibles. De allí que los dos gobiernos de Bachelet se deberán interpretar en el futuro como una evolución sostenida, pero discreta, que sacó a Chile desde el pantano político de los años 90, donde nada se podía cambiar, a un momento en nuestra década, donde la hipótesis del cambio ha adquirido legitimidad y posibilidad.
Por otra parte, Bachelet no llevó este proceso a su lógico desenlace. Hasta hoy la racionalidad de buena parte de sus ministros, empezando por Eyzaguirre, y atravesando la mayoría de sus cuadros tecnocráticos, radica en la misma lógica de la imposibilidad de salir del marco neoliberal. De allí una cierta esquizofrenia que vive la Nueva Mayoría, sosteniendo el discurso de las reformas estructurales, mientras el propio aparato burocrático torpedea esta argumentación. Guillier promete el fin de las AFP mientras Eyzaguirre ataca el sistema de reparto.
Sin embargo, la historia se mueve de forma oblicua, nunca directa. La reforma electoral de 2014, que eliminó el sistema binominal, y las reformas al financiamiento político de 2015, han supuesto un perjuicio enorme a los partidos de la Nueva Mayoría y han permitido que la consolidación de una fuerza emergente como el Frente Amplio, que en al anterior contexto nunca hubiera tenido posibilidades de tener representación parlamentaria. ¿Sabía Bachetet y su equipo que ese sería el efecto de esa política? Probablemente podían intuir algo, se podían hacer algunos cálculos, pero evidentemente el futuro estaba abierto y no dependía de la voluntad de la presidenta alterarlo. El Frente Amplio no existía en ese momento y podría no haber llegado a constituirse para capitalizar ese cambio de sistema. En los hechos las reformas de Bachelet, suaves, tibias, contradictorias, van a tener a largo plazo un efecto inesperado e innegable, ya que han supuesto un punto de inflexión tendencial. Cabe principalmente al Frente Amplio asumir ese escenario y hacer efectiva la posibilidad de poner en acto político lo que ahora está en potencia.

¿HACIA UN PACTO DE MINIMOS?
Lo que eso significa es que el Frente Amplio, sea cual sea el resultado de la segunda vuelta posee una llave política importante, que, usada con responsabilidad, puede abrir varias puertas en los próximos cuatro años. Pero las llaves, para ser eficaces, deben ponerse en las cerraduras. De nada sirve una llave si no se usa o si se regala al primero que te la pide. Eso significa que el Frente Amplio debe negarse a entregar incondicionalmente su llave a la Nueva Mayoría. Pero también debe usar su llave para abrir las puertas que le interese abrir en los años venideros. En ese equilibrio se requiere armonizar fuerza y flexibilidad, autonomía y voluntad de acuerdo.
Hasta el momento, en vista a la segunda vuelta, el Frente Amplio ha demostrado que sabe jugar este juego. Su calculado “no apoyo” a Guillier, expresado en rechazo a Piñera, le ha colocado en el centro de la escena política chilena. Ha conquistado todas las miradas y opiniones, y más allá de las críticas, ha logrado generar una tensión no resuelta que le confiere a su campo una dosis de poder político inimaginable hace sólo un par de semanas atrás. La pregunta es ¿qué hará el FA con ese poder? ¿Será fecundo o estéril?
 La respuesta obligada parece encaminarse necesariamente a un acuerdo programático basado en un conjunto acotado de proyectos de ley para impulsar con la Nueva Mayoría desde 2018. Y a la vez una total autonomía para actuar de forma libre en el resto de las materias no cubiertas por ese acuerdo de mínimos comunes. Esta política podría responder a lo que la sociedad parece esperar del FA: dar profundidad y coherencia a las reformas iniciadas por Bachelet, pero a la vez hacerlas viables y concretas.

ALVARO RAMIS

(Publicado en “Punto Final”, edición Nº 890, 8 de Diciembre 2017).

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