Punto Final, Nº 893 – Desde el 26 de enero al 8 de marzo de 2018.
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Néstor Kohan

El marxismo, un arma de combate


El filósofo argentino Néstor Kohan (51, profesor de la Universidad de Buenos Aires) responde al cuestionario que le presentó PF a propósito de los 150 años de la publicación de El Capital, de Karl Marx.
Néstor Kohan es autor de numerosos libros sobre Marx, el marxismo y las luchas revolucionarias en América Latina. Milita desde muy joven en organizaciones políticas y sociales de su país, y ha participado en numerosos foros internacionales sobre estos temas.

¿Cuál es la principal enseñanza que los movimientos revolucionarios en América Latina pueden rescatar hoy de “El Capital”?
“En mi opinión, El Capital es una obra imponente y demoledora que parte en dos el conjunto de las ciencias sociales contemporáneas. Pero su capacidad de intervención no alcanza únicamente al plano de la teoría social. Tiene evidentes consecuencias políticas. Su autor, Karl Marx, la definió desde la misma noche en que la envió a imprenta como ‘un misil contra la burguesía’. El Capital entonces no es sólo un bello y armonioso, consistente y seductor conjunto de hipótesis, categorías y teorías. Es también un arma. Ideológica, científica y… política.
Bombardea las bases de sustentación del orden burgués. Torpedea todos los discursos legitimantes de la injusticia. Impugna, desarma y desnuda cada una de las trivialidades con que la economía política contemporánea pretende justificar la explotación de la clase trabajadora y la miseria de los sectores populares. Marx tritura esos discursos de baja calidad y nulo carácter científico que pululan en las universidades y kiosquitos privados crecidos como plaga al calor del neoliberalismo más ramplón. Enorme dinero puesto en marketing y escaso uso del cerebro. Mucha propaganda televisiva y callejera, cero búsqueda de la verdad. Con todo respeto por los tiernos animalitos, esas universidades fabrican en serie burros con doctorado. Y nada más. Karl Marx se ríe a carcajadas de todos ellos.
Hoy de esa multiciplicidad de falacias, malabarismos retóricos y lugares comunes difundidos hasta el cansancio por la TV, el más conocido y trillado es el que popularizó la economía neoclásica (popularmente conocida como ‘neoliberalismo’). Esto es: para bajar la inflación, hay que ralentizar la rotación de la moneda y para ello, hay que parar la capacidad de compra popular disminuyendo el consumo interno. ¿Cómo? Congelando salarios, eximiendo de impuestos a las grandes firmas capitalistas, facilitando los despidos de la fuerza de trabajo, triturando derechos sociales, aumentando la edad jubilatoria, degradando hospitales, escuelas y universidades del sector público. Ese dogma de mala confección y pésima calidad, que nadie con una mínima seriedad adquiriría ni en una mesa de saldos ni en una vidriera de ofertas, hoy se ha vuelto un axioma autoevidente. Uno de sus inventores es Milton Friedman, criminal de guerra y perverso padre intelectual de las dictaduras militares del Cono Sur latinoamericano (los generales Pinochet y Videla siempre fueron despreciados como lo que eran, siniestros carniceros y crueles matarifes, pero con mucha ingenuidad y no poca ceguera nadie puso el ojo ni la mira en Friedman).
Semejante doctrina se aplicó por primera vez en el mundo en Chile a partir del 11 de septiembre de 1973 (luego se extendió a Inglaterra, con Margaret Thatcher y a EE.UU. con Ronald Reagan). Hoy se continúa aplicando en Argentina, Chile, Colombia, etc.
El Capital de Karl Marx aplasta con un pulgar y sin mucho esfuerzo semejante despropósito teórico y político. Y ya desde allí nos encontramos con su gran utilidad política. Pero la importancia política de la gran obra de Marx no se detiene en ese rubro. El Capital combina tesis políticas muy ligadas a la realidad inmediata, observables en el plano empírico cotidiano, con otros pasajes de abstracción muy elevada. Por eso simplemente El Capital no alcanza para comprender el funcionamiento, el desarrollo, la crisis y la lucha política contra el sistema capitalista mundial. Hacen falta mediaciones, es necesario complementar esta obra con un nutrido abanico de reflexiones sedimentadas por varias generaciones de marxistas. Marx nos proporciona el paradigma, funda la tradición, explica y comprende el meollo esencial, pero debe ser complementado con las investigaciones y aportes de otros marxistas posteriores que siguieron su huella en el mismo sentido que el maestro: comprender el capitalismo para derrocarlo. Lenin es el principal, pero no sólo él. También Rosa Luxemburgo, León Trotsky, Mao Tse Tung, Antonio Gramsci, el Che Guevara, Ruy Mauro Marini, Theotonio Dos Santos, Vania Bambirra, Orlando Caputo y todos sus amigos de la teoría marxista de la dependencia, Samir Amin, Ernest Mandel y tantos otros y otras…”.

REIVINDICACIONES DEMOCRATICAS
¿Cree que en la actual América Latina hay espacio para reivindicaciones democrático-burguesas que presenten potencialidades de transformación revolucionaria del capitalismo? De haberlas, ¿cuáles serían y quiénes serían los actores llamados a llevarlas a cabo?
“En Nuestra América no se han cumplido jamás las etapas predeterminadas y sucesivas que aspiraban a describir los antiguos manuales soviéticos, siguiendo las huellas de Stalin. Nunca hubo feudalismo puro. Tampoco esclavitud pura. Ni siquiera capitalismo puro.
En nuestras formaciones económico-sociales se han combinado relaciones sociales de diversas épocas, conviviendo hasta el día de hoy muchas recicladas bajo nuevos ropajes y de forma abigarrada. Siempre insertos, cada uno de nuestros países, de forma dependiente y subordinada en el marco del sistema capitalista mundial. Las reivindicaciones populares que no son estrictamente socialistas son inseparables de un proyecto anticapitalista y antiimperialista. No habrá ni podrá haber un capitalismo bueno, al lado y diferenciado de un capitalismo malo. Por lo tanto jamás podremos lograr reivindicaciones populares mínimamente democráticas, nacionales, de género, culturales, identitarias, territoriales, etc., si no aspiramos a inscribirlas en un proceso mayor con vistas al socialismo.
Durante la última década y media se han producido en nuestro continente (en algunos países, no en todos) procesos que han distribuido la renta de manera más progresiva, han generalizado la atención pública y le han puesto un freno geopolítico al frenesí monroísta del imperialismo yanqui (y de otros que funcionan como sus aliados incondicionales, desde la OTAN y el Bundesbank alemán hasta Israel, y la lista sigue). ¿Fue positivo o negativo? A nuestro modesto entender: ¡altamente progresivo! ¿Hubo limitaciones? Muchas. ¿La principal? Ilusionarnos con que allí se acababa el proceso, el partido estaba ganado y la película tendría final feliz como en los filmes románticos de Hollywood. Nada de eso. Si no se profundiza ese camino…. ¡Hay retroceso!
La historia de la lucha de clases jamás es lineal. No estamos descubriendo ni la pólvora, ni los fideos con salsa ni el pisco chileno, el mate uruguayo o el dulce de leche argentino. Son verdades ampliamente reflexionadas y masticadas por el movimiento revolucionario latinoamericano ya desde la época gloriosa de José Carlos Mariátegui, por no mencionar la etapa triunfal de la revolución cubana.
Por lo tanto las reivindicaciones democráticas, nacionales, de género, identitarias, territoriales, comunitarias, etc. son válidas, son justas, son defendibles y progresivas. Pero si no se inscriben en un horizonte futuro mayor, van necesariamente al declive. Es un fuego que termina en brasa y la brasa en ceniza hasta disolverse sin gloria, pero con mucha pena, en el polvo gris de la historia.
Retomemos y defendamos cada una de esas reivindicaciones con más fuerza, pero sin perder de vista jamás el horizonte ensoñado de la revolución socialista latinoamericana y la bandera inconclusa de la Patria Grande. Los sujetos oprimidos y explotados no han desaparecido, ¡se han multiplicado!”.

ARTICULAR LAS REBELDIAS
De las contradicciones económico-sociales identificadas en “El Capital”, ¿cuáles siguen vigentes en el capitalismo contemporáneo y de qué manera actúan? ¿Qué otras contradicciones ha puesto en juego el capitalismo hoy que podrían no haber sido suficientemente estudiadas por Marx y qué tipo de actores no podrían dejar de estar presentes en un proyecto emancipador?
“La contradicción entre capital y fuerza de trabajo sigue vigente. Hay que estar ciego, ser necio, haberse transformado en un converso o estar comprado para no reconocerlo. Es una antiutopía futurista digna de una película de Netflix el imaginar que desapareció el trabajo (Jeremy Rifkin), que hay que decirle adiós al proletariado (André Gorz), que no existe más el trabajo material (Toni Negri) y otras futurologías semejantes. Con la incorporación de la clase trabajadora china, india y de otras semiperiferias intermedias al mercado mundial capitalista y a la formación de las cadenas de valor a escala universal, el proletariado ha aumentado notablemente. Tremendos eurocéntricos son quienes sólo ven lo que pasa en sus pequeños barrios y sus pueblitos provincianos, sean europeos o yanquis. Esa contradicción capital-fuerza de trabajo posee la inmensa capacidad de aglutinar muchas otras opresiones y articular varias otras rebeldías, como bien nos ha advertido la compañera estadounidense Ellen Meiksins Wood. Una capacidad de aglutinamiento y convocatoria que no siempre tienen otras perspectivas de lucha, justas, necesarias, imprescindibles, pero muchísimo más restringidas y políticamente menos potentes.
Ahora bien, que ese dato sea insoslayable (a contramano de las modas posmodernas universitarias) no significa que la clase trabajadora deba pelear solita contra el gran capital. ¡Al contrario! El capitalismo de nuestros días, más perverso, feroz y depredador que nunca (de seres humanos e incluso de la naturaleza, como ‘cuerpo inorgánico’ de las personas), ha multiplicado los sujetos aplastados, subordinados, explotados, perseguidos, demonizados y marginados, etc. Las clases, comunidades, pueblos y segmentos subalternos se han multiplicado. Ya la clase obrera no está sola. ¡Por fin!
Por eso la gran tarea política del marxismo revolucionario contemporáneo consiste en poder articular en un gran frente multicolor todas las rebeldías, articulándolas con ese color maravilloso que tiñó los sueños rojos de millones de personas a lo largo de cien años de lucha (desde 1917 hasta hoy). Unirnos contra el capitalismo sin que nadie resigne sus reivindicaciones particulares, sin que nadie quede pegoteado ni enredado en su propio juego de lenguaje, sin que nadie quede hablando una lengua o un dialecto incomprensible para el resto de los humillados y explotados. Esa unión resultaría imparable. Un millón de veces más explosiva que la bomba más loca imaginada jamás. El marxismo tiene mucho que aportar y una lectura renovada de El Capital desde Nuestra América puede y debe jugar ese papel. ¿Quién dijo que todo está perdido? Esta lucha recién empieza”.

(Publicado en “Punto Final”, edición Nº 893, 26 de enero 2018).

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