5 de febrero de 1999
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Escritores y periodistas salvados de la hoguera |
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Alfonso Calderón, Premio Nacional de Literatura 1998 |
En su escritorio -con balcón al jardín y una biblioteca circular que cubre los muros- Alfonso Calderón Scuadrito avanza en la redacción del sexto tomo de sus memorias o "diarios". Mira ya con tranquilidad el temporal que desató su Premio Nacional de Literatura 1998. No le molesta la reacción de sus detractores literarios, que considera natural, pero le inquietan algunas críticas de contenido más bien político.
"Son declaraciones muy mal informadas, suponiendo que durante el régimen de Pinochet yo no hice nada, o vivía en la complacencia, el halago o las comodidades que brindaba la dictadura a sus partidarios. Eso es más de lo que yo podía esperar del peor de mis críticos", dice Alfonso Calderón.
La obra de Alfonso Calderón es numerosa. Aparte de sus "diarios", cinco ya publicados, y sus "viajes", que suman una cantidad parecida, ha editado varios libros de poesía, entre ellos "Una bujía a pleno sol", "Testigos de nada" y "Arbol de gestos". Sus "diarios" abarcan un período que va del año 39 hasta el presente. Uno de ellos, "El vuelo de la mariposa saturnina" aborda todo el período de la dictadura de Pinochet. "La valija de Rimbaud" es el título del volumen dedicado a Francia en su serie de "viajes".
Hasta el año 95, el Premio Nacional de Literatura 1998 fue director de la Biblioteca Nacional. En la actualidad dirige la revista cultural Mapocho y es profesor de la Academia Diplomática Andrés Bello de la Universidad Miguel de Cervantes. Pertenece también a la Academia de la Lengua del Instituto de Chile.
BAJO LA DICTADURA
"A raíz del golpe fui exonerado de la Universidad de Chile y de la Editorial Quimantú. Durante la dictadura firmé todas las declaraciones que un demócrata debía firmar, no acepté nada oficial y sobreviví trabajando en el sector privado. No me quejé, me quedé en Chile y dije, como escritor y periodista, todo lo que había que decir sobre el régimen, recurriendo a las vías posibles y sin negar que también sentí miedo".
Alfonso Calderón quiere hablar sobre el tema. Sus recuerdos son muchos y ese tiempo es parte sustancial de su vida.
Después de su exoneración usted se fue a la Universidad Católica. ¿Cuál fue su experiencia de ese tiempo?
"La universidad era como una isla de los bienaventurados. Había un marino de rector, la Iglesia pesaba y había gente de derecha honorable. Permanecí en la UC algunos años. En ese tiempo me tocó ver muchas cosas. La quema de libros, sin embargo, la vi después, en París, de visita donde unos amigos. Un niño que veía la tele llegó corriendo a avisarnos que en Chile estaban quemando 'libros de Francia'. Un corresponsal llamaba la atención sobre un volumen, La Comuna de París, que era pasto de las llamas. Eran libros que habíamos publicado en Quimantú, algunos tan inocentes como las Rimas de Gustavo Adolfo Becker o La sangre y la esperanza de Nicomedes Guzmán, algo de Neruda también. Me acordé de una respuesta de Freud cuando le contaron que sus libros habían sido quemados por los nazis: 'Menos mal que no me quemaron a mí'. Un consuelo pero más bien un sufrimiento. Mucha gente en esos días se hizo el harakiri quemando su propia biblioteca.
Luego vino la intervención de las bibliotecas públicas. La Biblioteca Nacional tuvo que resguardar una serie de obras en peligro, libros de Jobet, Ramírez, Recabarren, etc. Todo lo que oliera a socialismo. Trataron de 'blanquear' la Editorial Quimantú bautizándola como Gabriela Mistral pero fue un fraude".
EL PERIODISTA
"Emilio Filippi me tendió una mano y fui a trabajar a Ercilla. Era la época en que los militares nos censuraban y también nos autocensurábamos por precaución. Pero decíamos algunas cosas. Yo hacía comentarios de libros y estaba claro que aludíamos a Chile y a su régimen en esas notas. Un tema recurrente fue la cultura nazi. Logramos meter fotos de Hitler, de ceremonias nazis, etc. Bastaba ver para entender.
ALFONSO Calderón Scuadrito, Premio Nacional de Literatura 1998. Después me pasé a la revista Cauce. Nos prohibieron las fotos. Cuando censuraban una, quedaba el hueco en blanco. Estas revistas tuvieron una vida muy accidentada, prohibiciones, detenciones, amenazas, confiscaciones. Pero había algunos escapes. Una vez, en un hueco, puse un texto que decía: 'Me responsabilizo por esta foto de Salvador Dalí que no aparece'. La censura era absurda. Una vez pedí que se averiguara por qué habían censurado una crónica mía. Habían visto una alusión maliciosa sobre un general que apodaban 'El Gato', que tenía cara de tal y al que oía nombrar por primera vez. Recuerdo una nota que escribí sobre el novelista Guillermo Atías con motivo de su muerte en París. Terminaba así: 'Luego vendrán otros septiembres menos oscuros que éste'. Era una especie de guiño para que los compañeros afuera supieran que en el interior había muchos que hacían lo posible por no caer en la debilidad de tener miedo, aunque lo tenían. Como decirles: estamos con ustedes".
LA POLITICA Y LA VIDA
¿Cómo le influyó esto a usted, apartado de contingencias agitadas?
"Me volví más despierto. La política me había parecido cosa de otros, aunque Quimantú me dio una conciencia. Me cuesta hablar de política, no tengo la debida formación, aunque sí algunas ideas básicas de las responsabilidades que a uno le caben. Ayudé a algunos con cargo a mi conciencia, así como también recibí ayuda de gente que me protegió cuando muchos, conscientes de lo que ocurría, querían salvarse de la indignidad reinante. Después vi la decadencia institucional. Había profesores de derecha que hacían buenas clases. Mantenían criterios conservadores sin ser falsarios o apóstoles de la reacción pero había otros que estaban dispuestos a denunciar y borrar competidores. Tuvieron buen cuidado de submarinearse pero he visto que reaparecen como demócratas aunque profitaron del sistema que nos cayó encima".
¿Qué recuerda de la censura de libros?
"Ví los timbres con que se marcaba la censura de libros. Había que presentar los originales ante una comisión castrense. Yo trabajaba en la Biblioteca Popular con Carlos Nascimento hijo, y conocí a algunos escritores censurados que recibían el dictamen inapelable: 'suprimir el personaje tanto; en la página 78 observamos un ataque encubierto a alguien que representa el orden, sacarlo'. No todos los autores iban donde los militares a someterles sus libros. Fue el caso de Enrique Lafourcade con su novela El gran taimado. Lo amenazaron, hicieron desaparecer la edición y tuvo que refugiarse en la embajada argentina.
Recuerdo un artículo de Guillermo Blanco en Ercilla respondiendo a la propaganda oficial, según la cual todo estaba muy barato. La conclusión del artículo era que simplemente no había dinero. Nos tuvieron censurados 30 días. Cargaron más la mano cuando se refundó Hoy, la polémica revista de los años 30. Hasta las novelas policiales nos servían, por un sistema de alusiones no siempre nebulosas, para hablar de las cosas horrendas que pasaban. No había que ser muy despierto para percibir el doble sentido".
¿Qué significó ese período para usted?
"El horror fue una manera de ponerme en contacto con la vida real. Uno sabía que existía pero que no se correspondía con la idea que nos repiten desde siempre, sobre nuestra democracia. Aunque mi maestro del liceo, Julio César Jobet, nos advertía: 'No crean esa historia de don Panchito Frías Valenzuela, son cuentos del tío. En Chile ha habido matanzas. No hablen más de la 'revolución' del 91, eso no fue otra cosa que un alzamiento contra el régimen constitucional'. Comprendí que vivíamos una gran mentira que tomábamos como verdad histórica".
¿Qué opina de Pinochet y de la situación que enfrenta en Londres?
"Creo que el gobierno de Chile le da a Pinochet las oportunidades que nunca tuvo nadie durante su dictadura para siquiera ser acogido por la justicia. Cuánto habrían dado nuestros amigos y compañeros muertos porque los oyeran en un tribunal y hacer sus descargos, sin torturas, sin presiones. A Pinochet le dan la oportunidad que no le concedió a nadie. Ojalá pudiéramos olvidar a Pinochet, que él no tuviera ninguna participación en nada, que desapareciera para que pudiéramos construir una sociedad justa. Pinochet es una rémora, lo será mientras viva".
¿Qué opina de las campañas de apoyo al libro? El ministro de Educación acaba de lanzar una. Muchas personas ven este tipo de proyectos como una compensa- ción frente a la calidad dudosa de la televisión.
"Sí, he visto unos programas de entretenimiento en la TV que me parecen imposibles. En cuanto a esta campaña del libro: la veo como una continuación de lo que se hizo en el período 64-73 con Frei y Allende, en Zig-Zag y luego en Quimantú.
Trabajé como asesor literario en las dos editoriales. Recuerdo que cuando Zig-Zag se disponía a lanzar un libro chileno interesante con una tirada de tres mil ejemplares, 'Martín Rivas', por ejemplo, el ministro de Educación, Máximo Pacheco, me parece, pedía que se hicieran 20 mil. Ordenaba comprar a precio de costo la diferencia y enviaba los libros a las bibliotecas de escuelas y liceos. Cuando se creó Quimantú, se hizo lo mismo con gran éxito. Esto demuestra que puede lanzarse de nuevo el anzuelo y sacar el libro a flote como instrumento de desarrollo intelectual para los estudiantes. Yo agrego: el libro sí, pero también el acceso a la tecnología. Es indispensable que a las bibliotecas se agreguen las video enciclopedias, los mecanismos de trabajo moderno, todo lo que evita que el niño llegue al liceo como viniendo de la edad media"
SERGIO VILLEGAS
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