16 de abril de 1999

Un hombre para las horas difíciles

Con el Cardenal Raúl Silva Henríquez en la memoria

La mejor presentación la hizo él mismo en los días agrios del matonaje: fue el 24 de septiembre de 1973, en el Estadio Nacional abarrotado de detenidos tras el golpe. Le dieron un micrófono y habló: "Quizá muchos de ustedes no me conocen. Me llamo Raúl Silva Henríquez, soy cardenal de la Iglesia Católica. Represento a una Iglesia que es servidora de todos y especialmente de los que sufren. Quiero servirlos y, tal como Jesús, no pregunto quiénes son ni cuáles son sus creencias o posiciones políticas. Me pongo a disposición de los detenidos..."

Así, sin más aparato que la solemne sencillez de su persona, el hombre más importante del catolicismo chileno aseguraba comprometerse con la causa de la justicia en medio de un país violentamente roto. Pero su actitud no era producto de reacciones viscerales del momento; era, más bien, consecuencia práctica de aquello en lo que creía; en lo que había creído desde toda su vida.

Don Raúl nació en Talca el 27 de septiembre de 1907. Sus raíces paternas estaban por Colchagua y las maternas allá por el sur de Talca, casi en San Javier de Loncomilla. Tierra de huasos. Y por Silva y por Henríquez los 19 hermanos del matrimonio de don Ricardo con doña Mercedes, pudieron heredar fortunas. Pero la raíz campesina les quedó a todos en las entretelas del corazón. Por eso cuando Raúl, siendo cardenal dijo en una entrevista que el obispado de Santiago le "había salido chúcaro", nadie pudo sorprenderse. Conservó la sabiduría campestre del que mira, escucha, calcula y después arremete con decisión. Se sentía anclado en la historia de su pueblo y siempre que podía endilgaba a sus amigos el discurso acerca de las raíces: "Más de 400 años que los Silva han trabajado y amado esta tierra...". Sin embargo, para él, el dicho clásico de "Talca, París y Londres" se le transformó en otro que lo llevó desde las aulas del Liceo Blanco Encalada en Talca, al entonces clasista y pretoriano Liceo Alemán de Santiago y después al seminario salesiano de Turín en Italia. Porque el hombre decía tener vocación religiosa. Siendo estudiante de Derecho en la Universidad Católica de Santiago, empezó a rondar por la casa de los jesuítas. Una vez que pidió hablar con uno de ellos acerca de su vocación, le dijeron que volviera otro día porque estaban muy ocupados. Entonces se encontró con un cura salesiano italiano que se la estaba jugando por la doctrina social en Chile. Ni tardo ni perezoso, el italiano lo invitó a sumarse a las huestes de Don Bosco. Así, con su título de abogado recibido en diciembre de 1929, ingresó al noviciado salesiano en Macul. Era enero de 1930. De allí a Turín donde fue consagrado sacerdote en 1938. Volvió a Chile con la maleta llena de libros gordos: se iba a dedicar a la enseñanza de los seminaristas de su congregación.

 

EL PADRE RAUL

 

Cinco años después de haber regresado al país, ya el padre Raúl empezó a servir cargos cada vez más definidos: en 1943 es nombrado primer rector del Liceo Arriarán Barros, en la comuna de La Cisterna. Junto al liceo construye el templo de la parroquia San Juan Bosco. Pasan otros cinco años y asume como rector en el colegio Patrocinio de San José y empieza a abrir horizontes en la labor educadora de la Iglesia: funda y preside la Federación Nacional de Colegios Particulares Secundarios (FIDE) y crea la revista Rumbos. Trasladado al rectorado del seminario mayor salesiano en La Florida, lo amplía para todo el Cono Sur de América Latina y se convierte en un animador constante de la Conferencia de Religiosos de Chile. En 1957, es nombrado rector del colegio Juan Bosco y las escuelas profesionales de la Gratitud Nacional. Al mismo tiempo organiza el Instituto Católico de Migración y coordina muchas iniciativas solidarias que agrupa bajo las banderas de Cáritas-Chile: en esa institución fue presidente de la filial chilena y vicepresidente y después presidente a nivel mundial. Su nombre era conocido como el de un cura metido a empresario, un organizador nato de experiencias al servicio del bien público. Por eso extrañó a muchos que el Papa Juan XXIII lo nombrara obispo de Valparaíso en 1959; muchos lo veían más bien como un Ministro de Planificación.

 

EL PASTOR DEL PUEBLO

 

Pero don Raúl, además de ser un creativo organizador, supo ser también un verdadero pastor de su pueblo. Llegó a Valparaíso y de inmediato dedicó esfuerzos para animar esa comunidad católica un tanto estática. Mientras tanto, había fallecido en Santiago el cardenal Caro, rodeado del cariño de los pobres y la veneración de sus conciudadanos, a la benemérita edad de 92 años. Para sucederlo se barajaban los nombres del pomposo y conservador arzobispo de Concepción, don Alfredo Silva, y el del visionario y activo obispo de Talca don Manuel Larraín. Sorpresivamente el Papa Juan XXIII nombró a don Raúl y muchos arriscaron la nariz: era un religioso en un cargo tradicionalmente servido por curas seculares, era un hombre nuevo en el episcopado, era un hombre al que no se le conocía alineación mental en esa hora de cambio en América Latina: Fidel Castro estaba tiñendo de colorado todo el continente, Kennedy ofrecía pan y circo vendiendo su pomada a través de la Alianza para el Progreso, Nikita empezaba a abrir el bloque soviético poniéndole ventanas para Europa, y en Chile el gobierno conservador de Jorge Alessandri y todos sus gerentes tocaba a su fin mientras el centro y la Izquierda alzaban sus cabezas. ¿Para qué lado de la cancha tiraría el nuevo arzobispo de Santiago?

Pronto empezó don Raúl a dar señales por dónde iba a caminar. Inició una vasta y profunda reforma en la Iglesia de Santiago aplicando las normas del Concilio Vaticano II, llamó a salir de los templos a las casas de los vecinos mediante la Misión general, organizó el arzobispado en zonas, se rodeó de un equipo de colaboradores lúcidos (aunque mantuvo por un tiempo dos secretarios privados que poco después representarían lo más cavernario del pensamiento católico: Raúl Hasbún y Luis Eugenio Silva); inició la reforma agraria en el país distribuyendo algunos fundos pertenecientes a la Iglesia, siguió creando respuestas pastorales en el campo de las comunicaciones, las viviendas populares (INVICA), el Banco del Desarrrollo, la Academia de Humanismo Cristiano, parroquias en ambientes populares, las Aldeas de Niños S.O.S.para los desvalidos, la librería Manantial, etc.

Pero tuvo un revés que le dolió en el alma: un grupo de católicos más críticos ante la situación social y política, se tomó un día la Catedral como un signo de rebeldía pidiendo que la Iglesia se acercara más al pueblo y no se quedara en gestos publicitarios. Don Raúl reaccionó indignado pero en el fondo tuvo que reconocer que su obra podía tener varias interpretaciones. Desde entonces actuó con la misma seguridad pero con más diálogo.

Notable fue su actuación junto a los obispos argentinos y a pesar del nuncio en Chile, Angel Sodano, para pedir la mediación del Papa cuando los dos países estaban ya afinando la mira de los fusiles. Siempre recordaría don Raúl cómo tuvo que imponerse para que Sodano &endash;que no quería la mediación porque el prestigio del Vaticano saldría mal parado si fracasaba-, cumpliera su deber de correo entre Santiago y Roma.

 

DEFENSA DE LOS DERECHOS DEL SER HUMANO

 

Seguramente el respeto ganado por don Raúl dentro y fuera de Chile nació de su posición ante la dictadura militar. Pinochet y los golpistas soñaban con imitar a Franco, que en España había recibido bendiciones de la Iglesia tras la guerra civil que había provocado en nombre del fascismo. Por eso se extrañaron cuando en vez de aplausos, el cardenal Silva y los obispos chilenos lamentaron el golpe, pidieron moderación y respeto frente a los caídos, poniendo en primer lugar al presidente Allende, llamaron a respetar las conquistas obreras y también a ayudar al gobierno militar para que pronto se volviera al cauce democrático.

Sin embargo, hay que decir que también don Raúl y los obispos estaban perplejos y quedaron confundidos. Después dijeron que jamás imaginaron la capacidad de agresividad y violencia anidada en las Fuerzas Armadas. Siempre las habían visto de uniforme de gala desfilando en el Parque O'Higgins y haciendo brindis en los salones de la burguesía. Por eso cuando se pusieron traje de combate, se untaron la cara y juraron "exterminar el cáncer marxista", como aseguraba el general Leigh, los obispos se resistieron a creer en la barbarie. Poco a poco, pero con rapidez , tuvieron que admitir la realidad. Entonces la mayoría de ellos se comprometió con respuestas de urgencia: en Santiago don Raúl creó el Comité Pro Paz y después la Vicaría de la Solidaridad, que ayudaron a salvar tantas vidas, se puso del lado de los perseguidos, fue la figura más destacada por su prestancia moral y su significado en la defensa de los derechos humanos y le devolvió a la Iglesia una credibilidad popular nacida de la comprobación del testimonio, no de los puros discursos y prédicas.

Solamente tres notas negras tuvo que lamentar el Cardenal y que reconoció después con humildad: el no haber creído desde el primer momento en la maldad de la fuerza militar, en haber detenido una declaración condenatoria del Papa Pablo VI al régimen de Pinochet y, finalmente, su empeño en validar la llamada Ley de Amnistía, creyendo que eso iba a favorecer el entendimiento.

De todos modos esas tres cruces que acompañaron a don Raúl hasta el final de sus días, no hacen sombra a la magnífica y contundente labor en defensa de la gente. Sus funerales, con la presencia de un pueblo agradecido, son la prueba más clara que la vida de Raúl Silva Henríquez no pasó en vano. Su fe cristiana le señaló el rostro de Cristo entre los sufrientes y ahora deberá seguir cuidando que su Iglesia no pierda la orientación y termine sirviéndose a sí misma. Si ella no es Buena Noticia para los pobres, es como la sal que ha perdido su capacidad de dar sazón a la vida

AGUSTIN CABRE RUFATT (*)

(*) El autor es sacerdote y periodista.

 
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