28 de mayo de 1999
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Votar es un placer |
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Editorial |
Las elecciones primarias que la Concertación efectuará el 30 de mayo tienen importancia política indudable. Si el candidato presidencial es Ricardo Lagos, como vaticinan las encuestas, o si es elegido Andrés Zaldívar, se abrirá un período de tensiones al interior de la Concertación y de crisis en el bando derrotado. Ya sea éste el sector PS-PPD-PRSD, que postula a Lagos, o el Demócrata Cristiano de Zaldívar, los ajustes de cuentas entre dirigentes -culpándose mutuamente de los errores- no se harán esperar. Esto provocará un desgaste adicional a la coalición de gobierno para enfrentar al principal candidato opositor, el derechista Joaquín Lavín, que en algunas encuestas ya aparece ocupando lugar privilegiado en la popularidad entre los electores. Esto no es una sorpresa para quienes hemos venido sosteniendo que la desteñida y vacilante conducta del gobierno y la amnesia oportunista de la Concertación, que se echó al bolsillo sus compromisos con el pueblo, tendrían como consecuencia un considerable aumento del rechazo popular por la vía del abstencionismo y del voto nulo, favoreciendo a la derecha en un espacio electoral cada vez más reducido.
La Concertación, en efecto, ha perdido toda noción de la realidad. Sus candidatos viven en el limbo. Se autofelicitan de éxitos que tienen lugar sólo en el ámbito de sus más fieles partidarios o en el marco de costosas campañas, irritantes para una población que sufre todo el rigor de la recesión económica que ya en el primer trimestre registró un 2,3% de descenso del PIB. Mientras los conflictos sociales estallan por todos lados, dando cuenta de una increíble insensibilidad y falta de previsión del gobierno, los candidatos que representan la continuidad de esas políticas, actúan como si la masa electoral estuviese cautiva en las redes de la Concertación. Lo fundamental de sus discursos es un absoluto espejismo. ¿Por qué los electores tendrían que volver a creer en las promesas de la Concertación si ésta no ha cumplido en diez años su compromiso de culminar la transición y, sobre todo, de cerrar el abismo en la distribución del ingreso? Esa coalición ha carecido de voluntad política para devolver a Chile, como era su deber, la democracia política y la justicia social arrebatadas por la dictadura de las FF.AA. y de los grandes empresarios. ¿Por qué creer que Lagos, que ha sido ministro de Aylwin y Frei, o Zaldívar, que como senador democratacristiano ha defendido todas y cada una de las decisiones de esos gobiernos, harían un gobierno diferente?
Es muy posible que Lagos gane las primarias de la Concertación y aparte de las consecuencias que su victoria tendría en el seno de la Democracia Cristiana y en el realineamiento de fuerzas en torno al candidato de la derecha, ¿con qué títulos políticos podrá invocar el apoyo de los sectores que anhelan un cambio progresista?
Si el elegido finalmente fuese Zaldívar, ¿por qué un tercer demócrata cristiano podría atraer en diciembre el apoyo del electorado si dos personeros de ese partido han agotado las reservas de paciencia y esperanzas de la mayoría de los chilenos?
Hay sectores democráticos que ven en Lagos una posibilidad de cambio dentro del esquema de la Concertación. Es sólo una ilusión como lo demuestran la trayectoria del candidato durante este decenio y el exacto significado de su postulación. Lagos encarna la Socialdemocracia que ha venido ganando terreno en distintos países (en algunos a costa de la DC, como en Alemania) y que es la versión moderna del liberalismo. Gerhard Schröder, Anthony Blair, Massimo D'Alema, Lionel Jospin, Antonio Guterres, Göran Persson, Paavo Lipponen y Kostas Simitis, unos más y otros menos, han puesto en primer plano sus compromisos con los empresarios. Sus gobiernos sirven de freno a la lucha reivindicativa de los trabajadores europeos y aplican programas estrictamente neoliberales. La prueba de fuego de su pretendida socialdemocracia ha sido la agresión militar a Yugoslavia, en que han terminado alineados bajo la batuta de Clinton en las filas de la OTAN. El candidato socialdemócrata chileno pertenece a esa fauna política. Su discurso ante el mundo empresarial lo coloca mucho más cerca de Blair y de Schröder que de Jospin, inmerso en la corriente neoliberal más rigurosa. Ningún cambio progresivo y en ruta a la justicia social puede esperarse de alguien como Lagos que ha gastado tantos esfuerzos por congraciarse con los empresarios y las FF.AA.
No es de extrañar que ante un discurso casi indiferenciado entre los candidatos de la Concertación y la derecha, y en el marco de despolitización que sufre el pueblo, un número creciente de electores dé señales de simpatía por Lavín y su pragmatismo derechista. Entre unos candidatos que comprobadamente están mintiendo y otro cuyas mentiras aún deben pasar la prueba del tiempo, la credulidad popular fácilmente puede volcarse por el candidato de la derecha y sus promesas de solución instantánea de los problemas más acuciantes.
Frente a este cuadro resalta la atonía de las fuerzas que aspiran al cambio social y político. Tal como estaba previsto, en el plano electoral se avanza a la misma dispersión de 1993 con tres candidaturas presidenciales que más se neutralizan entre sí que recuperan voluntades engañadas por el conservadurismo de la Concertación y la derecha. A estas alturas resulta casi imposible esperar que esos sectores den marcha atrás y se pongan de acuerdo en una sola fórmula que acumule fuerzas en diciembre. Tan difícil como aquello aparece el otro camino, sugerido desde estas columnas, de levantar una alternativa por la Asamblea Constituyente y el cambio del modelo económico que, respetando diferencias y candidaturas, convoque al accionar y movilización conjunta de los candidatos comunista, humanista y ecologista con los sectores que también impugnan el sistema desde el abstencionismo y el voto nulo. Aunque sólo hay motivos para el escepticismo, seguiremos insistiendo en esta propuesta. Nos parece la única posible, en las actuales condiciones, para aprovechar la coyuntura electoral y dejar instalado un movimiento político y social que organice y conduzca la lucha independiente del pueblo por democracia y justicia social, ya sea bajo el gobierno neoliberal de Lagos o del gobierno neoliberal de Lavín. Ninguna de las tres candidaturas alternativas, todas estimables y dignas de respeto por las figuras que levantan, está en situación de atraer y fundirse con las demás. La corriente abstencionista y del voto nulo, por su parte, carece de coherencia y representación propia para erigirse en conductora del movimiento por la verdadera institucionalidad democrática. No puede por eso pretender supeditar a los sectores que levantan candidatos. El punto de fusión, sin embargo, se encuentra en un programa mínimo político y social que represente a las corrientes electorales y no electorales que impugnan el sistema. Eso permitiría movilizarlas por demandas comunes, políticas y sociales, potenciando al conjunto de las fuerzas. Se podrá decir -y se ha dicho- que esta propuesta es utópica y que los cálculos electorales de algunos partidos y grupos son a largo plazo -parlamentarias y municipales del próximo siglo-. Pero estamos dirigiéndonos a aquellos -todavía los hay- que construyen sus proyectos pensando en los grandes cambios políticos, sociales y culturales de una nación, lo cual necesariamente requiere ir mucho más allá del simple proyecto partidario, por muy legítimo que éste sea
PF
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