28 de mayo de 1999 

"Vacilar" en las esquinas (Parte 1) Por Rodrigo Soto

El complejo mundo de las "pandillas" jueveniles

(Ver también La ley de la calle. Por Claudio Quiroz Reyes)

¿Qué hacer con los jóvenes? Esta es la interrogante que diversos sectores pretenden dilucidar, dependiendo de la coyuntura y de sus intereses. La pregunta corre rauda por despachos ministeriales, municipalidades, partidos políticos, institutos de estudio, organizaciones no gubernamentales y por una amplia gama de instituciones. La urgencia de dar respuestas apresura los comentarios superfluos, los diagnósticos precarios y la creciente marginación de uno de los llamados grupos vulnerables de la población.

Siguiendo con la lógica imperante en nuestra sociedad, se actúa bajo supuestos emanados desde un discurso oficial rígido y un sentido común formado a través de hechos "noticiosos" por medios de comunicación homogeneizados.

Así las cosas, no debe extrañar que tras los hechos de violencia protagonizados por jóvenes se piense en ellos como en una amenaza social en vez de concebirlos como un componente fundamental de la sociedad. Desde distintas esferas se los estigmatiza en un círculo de drogas y alcohol que se cierra con la violencia. Se cuestionan sus códigos, jergas, rituales, música, ropa, en fin, se los acorrala, para terminar juzgando sus formas de asociatividad juvenil; se los encasilla y a muchos se los coloca arbitrariamente en las llamadas "pandillas juveniles"(*). Este concepto, en el imaginario colectivo, connota violencia, drogadicción, miedo e inseguridad.

Se habla de las pandillas y de sus integrantes con propiedad, desde la experiencia virtual y convencidos de que cualquier grupo o joven "raro" es la personificación de la violencia ejercida por la generación de los '90. Se desconocen sus inquietudes, carencias, frustraciones y la violencia ejercida desde todos los ámbitos de la sociedad en el día a día. Para el discurso oficial, basta con identificar a todo grupo juvenil como pandillero, que viene a ser como sinónimo de pendenciero. Con eso, creen tener un panorama claro acerca de los jóvenes, de sus problemas y de la manera como resolverlos.

Nada más alejado de la realidad si tomamos en cuenta que para enfrentar la violencia y la drogadicción que afectan a algunos de estos grupos -no a todos- se hace necesario conocerlos, escucharlos, entenderlos, para recién entonces intentar líneas de intervención participativas y no caer en la burda acción coercitiva por parte del Estado.

Tal vez para responder a las críticas de no abordar el problema ni proponer soluciones, el Instituto Nacional de la Juventud (INJUV) encargó una investigación acerca de las pandillas juveniles a la Escuela de Antropología Social de la Universidad Bolivariana, la que entregó sus resultados a fines del año pasado en el estudio titulado "Pandillas juveniles en la Región Metropolitana".

Desde una metodología cualitativa, se privilegió el contacto con los jóvenes. Los investigadores se transformaron así en observadores y participantes dentro de los grupos juveniles. La idea era que desde dentro de la investigación diaria fueran surgiendo "las perspectivas internas, propias de los sujetos" , dejando de lado cualquier idea o hipótesis foránea anterior que pudiera encasillar el estudio en la sola constatación de premisas.

El resultado de éste es sobresaliente. A través de una amplia investigación y tras una serie de metodologías utilizadas se termina por configurar una primera aproximación a una realidad social desconocida. Y de paso, derrumba una serie de mitos en torno al fenómeno de las pandillas juveniles, que ahora pasamos a desentrañar.

 

Creando una identidad social

 


ADOLESCENTES y niños celebran el término de una de sus obras, un mural que mejora la cara de la población. No todo es deambular por las calles y drogarse, como se cree.
Ser joven siempre ha sido un problema para la sociedad y para los mismos jóvenes. El cuerpo cambia, los intereses son otros y la incomprensión por parte de una sociedad adulta delimita los espacios fuera y dentro de la familia. Existe la necesidad vital e histórica de agruparse entre pares y conformar un colectivo donde puedan sentirse cómodos y no cuestionados por el resto de la sociedad. Así se va creando una identidad social dentro de un grupo de pertenencia para reafirmar la autoestima y lograr seguridad. La seducción de pertenecer a un lugar concreto, donde cada integrante tiene un rol protagonista y el espacio social creado es sinónimo de autogestión, son motivos necesarios para conformar grupos juveniles.

Es esta asociación fuera de la institucionalidad la que es mal mirada por la sociedad. Se pretende que la "asociatividad urbana juvenil" sea homogénea y con intereses similares; se desconoce que cada grupo, pandilla, colectivo o patota actúa motivado por intereses particulares. El estudio de los antropólogos sociales termina por considerar que el término "pandillas" no es otra cosa que una "forma de asociatividad juvenil", con características y antecedentes propios. Ninguna es igual a otra.

Los objetivos dentro de estas agrupaciones son diversos y en muchas de ellas ni siquiera los hay. Se está ahí por pasar el rato, por la buena onda, como lugar de tránsito, por el carrete, por las carencias afectivas y la marginación desde la estructura de poder. Se comparte el paso del futuro por la vereda de enfrente. Entre 12 y hasta 20 años tienen sus integrantes, si bien algunos "se quedan pegados y continúan hasta los 30". Al interior de los grupos no hay espacio para caudillismos, no están en partidos políticos, grupos scout ni de parroquia, porque lo que valoran es la horizontalidad de las relaciones. Si bien son parte de un todo, tienen derecho a actuar por su cuenta y a tomar sus propias decisiones.

Aunque a primera vista no se vea y suene contradictorio, cada grupo tiene normas internas de carácter implícito, que se han ido conformando tras la experiencia como grupo, no se imponen de frentón. Sólo se actúa en una dirección que dé cohesión al grupo y cimente su identidad, la misma que día a día se reafirma a través de la jerga, rituales, códigos, territorio, música, ropa... En esta aventura "independentista", el carrete, según el estudio, es un ritual de cohesión simbólico.

Una característica que une a estas formas de asociatividad es hacer del espacio público su punto de reunión: se toman las calles, las plazas, "los grupos organizan de forma nueva y distinta el espacio urbano". De ahí el surgimiento de territorios demarcados por el mismo grupo; aquel es el territorio virtual liberado donde la hegemonía está arraigada en el subconsciente de los demás grupos. Gran parte de éstos no tiene movilidad social, no sale de su territorio de residencia, muchos no conocen el centro de la ciudad y la mayoría cree que fuera de los límites que les son propios la ciudad no tiene nada más que ofrecerle. La violencia surge cuando el territorio es invadido y se debe implementar su defensa.

Muchos jóvenes pertenecientes a estas subculturas están desempleados, han interrumpido su escolaridad y tienen grandes carencias afectivas. Sin embargo, esto no es una constante. Hay grupos donde sus integrantes tienen un nivel socioeconómico medio, continúan sus estudios y tienen posibilidades materiales como para pensar en un futuro distinto. La diversidad de las pandillas es amplia, mientras para algunas el objetivo gira en torno al carrete, para otras los graffitis, las actividades culturales (bibliotecas populares, tocatas, acción social), el fútbol o actos de delincuencia, como el robo y el tráfico de drogas, están presentes. Pero hay algo que las une: la creación de una familia colectiva en torno al grupo.

 

Protagonistas de la exclusión

 

Hay detonantes que llevan a algunos adolescentes a ingresar a una pandilla. En esta línea, el estudio pone de manifiesto "las negaciones o privaciones en la afectividad familiar" como un antecedente relevante. Existe un gran déficit atencional por parte de la familia y esto se traduce en falta de cuidado, cariño, comprensión y, en muchos casos, en la "ausencia de una imagen paterna o materna" durante la infancia, etapa clave en la conformación sicológica y afectiva del futuro adolescente.

Pero no sólo las carencias en el plano emocional gatillan la entrada a una pandilla. La sociedad en su conjunto y el Estado, desde las políticas públicas, "no reconocen al segmento juvenil, no hay un espacio ni oportunidades para su desarrollo". Dentro de la visión pragmática de una sociedad intolerante, cualquier acto de diversidad es sinónimo de anormalidad y es necesario corregirlo por la vía de la marginación o la represión. Como dice el estudio, "la institucionalidad estigmatiza valores negativos de los grupos populares y subculturas" dejando de lado los positivos, como la solidaridad y la cohesión. Mientras, los medios de comunicación "circunscriben a los jóvenes asociándolos a la drogadicción y a la violencia callejera".

Ante los ojos del ciudadano común, cualquier grupo de jóvenes "asociados" pasa a ser una pandilla que en su interior engendra violencia y amenaza a la ciudadanía. Es cierto que algunos de estos grupos caen en la violencia y gran parte de éstos hace uso abusivo de las drogas. Sin embargo, la marihuana, la pasta base y, en menor medida, la cocaína no son el componente material que lleva a los jóvenes a conformar una pandilla. En gran parte de los grupos la opción de consumir drogas es personal, incluso al interior de algunos no se tolera la pasta base por "cagarle la cabeza a los cabros".

En la lógica antisistémica y marginal de las denominadas pandillas, el entorno social y la real falta de oportunidades tiene mucho que ver. Desde estos grupos surge espontáneamente el rechazo a la autoridad y la desconfianza hacia las instituciones públicas, a las que se cuestiona por no ser capaces de brindar espacios ni condiciones materiales para desarrollar sus ideas. Del mismo modo, tienen claro que son justamente esas instituciones, junto con los medios de comunicación, las que los estigmatizan como grupos marginales de características delictivas y que los dejan abandonados a su suerte.

Son muchos los jóvenes (en su mayoría cesantes y sin estudios) que pretenden cruzar hacia la línea de la "normalidad", encontrar un trabajo, retomar los estudios y formar una familia. Los protagonistas de esta historia, según sus propias palabras, desean entrar al club "de los huevones". Eso denota querer dejar atrás la marginalidad en que viven, lo que cuesta es derrotar la marginación de que son objeto.

La realidad de muchas pandillas en las poblaciones más pobres de Santiago les refriega en la cara que en el aquí y el ahora lo único que tienen es la calle; la calle y un grupo de amigos que prefiere no pensar en el futuro para no frustrarse más. Sí, porque ellos son los protagonistas-receptores que más fuertemente reciben los golpes de la violencia institucionalizada. "La violencia económica, el autoritarismo, la concepción de progreso y evolución, la exclusión social" se hacen carne en ellos para terminar, finalmente, ejerciendo la misma violencia con la vista vendada y hasta matándose entre ellos.

Con todo, el problema de la violencia juvenil no es nuevo, nunca lo ha sido. Desde principios de siglo está presente en nuestra sociedad, lo nuevo son las generaciones de jóvenes y las motivaciones que la generan. Como la de los '90 que, sin un referente claro por -o contra- el cual actuar y carente de protagonismo dentro de la sociedad, termina por asociarse en grupos diversos. Al respecto, el estudio señala: "Esta generación no es un sujeto histórico consciente (...) no se percibe generacionalmente con algún rol protagónico en un proyecto social o cultural". Mirar a nuestra juventud desde lo que fueron las generaciones pasadas, aunque sean cercanas, constituye un error, porque todo tiempo y sujeto histórico está mediado por la sociedad en que le toca vivir. En esa dirección apunta el estudio: "La juventud de los '80 era protagonista en su acción contestataria. Hoy se carece de un referente claro (...) Falta el reconocimiento social de ser joven. El único espacio en que éste tiene la seguridad de ser reconocido como sujeto es en su propio espacio de asociación".

Como rondines de territorios excluidos, los chicos vagan de noche por las calles de sus territorios, no protegen bienes materiales sino simbólicos. Quizás esto es lo único que les queda tras el destierro provocado por el sistema, la prensa, la comunidad y por ellos mismos. Sólo queda esperar que amanezca en la esquina de la plaza. Mañana será otro día, pasado será otro y el que sigue será irremediablemente igual a los que pasaron. Nadie busca desentrañar con ellos qué hacer y cómo.

Rodrigo Soto (**)

(*) Las frases con letra cursiva son citas textuales del estudio "Pandillas Juveniles en la Región Metropolitana", realizado por la Escuela de Antropología Social de la Universidad Bolivariana para el INJUV, en diciembre de 1998.

(**) Los autores de este reportaje son estudiantes de Periodismo que realizan su práctica profesional en PF por medio del Fondo "Augusto Carmona Acevedo".

 

La ley de la calle

Por Claudio Quiroz Reyes (**)

 


EN plena creación de un graffiti, durante una jornada recreativa organizada en la zona norte de Santiago.
"Nosotros somos como un grupo, una familia, donde todos compartimos, aquí no hay peleas entre amigos; y si hay alguna discusión, se conversa; entre nosotros no peleamos", dicen "Los Brothers". Son tajantes para afirmar que "no somos como esas pandillas que salen en la tele que dicen que andan asaltando, y que matan y todo; nosotros nos juntamos a 'vacilar', a pasarlo bien, a divertirnos y a disfrutar de la marihuana, pero no para salir en grupo y andar asaltando".

La sola mención de la palabra "pandilla" les produce escozor a estos jóvenes de la zona norte de Santiago. Según el diccionario, ese término significa "conjunto de personas que se une para perjudicar a otras. O cualquier unión de gente, particularmente la que se junta para divertirse". Como la que se usa con más frecuencia es la primera acepción, los integrantes de estos grupos consideran que hablar de "pandillas" no es correcto, ya que la palabra está asociada a delincuencia y a muertes, especialmente a raíz del tratamiento que la prensa le ha otorgado al tema.

En esa hora en que la tarde se marcha nos encontramos con estos "fenómenos" de la sociedad actual y su monótona cotidianeidad de esquina. Nos recibieron con resquemores, nos echaron encima todo su descontento, para luego hacernos parte de su mundo, de su dura realidad polvorienta, con la evasión fraterna del "pito" de marihuana y la talla urgente.

En una de las esquinas de una población reconocida por su peligrosidad conversamos con Manuel Rodrigo, "Elvis" y Omar, de 21, 20 y 16 años, quienes dijeron pertenecer a "Los Brothers", un grupo de aproximadamente 30 amigos cuyas edades fluctúan entre los 13 y los 23 años. Ellos se juntan para divertirse, jugar fútbol y ver pasar las horas del día. Manuel Rodrigo nos confía pasajes de su dura adolescencia: "Mis padres son separados y mi taita es alcohólico. Me fui a los 14 años de la casa, vivo solo, me las arreglo solo para comer... No me gusta estar con mi familia, ni molestarlos. Me gusta estar en la calle. Una vez me traté de matar por los problemas que tenía con mi familia, buscaba trabajo y no encontraba". Y con el temple que otorga el sufrimiento, reprocha sus carencias con altivez: "Cuando yo necesité su apoyo, mis padres no estaban; pienso que ellos igual tendrían que preocuparse de mi persona, y no se preocupan, no están ni ahí".

Con la misma aparente ligereza nos relata su paso por la Penitenciaría y sus esfuerzos por insertarse en el campo laboral: "Yo tengo ficha por porte y tenencia de arma de fuego".

¿Y por qué andabas con un arma?

"Andaba poniendo el fierro (asaltando), pero ya estoy chanta'o".

¿Cuánto tiempo estuviste detenido?

"Lo más que he estado son seis meses".

¿Y después, en libertad, has tratado de buscar trabajo?

"Sí, pero me va mal en todos lados y eso que no tengo ficha de delincuente; tengo ficha por tenencia, que es diferente, pero se hace difícil igual".

¿Qué piensas del futuro?

"Quiero tratar de estudiar y de salir adelante".

 

Víctimas del modelo

 

Leonardo Terraza, estudiante de Antropología y monitor comunitario del Centro de Salud Mental (CESAM) de la comuna de Conchalí, explicó que el trabajo de prevención del consumo de drogas que se realiza con estos jóvenes ha permitido detectar un gran nivel de frustración, lo que atribuye al modelo económico y a la penetración de la televisión. "El modelo es el que ha generado la marginalidad; la rebeldía y la violencia que manifiestan los jóvenes es contra todo un sistema que los reprime a diario -dice Terraza-. Y éste también les fomenta el individualismo, porque a pesar de que forman grupos, son individualistas, quieren mucho marcas, mucho eslogan, muchas satisfacciones que otorga el mercado, que supuestamente es democrático, pero en los hechos no lo es, y eso queda en evidencia cuando los chiquillos no tienen acceso a lo que desean. La mayoría pertenece a familias disfuncionales que tienen problemas de alcoholismo, violencia intrafamiliar, bajos sueldos y cesantía".

Víctimas de la penetración de estilos y modas norteamericanas, muchas, si no todas las "pandillas", adoptan parte o una palabra de sus nombres del diccionario inglés. Por ejemplo: "Los Brothers", "Bad Efecto", "Las Crazy For Ever", "Los VP" -"Los Volados Piola"-, etcétera. "Suena mejor 'brothers' que decir hermano", explica Omar. El mismo argumento esgrimen los integrantes de "Bad Efecto" que -dicen- significa mal aspecto. "Bad, en inglés, significa malo, y efecto es el mal aspecto que damos parados aquí en la esquina", comenta "El Lepra".

En ese mismo sentido manifiestan recibir influencias de los movimientos raperos de Estados Unidos, tanto en su vestimenta, similar a la que lucen los basquetbolistas norteamericanos, como en sus discursos, que hablan de marginalidad y de discriminación. Explican los "Bad Efecto" que "en Estados Unidos la marginalidad se basa en el racismo contra los negros y los latinos; nosotros sentimos la marginalidad por pertenecer a otro sector social". Esta influencia se evidencia, además, en la música, el baile y el canto, extraídos de la cultura rap estadounidense.

La temprana deserción escolar y la falta de referentes educativos de la mayoría de los miembros de estos grupos se revela, entre otras cosas, en su particular lenguaje plagado de improperios, anglicismos, muletillas y palabras inventadas por ellos mismos. Uno de los factores más recurrentes para el abandono de los estudios es la eventualidad de realizar algún trabajo esporádico que les resulta más atractivo que el colegio, por la inmediatez para conseguir dinero. Otra causa es la falta de recursos para costear los gastos de estudio por parte de sus familias.

Son enérgicos cuando se les plantea el tema de la marginalidad y la discriminación. "El Lepra" es categórico en despotricar contra el sistema y defender sus convicciones: "Nosotros no somos hip-hop, no somos artistas: somos raperos, somos marginales. Vivimos la cultura del rap, no vivimos la cultura artística de los hip hop, que andan haciendo graffitis (pinturas callejeras), que son bonitos, que no pelean, que no quieren violencia; a nosotros si nos molestan, pintamos el mono, a los pacos les pintamos el mono, a todos los que nos marginan".

¿Quiénes los marginan o discriminan?

"La sociedad, los pacos, la gente, todos. Por eso mismo es nuestra postura frente a la gente. Por ejemplo, nos paramos aquí en la esquina y las viejas nos pintan monos; vamos a buscar pega a algún lado y si saben que soy rapero, me despiden. La gente te margina porque te vistes distinto de los demás".

¿Cómo actúan los carabineros con ustedes?

"Donde nos ven nos paran, nos revisan, nos insultan, nos golpean y uno se tiene que quedar callado o si no, más le pegan. La otra vez nos llevaron presos por estar dentro de un colegio bañándonos en una piscina; llegaron los pacos, nos llevaron para un lado y nos 'cargaron'. Yo estuve tres días en la 'Peni' por culpa de los pacos, y nosotros nos estábamos bañando hasta con permiso".

Manuel Rodrigo agrega: "Si estamos tranquilos nos paran y nos revisan, nos tratan mal, ellos creen que todos somos delincuentes. Con los pacos no puedes hacer nada, a menos que les veas la placa y pongas una demanda. Ellos son la ley, nosotros somos de la calle".

¿Cómo se manifiesta en ustedes la discriminación?

"Por ejemplo, a los cabros cuicos los pacos no los molestan; a nosotros, aunque no estemos haciendo nada, nos llevan presos igual -dice "El Lepra"-. Nosotros queremos ser como somos y no que nos marquen dentro de ninguna etiqueta. No queremos que ningún sistema nos dé represalias".

Según Leonardo Terraza, "en las poblaciones se siguen violando sistemáticamente los derechos de los chiquillos; es falso que la detención por sospecha se haya derogado, igual se los llevan detenidos por ser jóvenes y por tener una forma particular de asociación".

 

Futuro esplendor

 

Al avanzar la noche, en nuestro tour por la periferia ausente de protagonismo estelar la consigna se alza inequívoca: "vacilar", divertirse, disfrutar de las horas efímeras de la juventud. Ese es el lema de los pandilleros. Ahogar el descontento en alcohol, en marihuana, desatar la rabia que produce la cesantía con violencia contra todo lo que limite su precaria libertad de marginados. "Los viernes y sábados en la noche nos juntamos casi todos, nos compramos cervezas, marihuana, de repente igual nos pegamos unos 'saques' (cocaína), pero una vez a las quinientas", cuenta "Elvis".

El mayor problema que enfrentan, y con gran intensidad, es la cesantía. Y por consiguiente, la falta de dinero, que perciben como el único medio para salir de las dificultades. Es tal la necesidad de insertarse en la sociedad, de obtener los productos de validación en el mercado, que no dudan que delinquir es una forma más de obtener lo que necesitan. "Elvis" explica mejor este punto: "Es por temporada que a algunos les da por trabajar. De repente hay cabros que trabajan uno o dos meses, otros hacen pololos, y hay algunos que andan robando también. Cuando vienen tiempos flojos, o sea que ninguno trabaja ni estudia, ahí nos juntamos en la esquina".

Todos destacaron los tremendos inconvenientes para encontrar un trabajo. Según el "Loco Mora", de 19 años y miembro de los "Volados Piola", a los jóvenes no les dan oportunidades: "Yo estudié mecánica automotriz, hice la práctica y todo, después salí a buscar pega y no conseguí en ninguna parte. Yo arreglaba cualquier auto, pero ahora se me olvidó todo. No me dieron la oportunidad en el momento en que la necesité".

Sin embargo, dentro de ese limitado horizonte marginal ellos mantienen sueños de construir una vida normal. "A mí me gustaría que les dieran oportunidad a los delincuentes que realmente quieren rehabilitarse, pero nadie hace nada por ellos", sentencia Manuel Rodrigo. Por su parte, Andrés lamenta la falta de lugares de recreación, como un gimnasio para jugar básquetbol o fútbol, y agrega que "después se quejan que uno se va por el camino de la droga, y cómo no, si no hay espacios".

Los jóvenes de las pandillas andan por las calles del barrio, están sentados en las plazas y no en el noticiario agarrándose a golpes. Ahí están, delante de nosotros, pateando piedras en las esquinas, dando vueltas en bicicleta, están en nuestros hogares, están comiendo en nuestra mesa, pero no los vemos ni los escuchamos, salvo cuando alzan la mano y revientan de un golpe la ordenada vitrina de nuestra moderna sociedad.

Ellos representan la rasgadura de un país a medio hacer, la alegría fugaz del Carpe Diem vertiginoso y la cotidiana lucha por la sobrevivencia bajo la ley de la selva

 

Claudio Quiroz Reyes (**)

 

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