11 de junio de 1999

Lagos en su laberinto

Editorial

Por fin las cosas están claras. Si Ricardo Lagos en diciembre gana las elecciones presidenciales, ganarán los empresarios. Y si gana Joaquín Lavín, también ganarán los empresarios. En uno u otro caso, el modelo neoliberal, y la inserción de Chile -en condición secundaria y subordinada- en la globalización capitalista, no sufrirán trastornos y las privatizaciones se acelerarán. En las próximas elecciones no está en disputa la hegemonía política y social del proceso chileno. Cualquiera sea el candidato que triunfe -lo que probablemente se dirimirá en una segunda vuelta en febrero-, los intereses de las clases dominantes estarán a salvo. Sin embargo, no es lo mismo Lagos que Lavín. El primero representa -aunque no quiera- una sensibilidad antimilitarista y antiautoritaria, una condena implícita a los horrores de la dictadura. Por eso atrae a sectores izquierdistas que anhelan un cambio en la conducta gris y vacilante de la Concertación. Lavín representa -aunque no quiera- a los sectores políticos y empresariales cómplices de la dictadura y sus crímenes. Por eso atrae a la derecha y al militarismo. En la balanza electoral, es Lagos el que tiene más posibilidades. Salvo -este es el punto- que el programa de Lavín inspire mayor confianza de solucionar los problemas que están en proceso de agudización como el desempleo o las carencias que se tornan dramáticas en áreas como la salud y educación. Un electorado despolitizado, muy influido por las técnicas del mercadeo aplicadas a la política, puede favorecer la oferta de gobierno más atractiva y convincente, haciendo omisión de su naturaleza política. En ese sentido hay que reconocer la habilidad con que se desenvuelve Lavín, lo que pronostica serias dificultades a Lagos. El candidato de la derecha -para desesperación de Lagos- está situando el debate en torno a los problemas concretos que afectan a la población y rehuye toda discusión sobre macropolítica. En ese terreno, Lagos padece la desventaja que habitualmente afecta a un candidato oficialista que representa el continuismo. Ha sido ministro de Educación y de Obras Públicas en los dos gobiernos de la Concertación y no puede sino cantar loas a los presidentes Aylwin y Frei. La noche de su espectacular triunfo en las primarias de la Concertación, donde obtuvo más del 71% de los votos, Lagos se cuidó de repetir hasta cuatro veces que hay que "apurar el tranco" para terminar con la miseria, prometiendo que para el año 2010 Chile será un país desarrollado. En su discurso no hay ninguna crítica -y no podría haberla- a los errores, debilidades y deficiencias y a las promesas incumplidas en los diez años de gobierno de la Concertación. El rol de un candidato del continuismo, sin duda, es muy difícil y generalmente pierde. Salvo los gobiernos de los presidentes radicales -Pedro Aguirre Cerda, Juan Antonio Ríos Morales y Gabriel González Videla, 1938 a 1946, en que los dos primeros murieron sin terminar sus períodos-, la historia política del último medio siglo no conoce triunfos de un candidato oficialista. Por el contrario, el electorado chileno se inclina a explorar nuevos caminos. Eso significaron Carlos Ibáñez el 52, Jorge Alessandri el 58, Eduardo Frei Montalva el 64, y Salvador Allende el 70. Es cierto que Frei Ruiz-Tagle surgió del cuasi anonimato político para suceder a Patricio Aylwin, también demócrata cristiano. Pero las elecciones del 89 y 93 tuvieron características muy especiales, influidas por la sombra de la dictadura.

Lagos, en cambio, tiene la difícil tarea de mantener la unidad de una Concertación desgastada y al mismo tiempo diferenciarse de un gobierno como el de Frei -con ministros socialistas, del PPD y PRSD- que llega a su término con sólo poco más de un tercio de apoyo ciudadano, según las encuestas. Lagos está obligado a desdoblarse para plantear -como intenta hacerlo- un programa de "continuidad y cambio". Asumir diferentes roles, simultáneos o sucesivos, no es insólito en las prácticas políticas nacionales. Pero no será fácil para el ex ministro Lagos convencer al electorado que el presidente Lagos llevará a cabo -con el mismo elenco político- las tareas que los dos primeros gobiernos de la Concertación no fueron capaces de realizar. En marzo del año pasado el segundo informe sobre desarrollo humano en Chile, elaborado por el Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD), demostró que la población sufre enorme incertidumbre respecto a problemas como trabajo, salud, educación y seguridad ante la delincuencia. Pero todavía no se desencadenaba la recesión que en este momento registra ya medio millón de desempleados que probablemente serán casi un millón a fines de año. La inseguridad en que vivimos los chilenos, así como la evidencia de que la distribución del ingreso se ha hecho más injusta bajo los gobiernos de la Concertación, es mucho más alta que cuando el PNUD entregó su informe. En tanto ni Lagos ni Lavín representan un cambio político sustantivo -ni uno ni otro cuestionan lo esencial del legado institucional de la dictadura y coinciden en algunas reformas como la eliminación de los senadores designados-, la diferencia entre ambos se dará solamente en sus propuestas para los problemas concretos que sufre la población. Será una feria de promesas y una rivalidad pirotécnica dentro de los cánones del marqueteo político. En ese plano Lavín puede sacar ventaja pues sus ofertas llevan una dosis de esperanza, mientras las de Lagos limitan con el escepticismo que suscitan las promesas incumplidas de la Concertación.

El candidato oficialista, sin embargo, se ha manejado con destreza en otros planos, en los llamados temas "valóricos". Allí le resulta más cómodo marcar diferencias con Lavín y con los gobiernos de la Concertación. Lagos promete mayor preocupación por la cultura, una perspectiva laica de la educación, derogar las diversas formas de censura e impulsar una ley de divorcio. Esto le dará importante apoyo en sectores intelectuales progresistas. Una buena cuota de la Izquierda "light", confortablemente acomodada al sistema, encontrará en este ámbito un motivo plausible para justificar su apoyo al candidato socialdemócrata. Sin embargo, aunque importantes, no son ésos los temas ni los sectores sociales que inclinarán la balanza electoral. Tampoco Lagos está en condiciones de acentuar el matiz de diferencia en esos asuntos porque le enajenaría el apoyo de sectores más moderados o conservadores que tiene especial empeño en tranquilizar.

Por otra parte, los resultados de las primarias -un acto de innegable valor democrático- paradojalmente le han creado nuevas dificultades. La derrota de Zaldívar, que apenas alcanzó el 29%, perdiendo en casi todas las comunas del país, dejó muy maltrecho al PDC. Fue un golpe político y moral muy profundo cuyo responsable es Lagos. Las consecuencias de la derrota democratacristiana están en lenta evolución. Marchan en una dirección que todavía es incierta. Quedó claro que buena parte de la clientela electoral del PDC se trasladó al candidato del PS-PPD-PRSD. La hegemonía demócrata cristiana se ha desplomado y el colapso puede prolongarse mucho tiempo. Sin embargo, en política no hay nada más peligroso que un partido herido y humillado, como la DC. No sólo se trata de hacerle concesiones para restañar heridas y enjugar lágrimas. El derrumbe DC tendrá proyecciones a largo plazo. Por ejemplo, en la próxima composición del Parlamento. La reestructuración de fuerzas producirá la jibarización de la bancada parlamentaria DC en beneficio del PS-PPD. El sistema electoral binominal se convertirá en la guillotina de la DC y también de Renovación Nacional. Este último se verá finalmente fagocitado por la UDI, lo que ocurrirá gane o pierda Lavín. Esto, desde luego, facilitará las negociaciones entre los actores políticos interesados en cambiar el sistema electoral, entre los que se contarán desde ahora la DC y RN. Esa situación obliga a Lagos a velar por la buena salud y unidad de la DC -a la que el PS quisiera terminar de noquear-. Debe hacer de buen samaritano y neutralizar a los sectores hasta ayer dirigentes del PDC que llamaron sin rubor a la derecha y a la "familia militar" a votar por Zaldívar. Esos sectores son poderosos, están muy lastimados en su amor propio y rumiando su venganza. Pueden catalizar las corrientes de la segunda vuelta presidencial en febrero con un realineamiento de fuerzas que mejore las posibilidades de Lavín.

Los elementos descritos muestran que no sólo es la desconfianza de las FF.AA. y el recelo de un sector del empresariado respecto del PS, los factores adversos que Lagos debe vencer. El candidato de la Concertación ha desarrollado un paciente trabajo para calmar esas inquietudes y en buena medida lo ha logrado. Sus críticos más lúcidos en los ámbitos castrense y empresarial saben que en el mundo actual no hay administradores más eficientes del neoliberalismo que los políticos socialdemócratas. Las transnacionales que ya controlan la mitad de las grandes empresas del país conocen bien esa experiencia. Las FF.AA., a su vez, suponen que un gobierno encabezado por un socialdemócrata tiene más posibilidades de rescatar a Pinochet de su prisión en Londres. Pero si derrotar a Zaldívar resultó fácil, no sucede lo mismo con el delicado bordado de intereses y conflictos contradictorios que Lagos debe hacer para asegurar su victoria definitiva. Lo más difícil será convencer al pueblo que extienda su confianza a un tercer gobierno de los mismos que durante diez años no han hecho lo que prometieron y que no se sabe por qué ahora lo harían

PF

 

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