junio 1999
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"Vacilar" en las esquinas (Parte II) |
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El complejo mundo de las pandillas juveniles |
¿Cómo iniciar el día? A muchos jóvenes sólo les queda levantarse, comer algo, dejar atrás la casa y avanzar por la calle hasta el paradero. No hay recorrido de la locomoción colectiva que sirva; aún no existe la variante que pueda abrirles la puerta hacia un futuro de protagonistas.
Deben conformarse con el paradero de la esquina, que los lleva hacia un viaje virtual, de tránsito por el día, para aterrizar entrada la noche en el mismo lugar.
En la primera parte de este reportaje veíamos que asociarse en lo que se ha llamado "pandillas" -y que sus propios integrantes rechazan- es una forma de darse un espacio propio donde se les reconozca como sujetos, cosa que la sociedad les niega. El Estado, a través de sus instituciones, y los medios de comunicación, aparte de dejarlos librados a su propia suerte, solamente toman noción de su existencia cuando ocurre algún hecho de violencia, después que una puñalada infantil impacta en el cuerpo de otro joven adolescente, tras el rostro descascarado por la angustia que produce la pasta de fin de milenio. Es entonces cuando se los estigmatiza como grupos marginales de características delictivas que, según la lógica imperante, hay que reprimir. Al pasar los días se olvida el "problema", salvo para proponer proyectos de ley como el que rebaja la edad de discernimiento judicial de 16 a 14 años o para redoblar las detenciones por sospecha.
Para estos muchachos no existen políticas claras ni recursos suficientes. El Estado apenas destina el 1,2% del gasto social a la juventud. Y en la mayoría de los casos ellos quedan fuera de todo programa social por no representar el perfil que "debe" tener el joven de hoy. Las condiciones para entrar en la "normalidad" son pertenecer a un grupo con personalidad jurídica, representantes y objetivos definidos.
Así, se desconoce la autonomía de estos grupos informales y se vuelve a la práctica de la intolerancia, a una rigidez añeja, al desconocimiento de la realidad.
COMO PERDER
EL TIEMPO SABIENDOLO
"(..) En muy pocos casos existe una política diferenciada para el tipo de jóvenes que, articulados en formas libres de asociatividad y corrientemente denominados 'pandillas', no encajan con facilidad en la lógica de los programas formales que manejan los organismos públicos". Esta es una de las conclusiones contenidas en el estudio que sobre este tema hizo la Escuela de Antropología Social de la Universidad Bolivariana, a solicitud del Instituto Nacional de la Juventud (INJUV). Tras entrevistar a funcionarios y profesionales de reparticiones públicas y de organizaciones no gubernamentales (ONG), y después de meses de recoger las experiencias de los encargados de los departamentos juveniles de 34 municipalidades de la Región Metropolitana, los investigadores constataron que las instituciones supuestamente encargadas de entregar soluciones ni siquiera cuentan con un diagnóstico sectorial sobre estos grupos. No los conocen bien y tampoco saben lo que piensan y qué quieren.
A los muchachos(as) de Colón Oriente, como a muchos, les gusta juntarse a beber en las esquinas, a conversar, fumarse un cuete, compartir o jugar un partido de fútbol.Al pretender meter a todos los jóvenes en un mismo saco se cae en el error de no reconocer lo heterogéneo, diverso e informal como característica de la juventud. La falta de un diagnóstico es una desventaja que termina por llevar al fracaso cualquier actividad o iniciativa que apunte hacia los denominados "pandilleros".
La acción a desarrollar no es fácil. Se necesita tiempo, dinero, voluntad, tolerancia y flexibilidad si se trata de efectuar un trabajo serio con estos jóvenes. Todo eso escasea en la mayoría de los municipios. Sólo grandes y ricas comunas como Santiago y Las Condes cuentan con fondos para implementar una amplia gama de actividades y probar nuevas experiencias. El municipio de Santiago dispone de no menos de 30 millones de pesos al año, sólo en el ítem de fondos concursables, mientras en Renca o La Pintana tienen que ingeniárselas para repartir tres millones de pesos entre las distintas necesidades del segmento juvenil. Otra limitante es la precaria realidad de los equipos profesionales. Un funcionario de la municipalidad de San Joaquín relata en el estudio: "El único tipo de jornada completa en el tema juvenil soy yo, después hay un profe que trabaja media jornada, después hay una chiquilla que está egresada de Sicología y que trabaja como ocho horas semanales, ese es el súper equipo".
El miedo a ser rechazados por los grupos informales es otro factor que hace privilegiar el trabajo con jóvenes más estables, organizados formalmente (grupos scout, de parroquias, centros culturales, clubes deportivos) y, en su mayoría, con problemas sociales ya resueltos. En otras palabras, "sujetos coherentes con los proyectos o programas municipales". De ese modo, aseguran un resultado satisfactorio, utilizando una fórmula probada durante años.
Un axioma implícito en toda acción del municipio es transformar a los grupos informales en grupos orgánicos y formalizados a través de canales institucionales, para que se incorporen por la vía tradicional a la sociedad. Por ejemplo, sólo los grupos de jóvenes que tengan personalidad jurídica pueden postular a fondos concursables. Pero en pedir no hay engaño. Muchos no están dispuestos a ser cooptados por una rama del Estado para poder obtener una mesa de pimpón. Desean que la autoridad tome conciencia de su existencia como tal, es decir, que respete su forma de asociatividad, entable con ellos una relación de transparencia y que lo que se prometa se cumpla.
RESULTADOS "MEDIBLES"
Quizás un sector que ha tenido mejor llegada con los protagonistas de las historias y problemáticas sociales sean las organizaciones no gubernamentales (ONG). Su trabajo subterráneo, pero conocido al interior de las comunidades, les da legitimidad a la hora de iniciar un proyecto. Con un paso adelante respecto del municipio, estas entidades privilegian una acción en terreno específica y bastante flexible, gracias al grado de autonomía que algunas de ellas aún conservan. Sin embargo, ya poco queda de aquellas ONG que marcaron la pauta de apoyo e intervención social durante la década de los '80. Muchas ya no existen y pocas son las que se mantienen totalmente independientes, porque la gran mayoría ha debido agachar la cabeza y aceptar dineros provenientes desde el Estado para sobrevivir, lo cual ha derivado en un cambio de estrategias en sus intervenciones.
En este sentido, su trabajo con jóvenes "pandilleros" se dificulta, ya que ahora tienen que regirse por pautas evaluativas que prácticamente las obligan a lograr resultados palpables en un plazo breve en la vida de los muchachos.
La subjetividad, el aprendizaje de ciertos valores y la creación de autoestima por parte de los jóvenes de las esquinas deben verse reflejados en actos concretos y que tengan algún aporte "medible" para la sociedad, de lo contrario no sirven. Es decir, se tiende a repetir el mismo esquema.
¿Qué hacer con los jóvenes? fue la pregunta que dio inicio a este reportaje. Al final de este recorrido nos queda claro que ni las instancias públicas ni las privadas tienen una respuesta
RODRIGO SOTO (**)
(*) Las frases con letra cursiva son citas textuales del estudio "Pandillas Juveniles en la Región Metropolitana", realizado por la Escuela de Antropología Social de la Universidad Bolivariana para el INJUV, en diciembre de 1998.
(**) Los autores de este reportaje son estudiantes de Periodismo que realizan su práctica profesional en PF por medio del Fondo "Augusto Carmona Acevedo".
"Lo principal: un compromiso de la sociedad"
El Servicio Paz y Justicia (SERPAJ) es una institución que durante la dictadura funcionó como ONG gracias a la ayuda internacional. Sin embargo, tuvo que buscar otro financiamiento cuando los recursos se cortaron al inicio de los '90. Desde el año 1995 es un organismo colaborador del Servicio Nacional de Menores (SENAME), que financia sus actividades. Su labor es desarrollar un proyecto alternativo de prevención con niños de 6 a 18 años. Se trata de tenerlos ocupados, que cuenten con un espacio y reciban el apoyo que en la calle y en sus familias no encuentran.Eleonora Rossy, asistente social del SERPAJ de la comuna de La Florida, cuenta a PF: "Los niños y niñas vienen de lunes a viernes entre las 9 de la mañana y las 6 de la tarde, se les da desayuno, almuerzo, once y colación para el colegio". No es un internado, sino un lugar de tránsito para insertar a estos menores en las redes sociales de la comuna (colegios, consultorios, municipalidad), con el respaldo de una institución que les entrega alimentos, cariño, comprensión y motivaciones para iniciar un nuevo camino.
Los niños y jóvenes que llegan a este recinto son contactados en la calle. "Nosotros hacemos trabajo de calle. Vamos a los lugares donde los niños se juntan en la noche o piden, o trabajan vendiendo -explica Eleonora-. Se contactan con los tíos y una vez que hay un vínculo de confianza empiezan a venir acá. Esos mismos niños traen después a amigos, vecinos, en fin, hacen suyo este espacio".
Pese al esfuerzo por vencer las dificultades, le frustra que haya ciertas exigencias que emanan desde los organismos públicos y de la sociedad, que van en contra de este sector de la juventud terminando por aislarlo. "Los chiquillos van a alguna parte y todos los miran raro, y es verdad que asustan, pero si uno les da una mano ellos responden, hay que arriesgarse a eso", comenta emocionada la asistente social.
Ella considera que "en términos generales, las políticas de las instituciones estatales hacia la juventud, ya sea de capacitación o de otro tipo, todavía no están enfocadas hacia estos niños y jóvenes, sino que a los que aún tienen oportunidades para entrar o integrarse a las redes sociales". Da un ejemplo bien preciso: "Nosotros queremos capacitar a niños en los programas 'Chile Joven', pero nos piden un montón de requisitos que ellos no tienen, como octavo básico y pasar por una evaluación sicológica. En vez de abrir, cierran un espacio". A pesar de eso, Eleonora Rossy reconoce que se han abierto espacios de participación, pero del mismo modo sentencia que aún no es posible "dar en el clavo".
Pese a los pocos recursos que manejan -el presupuesto entregado por el SENAME no ha variado desde el '95-, la institución ha habilitado espacios en distintas ciudades del país, gracias a la autogestión. Por eso, Eleonora afirma en forma categórica: "No se trata de pedirle todo al Estado, uno tiene que buscárselas, nosotros en todos lados tiramos proyectos para tener otro tipo de cosas para los chiquillos, para seguir adelante. Lo principal es que haya un compromiso de la sociedad hacia los sectores más pobres".
Uno de los aspectos interesantes de esta experiencia de intervención es que trabaja desde el ámbito de la prevención.
Necesario resulta tenderle una mano a estos niños que hacen de la calle su lugar de refugio. Quizás este esfuerzo permita que muchos de los que "nada tienen y a nadie importan" estén en condiciones en un futuro cercano de pasarle la cuenta a la sociedad
R.S.
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